Crónica de una sedición fallida: Así se intentó que Costa Rica volviera a la corona española
“Este enemigo de nuestra independencia y libertad era temible [...] En su confesión judicial, lejos de negar su crimen, lo ratificó con gozo, asegurando [...] que no había hecho otra cosa que cumplir con los deberes de un vasallo de Fernando VII [...] de revolucionar en las Américas”.
Lo anterior fue escrito en 1826 por el Lic. Manuel Aguilar Ch., entonces secretario general del gobernante Juan Mora Fernández, en una misiva remitida a las autoridades de la República Federal de Centroamérica ante unos graves sucesos que acababan de darse en nuestro territorio.
En efecto, varios ciudadanos se habían coludido para perpetrar una rebelión contra el recién inaugurado mandato de Mora F., siendo liderados por un súbdito español llamado José Zamora. Mas, las ulteriores averiguaciones permitieron conocer a los verdaderos autores intelectuales de dicho atentado.
Así, con motivo de los dos siglos de tan poco conocido evento de nuestra historia, se presentan los eventos, motivaciones e intríngulis acaecidos en aquella aciaga coyuntura, lo cual, de haberse consumado, hubiera hecho que los derroteros de Costa Rica fuesen muy distintos a los que hoy conocemos.
Prolegómenos
Entre nuestra independencia (octubre, 1821) y el ingreso a la República Federal de Centroamérica (octubre, 1823), Costa Rica se unió al I Imperio Mexicano (enero, 1822-marzo, 1823) y sufrió la cruenta Guerra Civil de Ochomogo (marzo-abril, 1823).
Época tras la cual, el ya citado maestro Juan Mora F. fue electo, de modo provisional, como jefe de Estado (septiembre, 1824) y se emitió la Constitución Política de la República Federal de Centroamérica (noviembre, 1824), cuyo texto se erigió en nuestra quinta norma superior.
En enero de 1825 y como parte del sistema federal citado, entró en vigencia la Ley Fundamental del Estado Libre de Costa Rica (nuestra sexta Constitución) y Mora F. fue electo como gobernante titular (abril). Mismo mes en que inició labores el órgano legislativo que había creado de previo el primer Congreso Constituyente de nuestra historia (septiembre, 1824).
En paralelo, el ciudadano José R. Gallegos A. fungía como primer vicejefe de Estado y el Presb. Cecilio Umaña F. presidía el Poder Legislativo, pareciendo que, tras un lustro de intensos episodios, Costa Rica gozaría de tranquilidad. Pero, como casi siempre sucede, ello era la paz que precedía a la tormenta.
Felonía en ciernes
En 1824, un individuo fue expulsado de la ciudad neogranadina de Santa Marta (actual Colombia) por acciones a favor de la monarquía española, viajando entonces a la apacible Costa Rica. Su nombre: José Zamora. Su oficio: presumible teniente coronel del ejército ibérico.
Una vez en San José y atisbando la gentileza de nuestros antepasados, emitió diatribas contra la independencia e insinuó nuestro regreso bajo el poder español. Pero, más aún, dirigió una carta al jefe Mora F. para que lo nombrase comandante general de nuestra milicia.
Empero, dado que no encontró apoyo en la capital, se dirigió entonces a Heredia, en la que ubicó al aliado que necesitaba: el sacerdote Joaquín Carrillo. Religioso que fungía como cura de la parroquia herediana y muy conocido por su férrea oposición a nuestra autonomía de 1821, así como por sus estrechos vínculos con numerosos vecinos de esa ciudad con idénticas ideas.
Por ello, Zamora no solo se alojó en la casa de Carrillo, sino que, ambos planificaron un ataque a los cuarteles de Alajuela y Heredia para luego sitiar a San José, asumiendo entonces Zamora la dirección de nuestro país para decretar su posterior sometimiento al rey Fernando VII.
Antesala funesta
Ya en diciembre de 1825, el plan disociador incluyó al Cap. Juan J. Soto (comandante interino de Alajuela), quien reclutó seguidores en esa ciudad, misma acción que el cura Carrillo realizó en Heredia. No obstante, por fallos en la transmisión del plan, nuestras autoridades se enteraron de ello, alertándose a los cuarteles de ambas ciudades, así como a los de San José y Cartago.
Por fin, hacia las 10.00 pm del sábado 28 de enero de 1826, los soliviantados se reunieron en el Bajo de los Aguilares (actual distrito alajuelense de Ciruelas), apersonándose Zamora sobre un caballo negro y blandiendo un sable, procediendo luego a arengar a los allí presentes.
A continuación, y tras establecer un escalafón de mando, fue a inicios de la madrugada del domingo 29 cuando Zamora emprendió la marcha hacia el cuartel de Alajuela al mando de tres batallones para unirse a los hombres del Cap. Soto, conformándose así un grupo de casi 200 integrantes.
