Los nuevos esclavizadores del siglo XX
Antes ni siquiera de abrir el libro y entrar en los asuntos tremebundos que proporciona, Ser esclavo en el genocidio
El autor ahonda, entre otros asuntos, en lo que da en llamar la nueva esclavitud rusa, la esclavitud laboral de Alemania y los esclavos sacrificados por el nazismo, lo que conduce directamente a la bestialización de seres humanos; por otro lado, nos habla del [[LINK:TAG" rel="https://www.casadellibro.com/libro-esclavos-en-la-europa-del-siglo-xx-1914-1945/9788467080377/17782320?srsltid=afmbooq4idy2rfljrepyhcngnd1ria2hur2knpvubegz2rtfp6lhfyv4" target="_blank">tag|||6336187087d98e3342b27108|||fascismo italiano y de los campos de trabajo españoles, para rematar todo examinando la servidumbre, la esclavitud y la abolición en Francia y lo que llama el nuevo abolicionismo en la etapa de las guerras mundiales. Más concretamente, por ejemplo, Seidman habla del genocidio armenio, que se presenta como una política de exterminio, claro está, pero también como un proceso en el que la esclavización desempeñó un papel central. La combinación de guerra, nacionalismo y religión generó, según él, un marco propicio para la violencia extrema. En ese contexto, escribe: «Esa fue la receta con la que se cocinó la limpieza étnica, la esclavización y el genocidio de los armenios y de otros cristianos otomanos».
Resulta inevitable, cuando uno aborda semejantes atrocidades, que realmente pasaron ayer en términos de tiempo histórico, recurrir al socorrido término «deshumanización», que se traduce en prácticas concretas. Siguiendo con el ejemplo anterior, los armenios fueron perseguidos o asesinados y, para más inri, convertidos en fuerza de trabajo forzada, en mercancía sexual o en propiedad transferible. En ese proceso, la frontera entre explotación y exterminio desaparece del todo, desde luego, habida cuenta de que «la esclavitud podía degenerar fácilmente en genocidio, pero también se podía sobrevivir al genocidio sometiéndose a la esclavitud». La paradoja suena despiadada, y en ella toma eco el instinto de supervivencia humano más ancestral.
Por otra parte, la descripción de los dispositivos de internamiento que hace Seidman es especialmente significativa: el escritor de «verdaderas “antesalas de la muerte” precursoras de las que se usarían para los judíos en la siguiente contienda mundial». Y es que en el salvajismo político-militar todo es una continuidad; por algo algunos campos de concentración nazis los usaron más tarde las autoridades estalinistas. No se trata de establecer una equivalencia total entre casos distintos, pero sí de señalar una continuidad en las formas de organización de la violencia: concentración de población, trabajo forzado, hambre, enfermedad y exterminio progresivo. Es una violencia calculada, programada, que tiene una fuerte dimensión material, ya que la persecución, además de responder a motivaciones ideológicas, genera beneficios concretos en forma de saqueo de bienes, ocupación de puestos y redistribución de recursos. La esclavitud, pues, como negocio y comercio.
El ser humano como objeto
De hecho, un libro como «Esclavos en la Europa del siglo XX», en el que los protagonistas muchas veces son los «exterminadores», podría tener una extensión infinita. Y es que, como no podía ser de otra manera, la cosificación del ser humano es otro de los ejes de su análisis, pues en determinados contextos, el esclavo deja de ser considerado una persona para convertirse en objeto o instrumento. En un momento dado, el texto recoge expresiones que condensan esa lógica, como la caracterización del cautivo como «animal parlante»; el esclavo es una simple cosa, una herramienta, mercancía o botín. Y tal cosa se presenta, potencialmente, en cada centímetro del globo terráqueo. De tal modo que se asoman aquí «las rutas comerciales esclavistas islámicas como precursoras del posterior comercio transatlántico de ese mismo tipo, aun cuando el transporte en comitivas de camellos es un claro precedente de lo que posteriormente se realizaría a bordo de barcos mercantes».
Todos estos precedentes son fundamentales para entender el esclavismo de la pasada centuria. «En el norte de África y Oriente Próximo, los mercaderes de esclavos vendían muchas más mujeres que hombres (a razón de dos de ellas por cada uno de ellos), y las esclavas solían alcanzar precios bastante más elevados»; además, las funciones reproductivas de las mujeres cobraban más valor que el potencial productivo de los varones, añade Seidman. Este con frecuencia establece paralelismos entre etapas antiguas y contemporáneas, por ejemplo, cuando habla de las «letales razias» en que se aplicaba algo parecido a lo que siglos después «sería la función de los llamados “limpiadores de trincheras” de las guerras mundiales y las guerras civiles rusa y española, encargados de liquidar a los prisioneros enemigos cuando esto resultaba más fácil y menos peligroso que llevárselos cautivos».
Así las cosas, el libro no cesa de proporcionar información interesante que amplía nuestros horizontes en este ámbito esclavista en diferentes culturas y en tiempos más o menos cercanos: «El Corán no prohíbe explícitamente la esclavitud como sí prohíbe las bebidas alcohólicas, el juego o la usura. De hecho, la “sharía” legitimó las prácticas esclavistas hasta bien entrado el siglo XX. La ley santa garantizaba los derechos de propiedad, y tanto el Profeta como sus compañeros poseían esclavos». Y de nuevo lo paradójico: «la esclavitud era necesaria para que el esclavizador pudiera luego hacer méritos ante Alá manumitiendo a los esclavos y, de paso, suponía un aliciente constante para la conversión de infieles varones motivados por la lascivia o por la pereza». Al fin, la abolición se generalizó en tierras islámicas en el momento en que la impusieron los europeos.
