Helen Levitt, la fotógrafa que no debe gustar a Donald Trump
Hay documentos que toman relieve con el tiempo. Al valor artístico que reúnen se le añade la trascendencia y el simbolismo que aporta la historia con el correr del tiempo, lo que acrecienta su relevancia y multiplica a la vez sus lecturas. Es lo que ocurre con la fotógrafa Helen Levitt (1913-2009). Nació en 1913 en el seno de una familia ruso-judía asentada en las calles de Bensonhurst, un barrio de Brooklyn, y a la temprana atracción que sintió por el arte y el cine sumó su particular interés por las vanguardias y el surrealismo. Unas tensiones vocacionales que, por un lado, desembocaron en la fotografía y, por el otro, en un hiperrealismo que ha hecho escuela y que todavía inspira a muchos, quizá porque no existe nada más absurdo y más moderno que la vida misma.
En 1934 se compró su primera cámara, una Leica de 35 milímetros, y, después de aprender de Henri Cartier-Bresson lecciones que jamás olvidaría –la búsqueda del instante, la cercanía con la imagen y la necesidad de desenvolverse con un espíritu independiente y autónomo–, se adentró en las aceras menos transitadas de Nueva York, las que no pertenecen al turismo. Pequeña y no muy alta, Levitt demostró poseer una facultad innata para pasar desapercibida en la multitud, ganarse la confianza de las personas y captar retratos y momentos que, sin la confianza que despertaba su figura, hubieran sido imposibles de obtener, como puede contemplarse en la retrospectiva de más de doscientas imágenes, todas de tamaño real y editadas por ella, que la [[LINK:TAG|||tag|||6336145decd56e3616931d27|||Fundación Mapfre]] inaugura mañana.
Una exposición, comisariada por Joshua Chuang, que supone un repaso por algunos de sus trabajos más significativos y carismáticos –que incluye su fotografía en color, aunque parte de este material se perdió durante un robo en su apartamento en 1970–. Una oportunidad para repasar las claves esenciales de su legado y descubrir su virtuosismo para glosar una historia en un solo clic.
Otra ciudad
Levitt siempre prefirió la marginalidad de las orillas a la pulcritud de los centros urbanos y, durante los años treinta y la posguerra, retrató un Nueva York insólito, de aceras sin asfaltar y calles pobladas por negros, pobres, gitanos y niños que jugaban en medio del tráfago de la ciudad. Un testimonio que se revela como un material de extrema importancia por lo que muestra: que la Gran Manzana no es solo la Quinta Avenida, sino que es una ciudad que se formó por la decantación de gentes de diversa procedencia y acervo cultural distinto, algo que no debe gustar al actual inquilino de la Casa Blanca, al igual que todas esas fotos de infancias desprotegidas, pero alegres, que enseñan a grupos de muchachos que se divierten en la ciudad sin temor a que los arreste el ICE o un agente de inmigración, algo que resulta distópico a día de hoy, pero que en aquellas décadas era sin duda impensable.
Levitt, que conocía bien los efectos de la Gran Depresión, el año negro de 1929, retrató todas las espontaneidades de estas chavalerías y, por encargo de una comisión civil, los dibujos a tiza que ellos hacían y que enmarcaban en los pliegues, espacios y relieves que encontraban en las paredes, los muros y la compartimentación que ofrecían las baldosas del suelo, y que, en cierta manera, anticipaban ya el grafiti urbano moderno. Levitt, que llegó a rodar el documental «In the Street» y que colaboraría como directora de fotografía en «The Quiet One», mostraba con sus fotos toda la crudeza de la vida humana, pero también la impensable felicidad que se abría paso en unas manzanas apartadas del Nueva York de la Torre Trump.
