Selfis y satisfyers: ¿vivimos enamorados de nosotros mismos?
La portada del número de diciembre de 2020 de la prestigiosa revista «New Yorker» dio mucho que hablar: la imagen del dibujante Adrian Tomine, titulada «Love Life», reflejaba al prototipo de mujer posmoderna de hoy –supuestamente empoderada, entrópica, progresista y autárquica– en una situación doméstica de pospandemia. Un tuitero, Nacho Raggio, tuvo puntería y colmillo para llamar a aquel cuadro «Whiskas, satisfyer y Lexatin», un título que tomó prestado la columnista Esperanza Ruiz para un artículo que, un año después, se acabaría convirtiendo en libro por mediación de la editorial Monóculo. En el artículo homónimo leemos que «el joven adulto posmoderno es una mezcla de la doxa sistémica, aplicaciones para ligar y entrega de comida basura a domicilio (...). La falsa liberación sexual que esclaviza a golpe de pulgar, los antidepresivos, la intolerancia al sacrificio y a la frustración (...) han creado un monstruo a la medida. (...) ¿El resultado? Hedonismo perezoso sin un ápice de vigor moral. Y soledad».
Siguiendo esta línea argumental, pero con un análisis mucho más profundo y un desarrollo notablemente ampliado y contrastado, el reputado psicólogo clínico Marino Pérez Álvarez (Tineo, Asturias, 1952) ha titulado su último ensayo, donde analiza los signos del narcisismo contemporáneo, «Selfis, satisfyers, mascotas y robots» (Deusto). Su tesis principal es que el narcisismo, más allá de una patología, se ha convertido en una «norma cultural». De ahí que utilice los términos «narcisismo cultural» e «individualismo narcisista», de ahí que, por supuesto, le preguntemos sobre ello: «Vivimos en una sociedad individualista, y a finales del siglo pasado se observa una mutación del individualismo en la dirección subjetivista –explica el autor–, donde son cada vez más importantes los sentimientos y las emociones; y también en la dirección narcisista, donde cada vez el yo, la autoimagen, la presentación ante los demás, la necesidad de admiración, reconocimiento y de estima de otros va en aumento».
Por si fuera poco, «luego vinieron las redes sociales y acabaron por rematar este subjetivismo y este narcisismo: aunque sugieren relaciones con los demás, lo que han traído son, efectivamente, relaciones con los demás... pero según uno mismo, de la imagen que ofrece, de la imagen que cuelga y de lo dependiente que es de los ‘‘likes’’», sostiene Marino Pérez, quien a su vez constata que este narcisismo se entiende que ya es normativo «en el sentido de adaptativo y funcional. Como si dijéramos que conviene ser un poco narcisista para causar buena impresión en las entrevistas de trabajo, en las relaciones con los demás, en la presentación de currículums, en saber venderse, etcétera».
De la apoteosis al paroxismo
Escribe el autor que «si los selfis son la apoteosis del narcisismo, los satisfyers son su paroxismo». Le pedimos, claro, que abunde en ello: «Los selfis vienen a ser la culminación de un individualismo que viene de siglos atrás y que encuentra en la tecnología de los móviles para hacerse fotos su apoteosis», explica. «Vivimos enamorados, pendientes de una imagen mejorada e ideal de nosotros mismos. Se crea un gran desfase entre esa imagen ideal de los selfis filtrados y el yo real: y eso da lugar a la ‘‘selfitis’’». ¿A la qué? «Sí, a esa manía por el selfi ideal que nunca es definitivo y que a veces conduce a las personas a llevar su selfi preferido a la cirugía plástica: una especie de psicoterapia con bisturí», resume el autor, quien fuera catedrático de Psicología en la Universidad de Oviedo.
«Si los selfis son la apoteosis del narcisismo, los satisfyers son su paroxismo»
Y como de ovetense a ubetense no hay nada, antes de que se nos vaya por los Cerros de Úbeda, le recordamos a Marino Pérez lo de los satisfyers. «Sí, con la llegada de otra tecnología, dotada de IA y cuqui como son los satisfyers, pues da la impresión de que se da un paso más allá donde uno (más bien una) se autocomplace y satisface a sí mismo a través de un vibrador supertecnológico que produce estremecimiento, y de ahí la elección del término ‘‘paroxismo’’: una expresión ya referida a los primeros vibradores de fines del siglo XIX». Agrega que «en este contexto individualista, estas tecnologías de autosatisfacción sexual vienen a ser una gran salida y ofrecen orgasmos exprés sin estar pendientes del otro ni tener nada que negociar, y en ese sentido tienen esta prestancia y prestación en el mundo de hoy». Además, dice el autor que todo esto contribuye a que ya no haya «medias naranjas», sino que cada cual es una naranja entera. «Estas tecnologías responden a las dificultades de relaciones con los demás que ya vienen dadas de antes, donde cada individuo es una totalidad, una naranja, y no es media naranja que necesite complementarse con otra media. En un contexto narcisista, por lo común, uno está más atento a sus propias necesidades –generadas en buena medida por el mercado y la publicidad– que a las de los demás, que si acaso los aprecia como público o admiradores», subraya.
La «divinización»
Hay, a juicio de este psicólogo, un rasgo que comparten las mascotas y los robots: y es que son dóciles, serviles y adulan a los humanos en su «religación», relación con uno mismo a través de ellos. «La relación con los animales también nos domestica a nosotros en el sentido de comportarnos con los animales domésticos de la misma manera o mejor que nos comportamos con las personas –sostiene el autor–. Los animales nos ofrecen una relación más complaciente sin esos compromisos que a veces tienen la relación con los demás –que tienen opinión sobre nosotros–. Las mascotas nos adoran». Y va más allá Marino Pérez refiriéndose a la «divinización» de los animales: «En este contexto lo más cercano a una relación religiosa laica tendría que ver con esta adoración que tenemos por los animales domésticos que a su vez nos adoran a nosotros, y que no son ya dioses que nos den mandamientos o que nos pongan restricciones o que sean resistentes».
«Las IA dan un paso más que las mascotas: adulan y complacen sin sacarlas a pasear»
Habla también el autor de un «narcisismo comunal», o postureo, sencillamente ejemplificable con quienes presumen de haber adoptado a su perro o a su gato: «Se caracteriza por exhibir lo virtuoso y bondadoso que uno es, alineándose con ciertas opiniones, haciendo muestra de su altruismo y de su bondad: un ejemplo sería este cambio que se ha tenido en relación con los perros, donde se pasó de estimar más el pedigrí y a exhibir el abolengo de su raza a ser más aceptable querer alguien (de) mostrar que es un perro adoptado y supuestamente maltratado, y entonces uno se presenta como si fuera el gran redentor y salvador». «Las IA dan un paso más respecto a este tema: puede haber mascotas robots que ahora ni siquiera tengan la necesidad de la alimentación, del veterinario, de sacarlas y cuidarlas, más que acaso de cambiarle la batería. Y equipadas esas mascotas con todas las prestaciones, adulaciones, que nosotros necesitamos», expone el autor, quien también habla de máquinas de empatía: «Los humanos solemos decir de la tecnología equipada con IA que somos usuarios de esas herramientas, pero más que eso somos nosotros usados por ellas, y entonces nos domestican, nos rediseñan a nosotros mismos en esa dirección narcisista. Los robots, chatbox, que se pueden utilizar para muchas prestaciones, entre ellas psicoterapia, son máquinas de empatía –aunque eso sea como decir ‘‘nieve caliente’’–: siempre trabajan a favor de lo que uno desea», concluye.
