Julio Stuyck y el adiós al último custodio del secreto de San Isidro
El mundo del toro y la sociedad madrileña despiden a Julio Stuyck Collado, quien ha fallecido el pasado jueves a los 84 años en una clínica de la capital tras una larga enfermedad. Penúltimo hijo del célebre Livinio Stuyck, Julio representaba la memoria viva de una época dorada en la gestión de Las Ventas. Su padre fue el gran ideólogo y creador de la Feria de San Isidro en 1947, y Julio creció respirando la responsabilidad de una estirpe que transformó un ciclo de corridas sueltas en el abono más importante y exigente del planeta taurino.
Aunque su formación profesional se desarrolló en el ámbito de la publicidad, su ADN taurino le llevó a desempeñar una actividad intensa y prestigiosa en los despachos. Destacó especialmente como apoderado de rejoneadores, guiando las carreras de máximas figuras del arte de Marialva como Manuel Vidrié y el maestro portugués João Moura. Su visión del espectáculo y su capacidad para entender el toreo a caballo ayudaron a consolidar el rejoneo como un pilar fundamental en las ferias de finales del siglo XX.
En su faceta como gestor, Julio Stuyck formó una sociedad de gran calado con el maestro Antonio Ordóñez. Juntos estuvieron al frente de cosos de relevancia como Palma de Mallorca y Zafra a principios de los años noventa. En estas plazas, Stuyck aplicó la seriedad y el prestigio que siempre caracterizaron a su familia, huyendo de los focos innecesarios y centrándose en una gestión clásica donde la palabra y el respeto a la categoría de la plaza eran las normas de oro.
La familia Stuyck, de origen belga, aterrizó en España a finales del siglo XVII de la mano de Felipe V. Antes de vincularse a la tauromaquia, su nombre quedó ligado para siempre a la Real Fábrica de Tapices, institución que dirigieron durante generaciones. Julio representaba ese cruce perfecto entre la aristocracia del trabajo artesanal y la pasión por la lidia, siendo uno de los últimos representantes de una generación que entendía el toreo como un entramado de relaciones personales, señorío y legado cultural.
Su fallecimiento supone la pérdida de una figura discreta pero decisiva en la historia moderna de la Fiesta. Quienes trabajaron con él destacan su forma clásica de estar en el toreo, alejada de las estridencias actuales y siempre fiel a la herencia recibida de don Livinio. Con su marcha, desaparece un testigo directo de cómo se moldeó la industria taurina madrileña desde los despachos de la empresa Jardón, dejando un vacío difícil de llenar en la memoria de la Monumental de Las Ventas.
El entierro y los actos de despedida se celebraron en la intimidad familiar, tal y como era el deseo de un hombre que, pese a pertenecer a una de las sagas más poderosas del sector, prefirió siempre la elegancia del segundo plano. Madrid pierde a un publicista de éxito, a un apoderado de visión larga y, sobre todo, al custodio de los secretos de la creación de la feria más grande del mundo. Su nombre queda ya unido al de sus antepasados en el panteón de los grandes hacedores de la cultura española.
