Hoy hace seis años, el mundo quedó paralizado. El Covid-19, tan desconocido y tan mortal en esos momentos, nos obligó a confinarnos en nuestras casas y, entre otros miles de consecuencias, paralizó el fútbol. Lo último que vimos, en el Camp Nou, fue un gol de
Messi de penalti ante la
Real Sociedad que mantenía al
Barça como líder. Toda la temporada siguiente fue a puerta cerrada y a Leo ya no le vimos más en directo. Hoy, tras diez días de guerra en el
Oriente Medio, el mundo sufre consecuencias de todo tipo mientras los muertos se cuentan ya por centenares. El precio del petróleo y el gas se dispara y veremos en qué condiciones vivimos todos dentro de seis meses. Y también el fútbol, para muchos el tema más importante de lo menos importante, se resiente de esta guerra en la que nos hemos metido. Irán ya ha anunciado que no jugará el Mundial, a
Infantino se le ha quedado cara de bobo por el Premio de la Paz que creó para regalárselo a su amigo
Trump y 'la Finalíssima' ha quedado suspendida.
Qatar debía albergar el partido
Argentina-España el próximo 27 de diciembre. El último campeón de la Copa América contra el vigente campeón de la Eurocopa. Era el primer partido –y quizá el último y el único– de
Messi contra
Lamine. El partido era mucho más que un encuentro, era la escenificación de un relevo. Significaba, para los barcelonistas, un ritual de coronación. Ese niño ungido por
Messi en una bañera cuando era un bebé, hoy a los 18, es la mayor alegría futbolística del planeta. Como en Doha no se podrá disputar, el
Bernabéu suena ahora como estadio alternativo. No es el escenario ideal para los barcelonistas. O sí. Ambos han profanado el templo merengue con la camiseta del
Barça.
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