¿Cómo descartar candidatos al Congreso?
Desde los primeros días de diciembre, hasta hoy, he entrevistado a 18 candidatos presidenciales y he superado las 100 entrevistas a candidatos al Senado y a la Cámara de Diputados. En el universo total de postulantes (en teoría 190 por 38 organizaciones políticas y 36 planchas presidenciales) puede parecer poco, pero creo que a estas alturas puede ser representativo de la oferta electoral. Por ello creo que es valioso compartir algunas impresiones que puedan orientar al votante.
Lo primero es reconocer que en la inmensa mayoría de casos no falta buena voluntad, esfuerzo (en algunos casos, solitario y heroico) y deseo sincero de participar en la vida política del país. Reconociendo esos valores, puedo decir, conociendo las demandas del puesto al que postulan, que eso no basta y hasta en algunos casos sobra. La gran mayoría de postulantes (incluso los que han estudiado Derecho en universidades hoy no licenciadas) no tienen idea de cuáles serán sus tareas parlamentarias, salvo tal vez por un apurado entrenamiento donde los hacen paporretear el mantra: “¡Representar! ¡Legislar! ¡Fiscalizar!”. Algunos más relajados, otros con aire marcial, pero ahí van con la cantaleta. ¿Qué significan cada uno de esos verbos? ¿Hay de todo, para gusto del cliente?
Los que más candor presentan son los postulantes a ministro de Estado. Absolutamente todo lo que proponen es tarea del poder Ejecutivo. Me parte el alma desilusionarlos en vivo y verles la cara de tristeza cuando se enteran. Desde gobernar a la policía, pasando por obra pública, becas, programas de capacitación, promoción de la inversión, industrialización y tantas cosas bonitas, buenas y deseables que no tienen ¿Cómo descartar candidatos al Congreso? nada que ver con la tarea de ser diputado o senador. Los más entusiastas tienen una iniciativa de gasto digna del disparate y vienen con programas de vivienda o línea aérea de bandera, hospitales, colegios, escuelas de policía. La lista es larga y ambiciosa.
A estos se suman los inconsistentes. En una mano viene la flexibilización tributaria y en la otra el gasto público. Cuando preguntas: "¿De dónde sale elfinanciamiento?"?, las respuestas son de un simplismo abrumador: “Quitando las exoneraciones a la agroexportación” o, mi favorita, “ampliando la base tributaria”. ¿Cómo no se nos ocurrió antes? Era tan simple y nadie lo vio. Inconsistentes también son los “libre mercado” que quieren empresa pública y los pro pequeña empresa que piden despedir miles de empleados públicos. ¿Cómo dijo?
Lo que prima en estas entrevistas es un pragmatismo ramplón, que se mueve entre el cliché de lo que crees que puede sonar bien o mal al electorado, a veces desde los recuerdos de la infancia. No hay, ni siquiera en partidos con alguna base ideológica o programática, una capacitación a sus postulantes que uniformice discursos, salvo cuando se trata de imponer una versión única de hechos. Por ejemplo, los fujimoristas sí han logrado hacer que sus candidatos repitan al ritmo de Keiko que la delincuencia se disparó en 2017 con la llegada de los venezolanos en el gobierno de Kuczynski. Hay que felicitar que puedan recitar juntos. El problema es que paporretean una mentira ridículamente fácil de desbaratar. Lo mismo con Renovación Popular, cuyo líder no respeta contratos. Sus seguidores “libre mercado” balbucean al unísono “es que son contratos corruptos”, pero no pueden explicar por qué las concesiones de López Aliaga son santas y todas las demás, demoníacas.
Las leyes “pro-crimen” generan toda clase de respuestas, pero más allá del disparate, hay dos grupos claros: los negacionistas y los que van a derogar todo (felizmente). Los primeros son una delicia y provienen de los partidos que hoy están en el Congreso. Su estrategia consiste en repetir ciertas “verdades universales”: los procesos son largos, son lentos, son abusivos, los fiscales incompetentes, los jueces prevaricadores y un largo etcétera que pone la culpa en todas partes, menos en la permisividad de los legisladores del pacto de gobierno que, para librarse de sus propios crímenes, vienen ayudando a toda la delincuencia.
La sección de “aleluyos” es la que más me irrita. Siendo católica practicante, no hay nada que me ponga de peor humor que el uso de la fe para manipular el voto. La libertad de culto no existe para eso y, si la tenemos, fue para que el catolicismo (religión única hasta principios del siglo XX) conviviera armoniosamente con otros cultos. La libertad de creencia no existe para que nos impongan legislativamente las ideas protestantes, cuyos pastores usan el púlpito como plataforma política. El daño que han hecho en materia educativa en este quinquenio es de horror. Teniendo más de 28,000 partos de menores de 19 años (2023), donde todo embarazo de menores de 14 años es producto de una violación de acuerdo con nuestro Código Penal, estos aspirantes a “padres de la patria” se sienten muy orgullosos de prohibir legislativamente toda herramienta de defensa para niñas y adolescentes que tienen que enfrentar a sus pedófilos en su propio hogar. Han prohibido la educación sexual integral y su plataforma de campaña es perpetuar el embarazo adolescente que, en la Amazonía, llega al 20%. Y esto lo hacen, ¿en el nombre de Dios? Ese no es mi Dios. Vender el miedo de la “homosexualización universal” es su método y se aprovechan de una población asustadiza y poco educada, pero útil para sacarles el voto (junto con el diezmo).
¿Hay candidatos rescatables? Sí los hay. Son pocos, pero son. Existen al menos 40 personas honorables y competentes para un Senado. Lamentablemente, diseminados en diferentes listas. Y es probable que no todas estas pasen la valla del 5%. Es una pena. ¿Qué debemos buscar en nuestras selecciones personales? A riesgo de ser insistente, por favor, elijan a candidatos que sepan legislar. Eso es lo más importante. Si son incapaces de formular un proyecto de ley, con un análisis bien hecho de costo/beneficio y un sustento técnico bien documentado, no sirven para este puesto. Pueden servir al prójimo en cientos de buenas causas, pero para legislar, no sirven. Lo segundo es que su elegido no tenga su voto en venta al mejor postor o al interés particular. La moralidad siempre importa. Ahí la obligación de saber de dónde viene el postulante, con qué trayectoria profesional y de vida se presenta.
Para aligerar el trabajo, hay 88 congresistas actuales que van a la reelección. Sus trayectorias y las de sus partidos ya las conocemos. Si no las queremos ver por el próximo quinquenio, llega la hora de hacer justicia. Esta vez, nos necesitan y despreciarnos no les va a funcionar. Por eso, sin más examen, les repito la recomendación que prometí reiterar ante cada uno de los abusos que hemos sufrido en estos años. Llegó la hora: #PorEstosNO
