India: una oportunidad estratégica para América Latina
Durante años, el mapa económico mundial giró alrededor de los mismos puntos cardinales: Estados Unidos, Europa y, más recientemente, China. El debate parecía condenado a moverse dentro de ese triángulo, como si no existieran otros polos capaces de alterar el equilibrio mundial. Y, sin embargo, mientras las grandes potencias intentaban resolver sus propios problemas —deuda, estancamiento, envejecimiento—, una economía fue acelerando silenciosamente, sin hacer demasiado ruido, hasta que ya resultó imposible no verla. India, que se ha convertido en una realidad contundente, llamada a situarse como la cuarta economía del planeta en 2026.
Su ascenso no solo reordena el tablero mundial: también abre una ventana de oportunidad para regiones que necesitan diversificar sus estrategias de inserción internacional. América Latina, en particular, tiene ante sí un socio potencial que puede abrir nuevos caminos en un contexto global crecientemente fragmentado.
La historia reciente ayuda a comprender por qué India se ha vuelto tan relevante. Mientras Japón, la economía a la que está a punto de adelantar, apenas crece alrededor del 1%, India lleva años moviéndose alrededor del 7% anual, y las previsiones apuntan a que mantendrá ese ritmo. Lo extraordinario es que no lo hace impulsada por un boom manufacturero clásico, sino por un sector servicios sofisticado, donde conviven centros de datos, servicios financieros, consultorías globales y un ecosistema tecnológico que ha sobrevivido y prosperado en medio de las turbulencias internacionales.
Pero más allá del dinamismo económico, India juega con una ventaja difícil de replicar: la escala. Con más de mil 400 millones de habitantes, cualquier innovación, cualquier avance productivo, cualquier aumento de la demanda interna tiene una magnitud continental. Esa dimensión funciona como un blindaje frente a los vaivenes externos: cuando el comercio mundial se ralentiza, su impresionante mercado doméstico sostiene el crecimiento. Es una diferencia crucial con respecto a Europa o Japón, cuyas poblaciones envejecen. India, por el contrario, es joven, urbana, con un sistema político democrático y angloparlante.
DIVERSIFICAR: UNA LECCIÓN PARA AMÉRICA LATINA
Este escenario se vuelve especialmente relevante para América Latina, una región que en los últimos veinte años apostó casi todo al mismo socio: China. Esa relación, sin duda, permitió a América Latina aprovechar el ciclo alcista de las materias primas, pero dejó al continente expuesto a una dependencia que hoy se percibe con mucho riesgo. India aparece, entonces, no como sustituto, sino como contrapeso, como un destino alternativo que permite diversificar geográficamente sus exportaciones.
Las afinidades no terminan ahí. Aunque la distancia geográfica sea considerable, India y América Latina comparten desafíos estructurales: economías grandes pero desiguales, infraestructuras que necesitan modernización y la aspiración de crecer sin perder autonomía política. Esa coincidencia de trayectorias crea un terreno fértil para relaciones más profundas.
OPORTUNIDADES PARA AMÉRICA LATINA
Y las oportunidades, vistas desde la región, tienen nombres concretos. La primera, inevitable, es la alimentación. India necesita importar aceites vegetales, legumbres, frutas, carne procesada y otros productos agroindustriales. Es una demanda estructural, no coyuntural. América Latina, con su capacidad de producción y su competitividad, puede situarse como proveedor estratégico de una clase media india que crece a gran velocidad.
La segunda oportunidad se abre en sectores vinculados a la transición energética. El litio, del que la región posee algunas de las mayores reservas mundiales, se ha vuelto pieza crítica en la electrificación del transporte. India, en plena expansión de su sector automotriz eléctrico y de servicios tecnológicos, necesita asegurar suministros estables.
Incluso el turismo podría convertirse en un sector atractivo. A medida que la renta per cápita india aumenta, también lo hace el número de viajeros internacionales. Hoy, Europa y el sudeste asiático absorben la mayor parte, pero nada impide a América Latina posicionarse como destino emergente si trabaja en conectividad y promoción.
No obstante, sería ingenuo imaginar que el desembarco en India será sencillo. El país sigue marcado por un proteccionismo selectivo y un entramado regulatorio que puede desconcertar incluso a empresas experimentadas. Exportar a India requiere paciencia.
El auge indio también se explica desde la política. El Estado ha invertido de forma masiva en infraestructuras —puertos, carreteras, ferrocarriles— y, quizá más importante aún, en arquitectura digital: identidad biométrica, pagos electrónicos instantáneos, plataformas gubernamentales simplificadas. Es un salto silencioso, pero transformador.
En este escenario, América Latina tiene la oportunidad de mirar hacia Nueva Delhi con una estrategia más clara. No se trata solo de vender más productos, sino de construir una relación estable, de largo plazo, que combine comercio, inversión y cooperación tecnológica. La diplomacia económica y los acuerdos bilaterales pueden desempeñar un papel decisivo.
India no solucionará los problemas estructurales de América Latina. Pero sí puede ayudar a equilibrar dependencias, ampliar mercados y ofrecer una alternativa en un mundo donde la globalización se está fragmentando. Y en ese nuevo mapa, mirar hacia India no es una moda pasajera: es una decisión estratégica cuyo momento parece haber llegado.
