Alejandra Cortina Cué: «El pecado empieza en el deseo, mucho antes del acto»
Con «Siete maneras de arder» (Editorial Cántico), Alejandra Cortina Cué se adentra en los pecados capitales no como faltas, sino como formas vivas del deseo. Desde una mirada que entrelaza teología, arte e intimidad, la autora se pregunta por los límites de la moral más allá del dogma. En este su debut literario, la hija de Alberto Cortina y Elena Cué sorprende por su hondura y lirismo.
Cuando quedamos para hacer las fotografías acababa de regresar de un viaje a Maastricht y se mostró cariñosa, risueña, sensata y cercana. Con una seguridad poco habitual en alguien de su edad –terminó el libro con 19 años; ahora tiene 20–, habla de poesía, arte o cine con naturalidad, como si llevara toda la vida concediendo entrevistas, aunque no sea el caso, pues esta es la primera vez que se enfrenta a una grabadora. Días después de nuestra charla terminamos de perfilar los últimos detalles por teléfono; ella salía del cine tras ver la última película de Almodóvar, «Amarga Navidad», y la conversación se alargó unos minutos más, como si nos quedara mucho por decir.
Este poemario propone una búsqueda teológica del pecado a través del imaginario de El Bosco, donde lo moral, lo simbólico y lo íntimo se entrelazan. ¿Desde qué impulso nace esta articulación?
Crecí rodeada de religión, pero nunca me interesó como dogma, sino como estructura. He pasado por la fe y por la duda, y ambas me han llevado al mismo sitio: a querer entender qué hay debajo. Esa inquietud me llevó a estudiar teología para no quedarme en la catequesis, sino para ir más allá y entender de dónde viene realmente esa tradición que ha construido nuestra cultura. El libro nace de ahí: de intentar mirar la moral cristiana no desde lo que afirma, sino desde cómo funciona.
El libro se estructura en torno a los siete pecados capitales. ¿Qué le atrajo de este armazón clásico?
Podría dar una respuesta muy rebuscada, pero en realidad empezó como un ejercicio: un poema por cada pecado. Lo interesante fue descubrir que ese esquema no era arbitrario. Los pecados no se limitan a actos, sino a mecanismos que siguen completamente vigentes en nuestro día a día. Darles una voz contemporánea no era una decisión estética, sino una forma de traerlos al presente y ver cómo operan hoy.
En varios poemas, el pecado parece anteceder al acto y situarse en la mirada o en el deseo. ¿Le interesaba indagar en su dimensión psíquica más que en su codificación moral?
Cuando empecé a hacer búsquedas y a leer pasajes de Gregorio I o de Santo Tomás entendí que el pecado no empieza en el acto. El deseo ya es suficiente. Está escrito en los mandamientos: «No consentirás pensamientos ni deseos impuros». El pensamiento ya implica una forma de transgresión. Me interesaba precisamente ese punto: cuando algo ya ha ocurrido por dentro, aunque todavía no haya sucedido fuera.
«Crecí rodeada de religión, pero nunca me interesó como dogma, sino como estructura»
El texto dialoga con Dante, la tradición bíblica o la iconografía de El Bosco. ¿Cómo los integra sin que eclipse su voz?
Los uso como el paisaje del libro. Sostienen el texto, pero no lo ocupan. Cuando lees los poemas aparece una voz narrativa, una experiencia, una historia en torno a cada pecado. Dante, la tradición bíblica o El Bosco están en el fondo, no en el centro, imponiéndose.
La voz poética no siempre se arrepiente, sino que asume o reivindica. ¿Busca tensionar la noción cristiana de la culpa?
No buscaba tensionar la culpa en sí, sino desplazarla. La culpa suele aparecer después del acto. El libro se sitúa antes, en ese momento en el que todavía no hay arrepentimiento, pero ya hay deseo.
El libro deriva hacia las postrimerías —muerte, juicio, cielo e infierno—. ¿Pensó el conjunto como un recorrido teleológico del deseo humano?
En parte seguí la estructura del Bosco porque me parecía ya muy precisa y no quería alterarla. A partir de ahí, el libro adquiere un recorrido propio: una progresión que va del deseo al exceso, y de ahí a sus consecuencias. En ese sentido, sí puede leerse como un recorrido teleológico; el deseo tiende hacia un límite, y el libro sigue ese movimiento.
