El humanismo mexicano también es solidaridad y fraternidad
CUANDO se escriba la historia de estos días de renovada resistencia cubana, y de solidaridad de los justos y de quienes creen en el Derecho Internacional y lo defienden con sus acciones, habrá que mencionar el altruista y al propio tiempo valiente gesto de México y de la Cuarta Transformación, encabezada ahora por la presidenta Claudia Sheinbaum.
El apoyo que ha empezado a llegar esta semana no es escaso, y a ojos vista busca suplir la imposibilidad de seguir vendiéndonos crudo —el Gobierno mexicano ha dicho que buscará variantes por la vía diplomática—, como resultado de las medidas coercitivas unilaterales con que la administración Trump otra vez sanciona a Cuba involucrando a terceros, en un carácter extraterritorial abusador y ofensivo para otras naciones, al dictaminar que elevará los aranceles a los productos de aquellos países que «osen» vender petróleo a la Mayor de las Antillas: eso que autoridades rusas no han dudado en calificar como un bloqueo petrolero.
En medio de ese cerco brutal de amenazas, México nos tiende la mano, como lo hizo antes para socorrer a la Isla luego de los destrozos provocados por el huracán Melissa.
Las más de 800 toneladas de alimentos y artículos de higiene que llegaron esta semana a la Isla a bordo de los buques Papaloapan e Isla Holbox, y su casi urgente traslado desde donde recibieron la carga, en el puerto de Veracruz, son apenas las primeras muestras palpables de una asistencia humanitaria que el ejecutivo mexicano ha dicho que se mantendrá.
«En cuanto regresen (los barcos), vamos a enviar más apoyo de distinto tipo», había adelantado la Jefa de Estado mientras, ante una pregunta de la prensa, se declaraba dispuesta a abrir un puente aéreo, si Cuba lo solicitara, mediante el que otros países pudieran hacer llegar su respaldo material.
No se trata solo de una actitud gubernamental. De hecho, las acciones del ejecutivo mexicano «han despertado» otras iniciativas que involucran no solo al Estado, porque han sensibilizado a gente del pueblo. «Sé que hay grupos de la sociedad que están organizándose para juntar víveres», había dicho Sheinbaum.
Poco después, legisladores del gubernamental Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) informaban de la habilitación de mecanismos para que organizaciones civiles mexicanas recolecten la ayuda humanitaria que ha sido su iniciativa brindar.
Además, anunciaron que donarán un mes de su dieta para la adquisición de bienes necesarios para enviar a la Isla, mientras se aprestan a otra labor esencial: romper el cerco de la desinformación.
«Arrancamos la campaña nacional de acopio para el envío de ayuda al pueblo hermano de Cuba», expresó la presidenta de Morena, Luisa Alcalde, en un mensaje a través de su cuenta en la red social X.
«El humanismo mexicano también es solidaridad y fraternidad entre los pueblos», aseveró, en alusión a la filosofía de vida que da cuerpo y guía a la Cuarta Transformación y que, como se observa, trasciende las fronteras geográficas y sentimentales del territorio mexicano.
Pero esos cargamentos de apoyo material que han arribado o están por hacerlo, pese a ser tan cuantiosos como necesarios, no alcanzan a retratar el peso específico de una colaboración que ciertamente y como dice la mandataria, es fiel a la tradicional política exterior mexicana de respeto al derecho ajeno, como lo proclamó Benito Juárez, y de la buena vecindad estipulada en la actitud que ha regido la política exterior mexicana durante décadas, salvo raras excepciones de Gobiernos condenados al olvido por la propia ciudadanía de ese país: la Doctrina Estrada.
Ante todo, la actitud mexicana hacia Cuba se erige como salvaguarda de la propia soberanía nacional, al hacer valer decisiones que, en cualquier caso, exceden posiciones políticas o ideologías. Pero resulta imposible separar las actuales acciones mexicanas del contexto de peligros y amenazas en que se desarrollan.
El de México hacia Cuba es también un gesto desafiante ante una potencia que igualmente amenaza su integridad, y a la que «la une» una cercanía dada por más de 3 000 kilómetros de frontera común, vecindad que también ubica a México como uno de los principales socios económicos de Estados Unidos, y viceversa, mientras sigue latente en la historia nacional un recuerdo imborrable: el robo de miles de kilómetros equivalentes a más de la mitad de su territorio luego de la guerra de rapiña desatada por Washington y concluida en 1848, con el tratado Guadalupe-Hidalgo.
Ahora, aún antes de «instaurarse», la proclamada y embustera lucha contra el narcotráfico de la administración de Donald Trump señaló a cinco grupos narcotraficantes nacidos en México como terroristas, y los declaró blanco de una cruzada que, según ha reiterado recientemente el mandatario estadounidense, volverá a centrarse en objetivos terrestres.
México quizá no pueda cruzar totalmente, como quisiera, las cercas levantadas por Washington para recrudecer el bloqueo. Pero estima su soberanía y el respeto al Derecho Internacional. Por tanto, tampoco se doblega a cumplir sus mandamientos.
