David Toscana: "Al empresario que defrauda, en vez de mandarlo a prisión, quizá hay que ponerlo a trabajar sin salario"
Era un lluvioso 27 de enero cuando David Toscana se erigió como el ganador 29 del Premio Alfaguara de novela de 2026 gracias a “El ejército ciego”. Ya han pasado dos meses desde ese sobrecogedor momento para cualquier profesional de las letras, y aunque el tiempo podría ayudar a sopesar más mansamente las viscerales emociones, ayer se publicó finalmente su obra, por lo que los sentimientos siguen para su autor a flor de piel. “Antes únicamente me publicaba México, y ahora tengo la oportunidad de que mi historia sea leída en toda la esfera hispana”, comenta Toscana, proveniente del país norteamericano.
La “fábula oscura y poderosa”, como la calificó el jurado del certamen, que le ha valido el prestigio se remonta al año 1014, y versa sobre el terrible castigo que el Imperio Bizantino impuso a 15.000 prisioneros búlgaros antes de liberarlos: arrancarles los ojos, dejando un tuerto por cada 100 para que pudiera indicar el camino al resto. Al regresar, el zar del país balcánico no pudo asumir la tragedia y decidió quitarse la vida, dejando desprotegidos, física y psíquicamente, a los lisiados. “Me impactó el carácter grotesco y cruel de ese suceso, pero no quería ser realista al redactarlo, pues convertiría todo en algo patético, quería proporcionarle un giro lúdico e infantil”, dice el latinoamericano.
Su carrera podría indicar una pasión por la novela histórica (en “El peso de vivir en la tierra” se trasladó al régimen soviético, y en “Evangelia” a Jerusalén). No obstante, él no lo ve así. “Quiero jugar con los personajes y las anécdotas. La realidad tiene un peso muy grande, hincha muchas páginas. Si hubiera querido que mi novela fuera informativa, tendría que haber profundizado en descripciones armamentísticas o costumbristas”, alega. Gran aficionado, eso sí, de leer en sus ratos libres para documentarse con tomos enciclopédicos, de ahí nació la semilla de “El ejército ciego”, y poder sintetizar lo que más interesanto para “no abrumar al lector con detalles”.
Aunque sí haya publicado sobre la Historia de su país natal en el pasado, su interés actual se aproxima a otros enclaves. “México vive una realidad que ha de ser contada, y estoy muy contento de que haya artistas que así lo hagan, pero mi motivación al escribir es conocer un mundo distinto al que habito”. También descarta la contemporaneidad en sus trabajos al rehusar de los elementos que se ligan a ella. Por ello, se niega a que ninguno de sus personajes tengan un teléfono móvil u ordenador.
“Hay quienes preguntan cuál es la diferencia entre no ver nada y ver todo negro”, reza la primera oración del libro. Él no tiene la respuesta, pero ahí es donde encuentra un gran motivo literario: entender lo qué sintió todo ese ejército y comprender cómo tantos hombres permitieron someterse a tan brutal reprimenda. “La gente que no ha vivido un acto traumático, como un atentado terrorista, indica cómo tendrían que haber actuado las víctimas, pero delante de un arma el humano no reacciona como en la imaginación”, certifica Toscana.
El abuso del poder
Esa cuestión introductoria podría estar vinculada a una justificación meramente argumental, pero Toscana a través del escrito se permite reflexionar sobre asuntos que siguen protagonizando el debate público, como el abuso de la autoridad o la separación de poderes. Lamenta, por ejemplo, que en España la sociedad civil no sea tan activa como en otros países. “Yo he vivido en Polonia, y tienen una experiencia común de la dictadura y el comunismo que los une. Aquí, la Guerra Civil sigue dividiendo a los españoles, lo cual no lo veo en otros Estados”. Y, estudiando la nación de su hogar, “en México hay unos aires totalitarios de un partido para eternizarse en el poder, sin embargo, la ciudadanía actualmente prefiere seguridad a la democracia”.
El carácter púnico o guiado a la reinserción de las condenas a los criminales es otra crucial premisa, tanto en el papel como en nuestra realidad: "No entiendo por qué estamos acostumbrados al castigo. A lo mejor a un empresario que defrauda, en vez de mandarlo a prisión, hay que ponerlo a trabajar sin salario", indica. Las humanidades seguirán cuestionándose estas problemáticas. Y, mientras tanto, los lectores podrán analizarlas con la obra de esta "persona de izquierdas que tira para el centro", como el propio autor se define.
