Paul McCartney y Wings: cómo sobrevivir a la leyenda
En la vida no hay libro de instrucciones para seguir adelante en situaciones complicadas y las cosas pueden ponerse realmente difíciles. Aquí va una situación: ¿cómo demonios se sigue siendo músico con 30 años cuando acabas de bajar la persiana del mayor grupo de la historia? ¿cómo se puede seguir haciendo canciones después de los Beatles? Paul McCartney se encontraba precisamente en ese interrogante en 1970, después de la traumática y desabrida ruptura de la banda, cuando se dirigía hacia el norte para instalarse en una granja en Escocia, entre peladas colinas verdes y los fríos vientos del norte. Allí arrancaría un proyecto musical que tenía que asumir que el pasado debía dejarse atrás, aunque pareciera imposible. Wings, pues así se llamó la banda que formó Macca, publicó nueve álbumes y dejó un puñado de clásicos. Varios lanzamientos reivindican su legado, como la edición de diversas antologías discográficas, la traducción al castellano de «Wings. A band on the run. La historia oral» (Libros Cúpula) y el estreno del documental «Man on The Run» que ya puede verse en Amazon Prime Video.
El final de los Beatles inevitablemente marca el estado de ánimo y las decisiones de sus miembros. «John estaba bastante enfadado conmigo; quería ser él quien lo dijera, y yo pensaba: ‘‘¿Por qué no lo has hecho tú, entonces?’’. John disolvió los Beatles, ya se sabe, pero yo me llevé la culpa y ese es un peso difícil de llevar», asegura en el volumen el zurdo de Liverpool, que fue quien realizó el anuncio oficial del fin de la banda el 10 de abril de 1970. «A Yoko le han llovido las críticas y a Linda también, pero los Beatles no rompieron por su culpa. Lo que pasó fue que, de repente, teníamos treinta años, estábamos casados, y todo había cambiado. Yo me quedé un año entero sentado en el jardín sin saber qué hacer», dice Ringo en la biografía, editada con minuciosidad por Ted Widmer. Sin embargo, la palabra final y los malos augurios flotaban por todas partes. Tanto, que alguien de la oficina de Apple, llamó por teléfono a McCartney con una noticia: «Oye, Paul, estás muerto». Macca contestó: «no estoy de acuerdo». «¿Qué hacemos al respecto? En Estados Unidos ya sale por todas partes que estás muerto». El autor de «Blackbird» simplemente lo dejó pasar y siguió cuidando de su huerto, pero a las pocas horas pasó por allí, quién sabe cómo, un redactor y un fotógrafo de la revista «Life». Primero les arrojó un cubo de basura, pero después lo pensó mejor y se afeitó para concederles una entrevista en la que, fiel a su mejor virtud, se mostró encantador. Lo irónico del asunto es que, en algún sentido, McCartney sí que había muerto. Estaba realmente deprimido. Bebía mucho y dormía poco. Labraba la tierra y cultivaba. Estaba intentando curarse mientras esquilaba ovejas, realizaba pequeñas reparaciones en su nueva casa y construía él solo una mesa de madera.
En soledad preparó su primer disco en solitario, un álbum casero y humilde. Había vuelto a la naturaleza, había regresado a lo esencial de escribir canciones, utilizó su apellido a secas... pero McCartney deseaba algo más que canciones en acústico en las que él tocaba todos los instrumentos. Volvían las grandes preguntas: ¿cómo se hace una banda después de haber sido parte de la mayor de todos los tiempos? Curiosamente, Lennon lanzó «Plastic Ono Band», otro álbum desnudo, crudo, sin pulir. Ambos se estaban liberando de la necesidad de ser geniales y rompedores, se estaban despojando de las expectativas del público y los medios. No estaban por la labor de regurgitar a los Beatles. Harrison parecía encantado con su nueva libertad. Lanzó «All Things Must Pass» con las canciones que llevaba mucho tiempo guardando. «La idea de los Beatles era casi como un trabajo del que sales a las cinco, pero resulta que la fábrica arde. En mi caso, me alegré de que le prendiéramos fuego», dijo cáustico el guitarrista.
