Jorge Drexler: "La música es una herramienta contra la polarización"
Jorge Drexler (Montevideo, 1964) llegó a España en 1995. «Soy el más afortunado de los inmigrantes, porque no me fui escapando ni de una dictadura ni de un desastre socioeconómico ni humanitario. Y además puedo volver a Uruguay hasta tres veces al año, por lo que no me he terminado nunca de ir. Pero hacía mucho tiempo que no grababa allí», dice tras más de dos décadas desde su última experiencia musical en su tierra. Allí ha grabado los temas de [[LINK:EXTERNO|||https://www.larazon.es/cultura/musica/jorge-drexler-publicara-13-marzo-taraca-primer-album-cuatro-anos_2026022769a1667d1817b41eb666325a.html|||«Taracá» (Sony), su nuevo trabajo]], en el que explora casi como si se tratase de un ensayo cantado las raíces del folclore de su tierra y el poder filosófico de la música. «No es un disco nostálgico porque no trata de volver a un país idealizado, sino de investigar cómo ha cambiado Uruguay y cómo he cambiado yo, sabiendo que ambos lo hemos hecho», explica. ¿Encontró respuestas? «Las once canciones del álbum responden a esos interrogantes», asegura.
El disco se arma en torno a un hilo conceptual. «Taracá», su título, es la transcripción del ritmo del tambor chico en el candombe, el ritmo de origen africano tradicional de su país, y, al mismo tiempo, la contracción de «estar acá», pronunciado en uruguayo. «Pero no soy un experto en candombe, soy un cancionista que lo utiliza como herramienta cultural –confiesa–. Son todas meta-canciones que exploran mi relación con los géneros y con la música en general. Así, revisé mi relación con la murga, con la milonga, con la plena, que es un ritmo uruguayo que llegó de Puerto Rico y que Bad Bunny puso de moda de nuevo. Yo creo que la música no se produce por generación espontánea. Viene, va, se mezcla y desaparece para surgir en otro lado», añade Drexler, que se ha sumergido en los ritmos populares: «La murga uruguaya proviene de Cádiz, de principios del siglo XX, así que es un hermanamiento entre esas dos ciudades que amo», proclama. «Lo que pasa es que siempre hubo una cierta discriminación clasista con algunos ritmos, como la plena. Los esnobs de clase media como yo no supimos entenderlo en su momento. Pero bueno, soy un esnob abierto y dispuesto a cambiar», sonríe. Drexler presentará su nuevo trabajo en una gira que le trae por España a finales de este año, en concreto a Madrid (26 de septiembre), Valencia (16 de octubre) y Barcelona (31).
El baile peligro
El disco ha supuesto, por tanto, una investigación para Drexler. «Me crie en una dictadura muy férrea y en mi adolescencia temprana se vivía un país desnaturalizado musicalmente. El primer acceso que tuve a la música en directo fue por una banda militar, pero solo había acceso a la comercial, a los éxitos de la radio. Escuchaba eso, el ‘‘Saturday Night Fever’’ y, por suerte, los Beatles. Pero en mi casa tuvimos que hacer una quema de discos y de libros en el jardín porque había algunos muy asociados a la política que era mejor que no estuvieran», relata. Así que este trabajo ha sido una recuperación del tiempo: «Claro, porque tampoco había baile en la dictadura. Y yo me crie en una familia de clase media, de izquierda, que tenía a la otra mitad exiliada, con lo que se hablaba mucho de política. Era una casa muy intelectual que privilegiaba la razón y poco el cuerpo. Había cosas más importantes que eso». En su nuevo trabajo rinde homenaje a los bailes prohibidos desde hace siglos, como la zarabanda, los tangos y el chuchumbé. ¿Por qué bailar es una amenaza para el poder establecido? «En primer lugar, hay que decir que es tan hipócrita como inefectivo. Prohibir un baile es tan inútil como prohibir una planta. Creo que hay un lado del eros, de la vitalidad, no solo del erotismo, que es un poder temible. Pero también pienso que la música es un puente, una herramienta para sincronizar dos personas y permitir el intercambio de información entre las dos orillas. Y eso asusta al poder porque genera unos vínculos muy poderosos. Fíjate qué pasa entre los barras bravas del fútbol, por ejemplo», dice Drexler.
En «Nuestro trabajo / Los puentes» reflexiona precisamente en torno al sentido de cantarle al amor en tiempos de cataclismo geopolítico. «Cada uno debe adoptar su posición al respecto, y yo no estoy aquí por mis opiniones. Vivimos en un mundo donde la polarización es la norma y está impulsada desde arriba a conciencia con una finalidad política muy concreta y yo no quiero contribuir más a eso. Y no sólo es aburrida la polarización, también es peligrosísima. En cambio, pienso que, enfrente de eso, está la música y su capacidad de sincronizar y de generar empatía. Es una herramienta de resistencia central para mí», explica.
