La corrupción que dejó de indignar
El Centro de Investigaciones Sociológicas contiene un dato que debería provocar más debate del que está generando: la corrupción ha caído al octavo lugar entre las preocupaciones de los ciudadanos. No es que los españoles nos hayamos vuelto imbéciles ni que la sociedad se haya resignado. Preocupa, y mucho, como se ha visto en todos los comicios electorales en los que Sánchez ha ido encadenando derrotas una tras otra.
Lo verdaderamente llamativo no es la reacción electoral, sino el silencio de quienes, hace apenas una década, convertían cada sospecha en una causa nacional. Aquellos que llenaban las calles denunciando una supuesta degradación democrática hoy parecen observar con una serenidad sorprendente situaciones que antes habrían provocado una tormenta política.
Hagamos un ejercicio sencillo de imaginación. Supongamos que durante los gobiernos de José María Aznar o Mariano Rajoy hubiese aparecido un expresidente vinculado a una operación como la de Plus Ultra Líneas Aéreas, señalado por cobrar comisiones mientras sus hijos firmaban contratos con el presidente de la aerolínea. Supongamos también que el ministro de Transportes y su asesor hubieran mediado con ese expresidente del Gobierno del PP para desbloquear ayudas públicas millonarias. O que un comisionista entregara al juez un sobre con documentación que probaría la financiación irregular del partido.
¿Alguien cree que habría pasado desapercibido? Habría sido un escándalo político permanente. Sigamos con el mismo ejercicio. Imaginemos que la esposa del presidente del Gobierno del Partido Popular estuviera imputada por tráfico de influencias, corrupción, apropiación indebida, intrusismo profesional y malversación. Las calles no descansarían un solo fin de semana. Las manifestaciones se encadenarían unas con otras.
Bastaría recordar el clima político que rodeó al gobierno de Rajoy. El “Rodea el Congreso”, impulsado por Pablo Iglesias, se habría multiplicado. Las protestas llegarían desde la Puerta del Sol hasta la España vaciada. Los sindicatos con los pies doloridos de tanto convocar movilizaciones. Y la llamada “ceja cultural” ocuparía micrófonos y escenarios denunciando la corrupción estructural del sistema.
Nada de eso ocurre hoy. Por eso resulta tan revelador comprobar cómo algunos de los que antes se mostraban permanentemente enfurecidos hoy parecen vivir con una sorprendente tranquilidad lo que está ocurriendo. Como si aquello que antes era intolerable hubiera dejado de serlo.
Cuando la indignación se vuelve selectiva, deja de ser una defensa de la democracia y pasa a ser simplemente una herramienta política. Y quizá por eso la corrupción ha caído al octavo puesto en el CIS. No porque haya menos, sino porque ha cambiado de nombre. Ahora no es corrupción: es relato, es contexto, es matiz.
Y ya se sabe: contra el relato no hay pancartas, contra el contexto no hay manifestaciones… y contra el matiz, por lo visto, ni siquiera hay vergüenza.
