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Más de 8.000 kilómetros en bicicleta para defender la soberanía alimentaria: "No es una utopía"

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Las investigadoras Ana Santidrián y Edurne Caballero recorren España para documentar proyectos alternativos. Han pasado dos meses en el archipiélago balear, que importa hasta el 90% de sus alimentos

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En las carreteras secundarias de Mallorca, la bicicleta obliga a bajar el ritmo, a sostener la mirada unos segundos más de lo habitual y a prestar atención a lo que suele quedar fuera de campo cuando se atraviesa el territorio en coche. A esa velocidad, el paisaje deja de ser un decorado de postal turística y empieza a mostrarse como un sistema ecológico herido.

Ana Santidrián y Edurne Caballero avanzan con sus bicicletas cargadas con alforjas. Se detienen ante una parcela recién labrada, desnuda en pleno invierno, y después ante otra cubierta de vegetación espontánea. La diferencia no es solo estética, sino que remite a dos formas distintas de entender qué es la tierra y, sobre todo, de qué depende su fertilidad.

Santidrián, doctora en Ingeniería Química y Medio Ambiente y con raíces en el mundo agrícola, busca una respuesta práctica a una pregunta concreta: cómo hacer viable otra forma de cultivar. Caballero, bióloga especializada en agroecología, necesitaba salir de las pantallas y los informes para contrastar sobre el terreno lo que conocía en teoría con lo que realmente ocurre en las fincas. De este cruce nace Biela y Tierra, una forma de investigar el territorio y las nuevas formas de hacer agricultura.

Desde 2019 han recorrido más de 8.000 kilómetros en bicicleta y visitado más de 400 iniciativas agroecológicas en toda España. Documentan prácticas, identifican patrones y construyen un relato que no parte de la teoría, sino de los proyectos que ya están funcionando y sirven de ejemplo.

Durante dos meses han recorrido Mallorca, Menorca, Eivissa y Formentera, visitando decenas de iniciativas, muchas de ellas fuera de los circuitos visibles. En Mallorca, fincas como Sa Cabreta combinan ganadería, transformación y venta directa, cerrando ciclos y reduciendo dependencias. En Menorca, proyectos como Santa Cecília integran agricultura y ganadería en modelos diversificados que sostienen la producción en el tiempo. En Eivissa, iniciativas del Comando Agroforestal ensayan sistemas basados en procesos ecológicos complejos, alejados del esquema convencional de insumos. Y, en paralelo, herramientas como el Banco de Tierras de Ibiza o el Fondo de Tierras en Formentera intentan resolver uno de los principales cuellos de botella: el acceso a la tierra.

A esa escala, los detalles dejan de ser anecdóticos. El tipo de suelo, la humedad retenida, la presencia o ausencia de materia orgánica, la gestión de los restos vegetales o la relación entre cultivos y ganadería dibujan modelos distintos de explotación agrícola y ganadera. La mayoría requieren entradas constantes de suministros que vienen de fuera para mantenerse. Otros, los que buscan Ana y Edurne, intentan reorganizarse a partir de los propios recursos del territorio.

Resiliencia insular en un sistema dependiente

Una isla es un sistema cerrado por definición que depende de lo que entra y de lo que es capaz de producir. En Balears, ese equilibrio está profundamente descompensado. “Solo entre un 10% y un 15% de los alimentos que se consumen se producen localmente”, señala el geógrafo Macià Blázquez-Salom, catedrático de la Universitat de les Illes Balears (UIB).

Desde la experiencia de campo, el diagnóstico es aún más directo. “En las islas se vive un sinsentido alimentario desde hace mucho tiempo”, señala Edurne Caballero. No se trata solo de dependencia, sino de una desconexión profunda entre producción, territorio y consumo. Ana Santidrián introduce otro matiz clave: “No podemos sostener nuestra alimentación sobre una industria petroquímica que es sinónimo de guerra”.

No podemos sostener nuestra alimentación sobre una industria petroquímica que es sinónimo de guerra

Ana Santidrián Doctora en Ingeniería Química y Medio Ambiente

Y, sin embargo, esa fragilidad apenas forma parte del debate público. La escasa resiliencia insular —la capacidad de sostener la vida ante interrupciones externas— sigue sin traducirse en políticas estructurales. “El problema no es la ausencia de alternativas, es su falta de peso dentro del sistema”, apuntan Santidrián.

Sin embargo, las alternativas existen y se articulan en distintos niveles. En Menorca, la Custodia Agraria ha permitido conectar conservación y producción, manteniendo actividad agraria en fincas que de otro modo habrían quedado fuera del sistema. Redes como la Alianza por una Menorca Agroecológica trabajan en esa misma dirección, intentando reordenar la relación entre territorio, producción y consumo desde una lógica más integrada.

Desde la bicicleta, ese desajuste se percibe con más claridad. Está en los suelos que cambiaron de uso, en los cultivos que desaparecieron y se sustituyeron por chalets con piscina y en la distancia creciente entre lo que se produce y lo que se consume. Como afirma Caballero, “la clave está en volver a mirar el territorio de frente, entender qué lo sostiene y qué lo debilita”.

