El
Barça cayó en la Copa de forma romántica, haciendo un monumento al fútbol ante un
Atlético que jugó a lo que
Simeone quiere. Es decir, a nada. Son estilos. Saber defender también forma parte del juego, como salir a buscar los defectos del rival, pero si todos jugaran a esto, nadie pagaría por ver fútbol. La gente quiere ver las diabluras de
Lamine, el talento de
Pedri o la progresión de
Bernal, un jugador que, si evoluciona correctamente, está llamado a ser un crack mundial. Tiene un aire de
Beckenbauer que encandila.
Podemos llenarnos la boca con elogios por el partido de vuelta, pero la ida fue una calamidad, por mucho que el árbitro anulara ese gol de
Cubarsí que valía para empatar la eliminatoria. Si el equipo de
Flick quiere crecer, debe alcanzar la regularidad. No se puede salir dormido ni tener desconexiones.
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