El mejor libro de ensayos de Miguel Gutiérrez
En la tradición literaria peruana tenemos contadas voces que han dejado testimonio sobre su pasión por la lectura. En teoría, todo escritor está en su derecho de hablar de sus influencias y plumas predilectas, pero en la práctica es cuando se presentan las dificultades, la principal de ellas: la legitimidad para hacerlo.
Bajo este filtro, muchos proyectos de este corte terminan precipitándose en las ciénagas del entusiasmo. Hay, pues, que exhibir una postura y honrarla en la coherencia, gozar del reconocimiento del lector, en decir: ser ajeno a la frivolidad expositiva.
La obra de Miguel Gutiérrez es una de las más importantes de la tradición literaria peruana. Por ejemplo, a la fecha supone un reto para el aspirante a escritor, a quien no solo la poética de Gutiérrez depara formación, sino también la sensación de que la escritura no es pose o síntoma para alardear, todo lo contrario: es un acto de exclusiva consagración.
En vida, Gutiérrez gozó del reconocimiento del lector y de la canonización académica. Su trayectoria, lo sabemos, no fue un lecho de rosas. Gutiérrez la tuvo que trabajar sin padrinazgos, confiando en la sola calidad de su ficción hasta convertirla en una de las poéticas más sólidas de la narrativa peruana desde la segunda mitad del siglo XX.
Pero, ¿qué hay del Miguel Gutiérrez ensayista?
En el registro ensayístico, Miguel Gutiérrez no fue pan dulce: no olvidemos la explosión que significó el polémico La generación del 50: un mundo dividido, publicación que lo terminó enemistando con las plumas más importantes del circuito literario local.
Hay que decirlo: Miguel Gutiérrez fue un hombre polémico. Y también coherente (y autocrítico) con sus postulados políticos e ideológicos. Veamos, al respecto, el prólogo de la segunda edición de La generación del 50 (de lectura obligatoria para sus adversarios literarios que pretendieron socavar su obra a cuenta de su opción ideológica).
Celebración de la novela es un maravilloso libro de ensayos de Miguel Gutiérrez. Fue publicado en 1996 por Peisa y reeditado mucho tiempo después por Debolsillo.
Cuando Miguel Gutiérrez hablaba del ensayo como género, lo hacía en su condición de lector fiel de Michel de Montaigne. Montaigne fue maestro, y también su amigo Carlos Araníbar.
En lo personal, no creo ser el único lector que le guarde cariño a la edición de 1996. En sus cuatro secciones (“Descubrimiento de la novela”, “La invención novelesca”, “Años de aprendizaje” y “Celebración de la novela”), ingresamos a los circuitos encendidos de su pasión por la novela como género libre, en donde la dimensión estética era lo primero en que se fijaba.
Miguel Gutiérrez fue un intelectual de izquierda. Y sabemos también que esta opción enriqueció su ficción y su visión sobre la literatura, pero esta jamás se colocó por encima de la experiencia que le supuso la lectura limpia, afín al valor estético y a la dimensión humana. No lo digo yo, no es mi locura: lo deja en claro nuestro autor cuando nos habla del fogonazo que le significó su primera lectura de Crimen y castigo de Dostoievski, el punto de partida que hizo de él un apasionado lector de novelas.
Recorrer las páginas de esta publicación nos ayuda a comprender otra vez el material del que estaba hecho: Dostoievski, Cervantes, Balzac, Lowry, Melville, Vargas Llosa, Ciro Alegría, Beckett, Borges, Martín Adán, Ribeyro, Reynoso, Vargas Vicuña, Gide, Guimaraes Rosa, Cabrera Infante… Miguel Gutiérrez fue un buscador de referentes. Esta búsqueda de títulos y poéticas fue lo que fundamentó su condición de novelista. Pero Celebración de la novela es igualmente una biografía literaria. Es decir: vemos cómo un hombre proveniente de la clase media piurana se convierte en escritor, en cómo abraza la militancia radical, en cómo se convierte en esposo y padre, en cómo atraviesa todas las dimensiones de la experiencia vital sin descuidar la importancia del ejercicio que lo define: la escritura de novelas.
La (re)lectura de Celebración de la novela nos revela a un intelectual generoso. Compartía conocimiento sin subestimar al lector, sin maltratarlo por no saber lo que él sí. Su trato con el lector era horizontal y con rigor.
