Crítica de "Dos fiscales": quemar después de leer ★★★★
La escena podría pertenecer a una novela de Dickens o de Kafka, o acaso a una versión libre de “1984”, aunque una cartela nos ha avisado de que la acción ocurre en 1937, en lo peor del terrorífico régimen estalinista. Un pobre viejo vacía una saca llena de notas al lado de una estufa de brasas, y antes de quemarlas para darse calor, las lee en voz alta. Son las voces de presos políticos que piden clemencia a un dictador que nunca les escuchará. Un mensaje escrito con sangre en un papel doblegado mil y una veces marcará la diferencia, catalizará una respuesta en un universo gris y estático, compuesto con implacable rigidez por un Sergei Loznitsa que consigue, con “Dos fiscales”, su mejor película de ficción.
¿Es posible que el idealismo pueda pensar que la represión es simplemente un error del sistema, que aún hay margen para apartar a las manzanas podridas, que la ética individual y el sentido de la justicia son suficientes para enderezar el espíritu de los que oprimen? Lo que plantea “Dos fiscales” trasciende la dimensión política del discurso -aunque Loznitsa, recordémoslo, tiene pasaporte ucraniano y un largo currículum como documentalista comprometido- para adentrarse en los terrenos de lo metafísico. Por ello cuando vemos que ese fiscal novato visita la cárcel con el convencimiento de entrevistarse con el preso que ha denunciado torturas y vejaciones en los interrogatorios de la policía secreta de Stalin, estamos seguros de que fracasará, porque la propia puesta en escena -rígida y de tonos ocres, como dibujada en un ataúd de cemento armado- engulle su buena voluntad, rodeada de burócratas y verdugos que amenazan con aplastarle como un insecto.
Así las cosas, a “Dos fiscales” le basta con desplegar el proceso de bloqueo y represión que sabemos ocurrirá una vez que el protagonista sigue en su empeño de hacer justicia. Es lo contrario de una película de Capra: aquí el caballero sin espada no ganará el favor del sistema con discursos triunfalistas, porque cometerá el error de bajar la guardia al escuchar una canción comunista interpretada con una guitarra melancólica, un canto de sirena para calentar el alma si a esas alturas no estuviera predestinada a congelarse.
Lo mejor: Su riguroso nihilismo se proyecta con claridad sobre la Rusia de Putin.
Lo peor: Su falta de esperanza no es el mejor combustible para calentarse en tiempos tan oscuros como los nuestros.
