Crítica de "Yo te creo": no te calles nada, mamá ★★★★
Los directores belgas Charlotte Devillers y Arnaud Dufeys no podrían haber debutado en el largometraje con mayor contundencia ni, tampoco, con una mejor protagonista que una desesperada y extraordinaria Myriem Akeddiou, apenas mal peinada, sin maquillaje, casi ahogándose de angustia, impotencia y terror frente a los espectadores, que asistirán helados, plano fijo tras plano fijo, a este durísimo drama donde Alice se enfrenta a un momento absolutamente clave y decisivo ante la jueza y durante el que cualquier error puede cambiar el destino de sus hijos, cuyo padre lucha por conseguir la custodia, aunque ninguno, la chica, de 16 años, rebelde, segura, llena de rabia, y su hermano, de solo 10, con problemas graves psicológicos y una enfermedad, la encopresis (deposición repetida de heces, por lo general de manera involuntaria, en la ropa), que aísla a ese pobre niño todavía más del entorno.
Hablan las abogadas, habla el marido de Alice, habla ella, y, paulatinamente, va poniendo en pie el testimonio de media vida marcada por el terror y los maltratos. Alice lo sabe, sabe que casi todo depende de esas palabras que a veces se le atoran en la garganta, que casi debe escupir para que salgan rebotando por las paredes como guijarros afilados mientras quienes la rodean comienzan a comprender la dimensión del trauma, de los traumas, del miedo, de la angustia, de la realidad que asfixia a la mujer. Hay especialmente dos momentos clave uno, durante su intervención, cuando Alice casi se cae de la silla al creer que su ex pareja la ha tocado (un tipo que presume además de tener ya una nueva relación y otro bebé), y un segundo cuando, tras abandonar todos la sala exhaustos, la magistrada no puede evitar el gesto, el mismo gesto que quizá tenga el público mientras ve esta película de apenas 80 minutos completamente densos, apretados, impactantes, que rehuye caer en fáciles sentimentalismos para mirar cara a cara los fallos del sistema judicial con respecto a los abusos en menores. Ese gesto que condensa cansancio, desgarro, vergüenza, y, también, asco. Un profundo asco.
Lo mejor: Una excepcional Myriem Akheddiou y la contundente dureza de esta opera prima
Lo peor: Que el sistema judicial siga teniendo grietas frente a casos de abuso y custodia infantil