Y así es como, con una aliada inesperada, empezó una nueva historia. Fue su mujer, Linda, la que le empujó hacia adelante. De ese periodo se ocupa íntimamente la película «Man on The Run», dirigido por Morgan Neville, que relata ese periodo incierto y la lucha de Macca por reconstruirse como artista y como hombre. Las dudas saltan a través de fragmentos de vídeo casero. El miedo al vacío se asoma al rostro del beatle, despojado de su efigie mítica, en toda su vulnerabilidad. También, claro, persiguiendo la sombra de Lennon. La falta de dirección, la soledad, la sensación de fracaso que queda tras cualquier separación atenazan a McCartney hasta que Linda insiste en instalarse en su ciudad natal, Nueva York, y dejar la fantasmal Escocia por una temporada. Allí reúne a la primera formación de Wings, con Linda y «los Dennys», Laine y Seiwell, pero primero publica un nuevo álbum en solitario: «RAM», que fue despedazado en las reseñas de prensa. No era un momento fácil: el lanzamiento coincidió con el inicio del juicio de Paul contra los otros tres beatles: las viejas cuentas pendientes de Allen Klein, el marrullero mánager musical.
Domingo Sangriento
No puede decirse que Wings empezaran con buen pie. Su primer sigle, «Give Ireland Back to Irish» fue vetado en la BBC por la manera «poco patriótica» en la que encaraba los hechos del Domingo Sangriento. El disco, «Wild Life», fue vapuleado de nuevo por los críticos. Al menos, el corte «Dear Friend» tuvo un efecto sanador: Paul y John se reconciliaron -después de haberse lanzado dardos en entrevistas y canciones como «How Do You Sleep?»– y poco a poco retomaron su amistad. Toda la historia del grupo fue poco convencional. Se negaban a interpretar cualquier tema de los Beatles. La primera gira simplemente la hicieron conduciendo por la M1, una de las autopistas de Inglaterra que llegan al norte, y se presentaban para actuar en cualquier lado: buscaban una universidad y preguntaban si podían tocar. Linda y Paul llevaban a sus dos hijas –Stella, recién nacida–, en una gira sin nombre ni itinerario: era realmente volver a empezar. La segunda gira la hicieron recorriendo Europa con un autobús de dos pisos descapotable. Se intercambiaban los instrumentos en las sesiones de grabación para sacar de quicio al famoso Glyn Johns. McCartney fumaba marihuana y a esa planta le dedicó «Hi, hi, hi», segundo tema censurado de Wings. Fue arrestado en 1973 en Suecia, anticipando el sonoro suceso de Tokio que cerraría una etapa en la vida de McCartney. La crítica fue bastante dura, como era esperable, con casi todos los discos de la banda. Esperaban una continuación igual de genial o en realidad exactamente igual que los Beatles. El segundo trabajo fue calificado de «el peor álbum jamás hecho por un rockero de primer nivel» por Robert Chistgau. Una crítica injusta a un trabajo que incluía «Live and Let Die», un clásico instantáneo para James Bond. Mientras, el de Liverpool daba forma al concepto de «band on the run», algo así como un grupo de músicos forajidos que huyen de todas partes y que sería el leit motiv de su álbum de 1973, el mejor de la banda. Una huida hacia adelante para olvidar el pasado, para curarse. Unas alas nuevas para volar.
A la cárcel en Tokio... por marihuana
«Fue la mayor locura de mi vida: entrar en Japón, donde la marihuana está penada con siete años de trabajos forzados, y tomármelo como si la cosa no fuera conmigo. metí una bolsa del copón en la maleta y ni siquiera me tomé la molestia de esconderla en un jersey. Ahora miro las imágenes y pienso: ‘‘Ese no soy yo’’». Con esas palabras, Paul McCartney describe en el libro «A Band on the Run. La historia oral» un «incidente» crucial en la biografía de McCartney en aquellos años. El beatle fue detenido en el aeropuerto con la carga descrita y pasó nueve días en un centro de internamiento como el recluso nº22, lo que generó una tremenda angustia a Linda y a sus hijas, que ignoraban su suerte. Por suerte, la presión internacional (con comunicado de apoyo de Lee Scratch Perry incluido) permitió su liberación –tras declararse culpable–, pero la gira por el país nipón fue cancelada y aquella mala imagen supuso el final de las alas de Wings.