Balears importa entre el 85% y el 90% de los alimentos que consume y depende de un flujo constante de mercancías por vía marítima, lo que convierte la alimentación en una cuestión directamente ligada a la energía y la logística

La base energética de lo que comemos

Durante décadas, el sistema alimentario de Balears ha operado como si la energía fuera infinita. Fertilizantes sintéticos, maquinaria dependiente de combustibles fósiles, transporte global y refrigeración constante. Cada uno de estos elementos añade una capa invisible que no se percibe en el paisaje, pero que lo condiciona todo. El alimento deja de ser únicamente biológico y pasa a ser, sobre todo, un producto energético.

Frente a ese modelo, esta ruta en bicicleta revela una lógica alternativa. En las fincas que han visitado, la fertilidad no se compra, se construye. La materia orgánica vuelve al suelo y los procesos circulares sustituyen a los aportes externos. 

Esa lógica se hace especialmente visible en espacios de experimentación donde se ensayan modelos de agricultura sintrópica que combinan especies, tiempos y funciones ecológicas para regenerar el suelo. Iniciativas vinculadas al Comando Agroforestal —una red de técnicos y agricultores que adapta nuevas técnicas de cultivo a las condiciones del Mediterráneo— trabajan en esa misma línea y desarrollan sistemas productivos que no dependen de aportes constantes, sino de la activación de procesos naturales.

Cuatro islas, un mismo límite

A medida que avanzan los kilómetros, el mapa se completa como un patrón que se repite con variaciones. Lo que cambia de una isla a otra no es el problema, sino la forma en que se manifiesta.

En Menorca, la tensión no está en la producción, sino en su encaje dentro del sistema alimentario. “Hay demanda alimentaria, pero el territorio no está orientado a cubrirla de forma eficiente”, explica Jara Febrer, coordinadora de la Alianza por una Menorca Agroecológica. No es una crisis de actividad agraria, sino un desajuste estructural entre lo que se produce, cómo se distribuye y quién accede a ello. Iniciativas como la Custodia Agraria menorquina han permitido sostener parte del tejido productivo, pero no han conseguido revertir ese desajuste de fondo.

En Eivissa, el conflicto se desplaza hacia el uso del suelo. El territorio es muy limitado y está intensamente disputado. La agricultura retrocede frente a un modelo que concentra valor en la especulación urbanística y el turismo. “¿Qué capacidad de carga tiene este territorio?”, se pregunta Ana Santidrián. La cuestión no es sólo cuánto se produce, sino qué lugar ocupa la producción dentro de un modelo económico que prioriza usos que agotan los recursos. En ese contexto, herramientas como el Banco de Tierras impulsado por APAEF intentan recuperar superficie productiva, facilitando el acceso a parcelas que de otro modo quedarían fuera del circuito agrario.

Mallorca introduce un matiz más complejo. Por un lado, existen iniciativas agroecológicas que han conseguido cerrar el círculo de la comercialización. “En los proyectos agroecológicos que hemos visitado toda la producción está vendida”, señala Santidrián, en muchos casos a través de canales cortos y con precios dignos. Redes como APAEMA han sido clave para articular esa comercialización y conectar producción y consumo. Pero esa imagen convive con debilidades estructurales claras. La presión del turismo y del mercado inmobiliario encarece la tierra y arrincona la actividad agraria. El acceso al agua se tensiona y se desvía hacia usos no productivos. La agricultura local sigue siendo minoritaria frente al volumen importado y, aunque existe red, falta escala. Los proyectos funcionan, pero quedan encapsulados en circuitos concretos y no alteran la lógica dominante.

“En Mallorca estamos en ese ‘valle de la muerte’ típico de la innovación: hay iniciativas que funcionan, pero no alcanzan escala suficiente para transformar el sistema”, explica Julio Batle, profesor de Economía de la Empresa de la UIB.

En Mallorca estamos en ese ‘valle de la muerte’ típico de la innovación: hay iniciativas que funcionan, pero no alcanzan escala suficiente para transformar el sistema

Julio Batle Profesor de Economía de la Empresa de la UIB

En Formentera, la escala reduce cualquier margen. El sistema no falla cuando produce menos, sino cuando deja de recibir. “Nuestra vulnerabilidad es total. Cuando se cierra el puerto, dejamos de recibir suministros”, advierte Belén Palerm, consellera de Sector Primario del Consell de Formentera. “Hemos llegado a estar hasta tres días sin recibir camiones de productos”. Basta un temporal o una interrupción logística para que la cadena se rompa. No hay colchón ni alternativa inmediata, lo que obliga a ser previsores. En este contexto, el Fondo de Tierras impulsado desde el Consell aparece como una de las pocas herramientas para reforzar la capacidad productiva local, aunque su alcance sigue siendo muy limitado.

Turismo y agricultura, órganos de un mismo metabolismo

El modelo de las islas funciona como un monocultivo económico en el que el turismo condiciona al resto de actividades. “No es un sector más, actúa como eje estructurador del territorio”, apunta Caballero. “El turismo concentra el uso del suelo, eleva el precio de la tierra y desplaza las actividades menos rentables. A partir de ahí, redefine las prioridades del territorio”, apostilla Santidrián.