Mientras tanto, tras enviar dos vigías para confirmar la noticia que la había llegado acerca del inminente ataque, el Cap. José Á. Soto (comandante del cuartel alajuelense), reforzó las guarniciones, puertas y accesos de dicho sitio, ordenó la colocación y preparativos para el disparo de algunos cañones y se aprestó con denuedo para la lucha.
Hacia las 2.00 am la tropa de Zamora arremetió con gran virulencia contra el cuartel de Alajuela, al cual atacaron por dos flancos para destruir su puerta principal, siendo rechazados, tras poco más de horas de combate, por los disparos y cañonazos percutidos por sus defensores. Todo lo cual se hizo junto al toque de las campanas parroquiales como alerta.
Tras la huida en desbandada de los rebeldes, se encontraron cuatro muertos y varios heridos en sus filas, mas no así en los soldados alajuelenses, quienes detuvieron a varios involucrados, así como en días posteriores. Pero Zamora no pudo ser capturado, pues logró evadirse junto a varios de sus correligionarios.
Al respecto, el malogrado líder español y sus compañeros se refugiaron en las cercanías del sitio de las Púas (actual cantón de Poás), donde intentaron construir un rancho provisional para esperar a que los ánimos de apaciguasen y así salir del país con sigilo.
No obstante, uno de sus cómplices no quiso permanecer en esa situación de incertidumbre y prefirió regresar a Alajuela para refugiarse por su propios medios, pero no solo fue capturado casi de inmediato, sino que, tras interrogársele, reveló el sitio en donde Zamora se escondía.
Firmeza implacable
La delación contra Zamora conllevó a su captura en la madrugada del lunes 6 de febrero siguiente por una guardia de vigilancia, siendo trasladado a Alajuela y de ahí a San José hacia las 8.00 am, donde se le recluyó en el cuartel bajo estricta vigilancia y se le interrogó.
Casi de seguido, se procedió a juzgarlo por su fallida rebelión, pero no a través de la vía judicial, ya que, fue el jefe de Estado Mora F. quien, dado el inédito escenario acontecido, así como la gravedad de los hechos, procedió al respecto con suma prontitud y contundencia.
Asunto para el cual invocó el inciso 13 del artículo 82 de la ya referida Ley Fundamental del Estado de Costa Rica que indicaba: “Al jefe del Estado corresponde y debe: [...] Obrar en casos extraordinarios en que amenace al Estado algún riesgo como más estime conveniente para salvarlo de él”.
Por lo anterior, Mora F. decretó: “sabiendo que el español José Zamora ha sido el principal agente y cabecilla de la revolución experimentada en estos días en que intentaba subyugarnos al gobierno español [...] a las cinco y media de la tarde de este día sea pasado por las armas el enunciado Zamora, franqueándosele en el entretanto los auxilios religiosos que pidiere.”
Destinos finales
Una vez concedida la extremaunción, Zamora fue conducido al cementerio de San José (cercanías del actual Hospital San Juan de Dios) donde se le fusiló, siendo luego enterrado en dicho panteón. Muerte de la que, presumiblemente, no quedó partida de defunción por lo ilegítimo de su accionar.
Para el 8 de febrero y en cuanto a los otros líderes: “se confinan al presidio de la Libertad en el Estado de El Salvador a los reos Presb. cura de la ciudad de Heredia Joaquín Carrillo, capitán Juan José Soto”. Mientras que el resto de reos fue enviado al ejército federal, pero, tras no ser admitidos por dicha milicia ante su deshonroso delito, fueron encarcelados en ciudad de Guatemala.
Además, tras ser cuestionado ante el Congreso por el pariente de uno de los sentenciados a presidio, debido a su contundente actuar contra Zamora y sus secuaces, dicha entidad más bien expidió el decreto N.º LXXXV del 15 de marzo en cuyo texto elogió y agradeció al jefe Mora F. por todo lo hecho.
Por demás y dado lo oneroso de su estadía en suelo guatemalteco, nuestro Congreso emitió, el 25 de septiembre siguiente, el decreto N.º XCIX por el que: “se conmutan las penas de los reos destinados [...] al servicio de las armas de la República y presidio de la Libertad en la de destierro perpetuo del territorio del Estado”. Empero, al poco tiempo, casi todos habían regresado a Costa Rica.
Uno sí, otros no
La célere ejecución de Zamora permite colegir que ello se dio así para zanjar con una muerte, lo que debió aplicarse de esa misma manera a más sentenciados dado el espurio origen de sus actos. Sin embargo, no era lo mismo fusilar a un extranjero que a un grupo de costarricenses.
Por demás, dicho personaje, a quien se le conoció con el mote popular del Chapetón (apodo dado a los españoles recién llegados a América), fue el primer ejecutado en la historia independiente de Costa Rica, lo cual se repetiría en muy contadas ocasiones con posterioridad.
Así, al cumplirse en 2026 dos centurias de tan peculiar hecho de nuestros derroteros históricos, podemos preguntarnos que pudo haber sucedido si esta tentativa hubiese logrado sus pérfidos fines.