A lo largo del poemario emerge una tensión entre Dios, libertad y responsabilidad. ¿Es una crítica, una relectura o una indagación existencial?
El libro nace de una inquietud muy personal, de un momento de búsqueda. En su origen fue una indagación existencial, pero a medida que avanzaba, entendí que podía convertirse en una relectura. Me interesaba traer estas estructuras a lo contemporáneo, no para cuestionarlas desde fuera, sino para ver cómo siguen operando hoy en día. No se trata de justificar el pecado, más bien de reinterpretarlo.
La imagen del ojo en el prólogo remite a la mirada moral de El Bosco.
El libro funciona como una inmersión en el cuadro. No se trata solo de reinterpretarlo, sino de entrar en él: de situar al lector en ese espacio «del umbral» o «del jardín», viviendo los pecados en lugar de observarlos desde fuera.
Hay escenas que operan como viñetas morales. ¿Le influyó la capacidad del pintor para narrar lo ético a través de lo cotidiano y lo simbólico?
Sí, mucho. Lo que me interesa del Bosco es precisamente que no explica lo moral, lo muestra. Lo sitúa en escenas concretas, casi cotidianas, donde lo simbólico y lo real conviven sin separarse. Intenté trasladar eso al lenguaje de la poesía: que lo ético no aparezca como una idea, sino como algo que se ve y se vive.
«Los pecados interesantes no son confesables, y los confesables no son interesantes»
El lector parece invitado a contemplar más que a juzgar. ¿Buscaba eso?
Sí, completamente. El libro busca eso: que el lector no pueda situarse fuera, que tenga que enfrentarse a lo que está leyendo.
En El Bosco, lo grotesco, lo sensual y lo moral conviven. ¿Y cómo lo vive en su interior?
Yo, personalmente, no los veo como elementos separados. Lo grotesco, lo sensual y lo moral forman parte del mismo impulso, solo que en distintos momentos o con distintas intensidades. El Bosco lo demuestra de forma muy clara: lo que atrae también puede incomodar, y lo que incomoda no deja de seducir. El libro intenta habitar esa tensión.
Su obra articula los pecados dentro de una arquitectura de las postrimerías. ¿Fue premeditado trasladar ese esquema medieval a una sensibilidad contemporánea?
Sí, para mí era importante mantener esa estructura. Me interesaba trasladar ese esquema a una sensibilidad contemporánea. Las formas son medievales, pero los mecanismos siguen siendo los mismos.
«Sí, soy creyente, pero también creo que la fe es una búsqueda continua y hay que trabajarla»
Llevamos un rato hablando de pecados y no me ha confesado si tiene alguno… confesable.
Los interesantes no son confesables. Y los confesables no son interesantes.
Más allá de la escritura, ¿Cómo es su vida cotidiana? ¿Qué intereses, gustos o aficiones forman parte de su mundo personal?
Me gustan muchas cosas, aunque no domine todas. La moda me atrae desde lo estético, como algo que observo y trato de entender, especialmente porque tengo a muchas amigas trabajando en la industria. El campo, en cambio, es mi refugio: es donde realmente encuentro paz. Respeto la tauromaquia como tradición, me gusta el flamenco, y paso gran parte de mi día a día leyendo. También pinto, más como una forma de desconectar que como una disciplina. La música también es muy importante; me encanta la ópera y el ballet. Pero creo que las dos cosas que más me interesan después de la literatura son el arte y la cinematografía. Desde que soy una enana, mis padres me llevaban en carrito por los museos. Siempre voy al cine y me interesa mucho el mundo de las adaptaciones de libros. Admiro a Pedro Almodóvar y, así, internacionalmente, a Sofía Coppola y Christopher Nolan.
¿Es creyente?
Sí lo soy, pero creo que la fe es una búsqueda continua y hay que trabajarla.
Proceder de una familia tan conocida, ¿en qué medida la ha condicionado o beneficiado?
Nunca lo he visto como algo negativo. He crecido con unos padres que han sido unos referentes, y eso inevitablemente te forma. Me han impulsado a ser mi propia persona, y nunca se han interpuesto en mis decisiones.
¿Se siente preparada para la exposición y las interpretaciones que surjan más allá del propio libro?
En febrero estuve en los Premios Zenda, y hubo una frase que escuché repetirse: «Para ser escritor hay que ser valiente». Así que, para contestar a tu pregunta, yo decido ser valiente. No me preocupa.