El turismo no es un sector más, actúa como eje estructurador del territorio

Edurne Caballero Bióloga especializada en agroecología

“La soberanía alimentaria ha dejado de ser una idea romántica. Los proyectos que vemos hoy son el resultado de un compromiso profundo con el territorio. El gran reto ahora es escalar”, señala Batle. “Falta dar el salto hacia los niveles de decisión política para implicar a empresas y potenciar el consumo masivo”. Y añade una condición clave: “Si no alcanzamos al menos un 30% de consumo ecológico y local —con la implicación de instituciones, corporaciones y sistema educativo—, no habrá un verdadero cambio sistémico que mejore la resiliencia y la soberanía alimentaria de las islas”. Desde fuera, el equilibrio parece posible: campo y turismo coexistiendo en una misma imagen de postal. Pero desde dentro, la relación es más tensa: dos órganos de un mismo metabolismo compiten por recursos finitos.

El problema no es la ausencia de alternativas, es que las que existen no tienen suficiente peso para alterar la lógica dominante del sistema

Reducir la dependencia

Este enfoque no elimina los límites, los hace visibles. Obliga a adaptar la producción a la disponibilidad real de agua, a las características del suelo y a las condiciones del entorno y el clima. En lugar de forzar el sistema, establece una relación de ajuste continuo con el territorio.

Puede parecer menos eficiente en términos, pero responden a una lógica que refuerza la resiliencia y la soberanía alimentaria ya que el éxito no se mide en maximizar la producción, sino en sostenerla en el tiempo sin depender de lo que llega desde fuera.

Según explican Ana y Edurne, las iniciativas que han visitado “funcionan, producen y venden”: “Demuestran que no se trata de utopías ni de experimentos fallidos, sino de modelos viables que ya operan en condiciones reales”. Sin embargo, ese funcionamiento aún no se traduce en una transformación sistémica.

“El gran reto ya no es demostrar que funciona, sino escalar. Estamos en ese punto intermedio en el que lo que funciona no consigue expandirse”, resume Batle. El obstáculo no está en sus prácticas, sino en la estructura que las rodea. Las normas y la burocracia que regulan la producción y la transformación agraria están diseñadas para producir volumen, no para sostener el territorio. Exigen procesos y requisitos que encajan con modelos intensivos, pero dificultan la viabilidad de explotaciones pequeñas o medianas.

La distribución reproduce esa misma lógica. Funciona a través de cadenas largas, con múltiples intermediarios y precios definidos lejos del territorio, lo que reduce el margen del productor y rompe el vínculo del consumidor con el origen de los alimentos.

No se trata de una falta de conocimiento ni de voluntad individual, sino de una fricción entre dos sistemas que operan con lógicas incompatibles. Uno está optimizado para crecer en volumen, apoyado en energía externa y en redes globales que permiten expandirse con rapidez. El otro se adapta al territorio, está condicionado por recursos locales y se basa en equilibrios más lentos que requieren tiempo y concienciación para consolidarse.

Los límites físicos del sistema

A medida que avanza el recorrido de Biela y Tierra, el sistema deja de ser abstracto. Ya no se trata solo de cómo se organiza la producción, sino de qué la hace posible y, sobre todo, de qué la limita.

El primer límite es el agua. “Sin agua no hay agricultura viable: la tierra útil es la que tiene acceso a ella”, subraya el biólogo y consultor ambiental Antoni Font. En un territorio insular, no es una cuestión técnica, es estructural. La disponibilidad hídrica no depende únicamente de la lluvia, sino de su gestión, de su distribución y de las prioridades que fija el sistema económico. Cada decisión sobre el uso del agua redefine el territorio.

El segundo límite es el suelo. No solo como superficie, sino como capacidad productiva real. Está ligado a procesos de fertilidad, estructura y acumulación de materia orgánica que requieren tiempo y no pueden acelerarse ni sustituirse sin coste. Esa dimensión, muchas veces invisible, determina qué puede cultivarse y en qué condiciones.

El tercer límite está en el mar. “Solo un 15% del pescado que consumimos procede de nuestras aguas”, señala Elisa Martínez, coordinadora de la Alianza Calant Xarxes. El resto, como ocurre con los alimentos terrestres, depende del exterior. “Para avanzar en soberanía alimentaria en el ámbito de la pesca, hay que diversificar el consumo hacia especies menos conocidas y con menor vulnerabilidad, como el gerret, la vacoreta o la cántera. Esto reduce la presión sobre especies sobreexplotadas y refuerza el sector pesquero local”.

Agua, suelo y mar delimitan el campo de lo posible en las islas. Cuando se hacen visibles obligan a replantear no solo cómo se produce, sino hasta dónde puede sostenerse un sistema que depende de recursos finitos. Lo que revela esta ruta en bicicleta de Biela y Tierra es otra forma de leer el territorio. Bajo la apariencia de bonanza, el sistema económico de Balears se sostiene sobre condiciones que no controla. La pregunta que dejan en el aire Ana Santidrián y Edurne Caballero al despedirse es qué ocurrirá cuando ese flujo se detenga.






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