Jordi Nomen: «El mejor filtro contra las redes sociales es despertar el espíritu crítico»
Con una dilatada carrera dentro del aula y una mirada profundamente humanista, este profesor de Filosofía y Ciencias Sociales que ha recibido varios premios por su labor docente aborda en «Contra la tiranía del like» (Arpa Editores) cómo la necesidad de aprobación constante en internet afecta a la autoestima y las relaciones personales de los jóvenes. Lejos de un discurso crítico o moralizante, Jordi Nomen no demoniza la tecnología, sino que invita a recuperar el diálogo dentro de la familia.
Considera que el anuncio del Gobierno de restringir las redes sociales a los menores de 16 años es un gesto necesario porque conduce a una mayor conciencia social sobre su mal uso, pero también se cuestiona sobre cómo se llevará realmente a la práctica esta medida, y destaca que «los riesgos no se afrontan escondiéndolos».
¿Qué estamos perdiendo como sociedad con el abuso de las redes sociales? ¿Qué considera lo más preocupante?
Las redes sociales son un medio y, como tal, admiten el buen uso o el abuso. Bien utilizadas, pueden ser canal de comunicación, de instrucción, de sano entretenimiento… Su abuso, en cambio, conlleva muchos riesgos, puesto que su ritmo trepidante fomenta la impulsividad y es incompatible con el pensamiento crítico, mucho más lento, e incluso con una ciudadanía responsable y democrática. Para mi, lo más preocupante es el impacto negativo que produce el abuso en los jóvenes, que aún están en el proceso de buscar su madurez. Las redes, mal utilizadas, afectan a su psicología y autoestima, a las relaciones con los otros, al aprendizaje e incluso a la construcción de una ciudadanía responsable.
Tras el anuncio del Gobierno de prohibir el acceso de menores a redes sociales, ¿cree que esta medida ataca el problema real que describe en «Contra la tiranía del like» o se queda en un gesto simbólico?
Creo que es un gesto necesario porque lleva a una mayor toma de conciencia social sobre el mal uso que se puede hacer de las redes. Con todo, la educación en el uso de las mismas es imprescindible para promover un buen uso. No podremos eliminar las redes, sino que debemos dar a los adolescentes el «mando a distancia» con el que controlar sus decisiones. Ese mando es el pensamiento crítico, que hay que educar. Por otro lado, queda la cuestión sobre cómo se obligará, con las sanciones, a las grandes compañías, muchas de ellas fuera del país, a cumplir esa ley y la cuestión técnica de la eficacia de los filtros para lograr el objetivo perseguido. Los medios deben acompañar adecuadamente a los fines en cualquier decisión.
¿Qué diría a una familia que sabe de los peligros de las redes sociales en los adolescentes pero ahora mismo están perdidos para llevar a cabo esa prohibición de manera efectiva?
De nuevo me referiré a la educación. Los adultos no podemos dar una pantalla a los niños y jóvenes para que callen, sino preguntas para que hablen. Debemos dialogar más con ellos y ellas. Seguramente no podremos evitar que tomen contacto con las redes, incluso si la prohibición tiene éxito. Cuando nuestro hijo o hija se acerca a decirnos que ha recibido muchos «likes» en una fotografía, debemos preguntar: ¿por qué crees que ha gustado tanto?, o ¿qué querías explicar con la fotografía? Igualmente, hay que crear espacios y tiempos en casa libres de algoritmos. Incluso me atrevería a decir que hay que reivindicar cierto aburrimiento para potenciar la imaginación. En suma, habrá que restringir, pero sobre todo convencer y educar para sustituir los «clics» por conversaciones.
¿Cómo cree que afectará psicológicamente a los adolescentes que ya están inmersos en las dinámicas de validación social a través del «like»?
Creo que deberemos trabajar en explicarles que la validación exterior, a menudo, afecta negativamente a su autoestima y debemos ayudarles a conquistar de nuevo su soberanía, su libertad, para interactuar con las redes desde la responsabilidad y un juicio crítico propio. Éste es el que permite el coraje para surfear la impopularidad que, en ocasiones, pueden vivir y dotarlos de resistencia emocional. Evidentemente, les costará, porque hay que pasar un proceso de «desintoxicación», con todo lo que ello conlleva. La experiencia sin móvil, en mi escuela, me indica que el beneficio será bastante superior al coste.
¿La medida puede llevar a que creen cuentas nuevas o a que usen plataformas menos habituales o visibles?
Poder, puede. Mucho dependerá de las medidas técnicas que se utilicen. En cualquier caso, todos los riesgos están ya, en potencia, en las redes. Sólo una adecuada educación, insisto, puede prevenir el abuso. El pensamiento crítico, entiéndase la metáfora, es el bronceador que evita demasiada exposición al sol. El sol calienta y da vida, pero tomarlo en exceso daña ¿No? En definitiva, los riesgos no se afrontan escondiéndolos, sino mostrándolos a la luz y en mi libro reivindico, con rotundidad, la conquista de la lucidez, que permite sustituir los números por los rostros y combatir la ceguera a la intolerancia y la creencia en falsos paraísos.
Como docente, ¿qué errores cometemos los adultos al intentar «educar» en el uso de redes sociales? ¿Prohibimos demasiado, entendemos demasiado poco o ambas cosas?
Ambos extremos, prohibición y permisividad pueden tener consecuencias negativas. Usar con límites debería ser la mejor opción, siempre en función de la madurez de los hijos e hijas. Creo que los adultos debemos observarnos, en primer lugar, a nosotros mismos.Nuestra dependencia de las redes y del móvil, por extensión, no es un buen referente para lograr un uso razonable de ambos. Entendemos de los peligros y los riesgos, y eso debe ser el acicate para educar en su uso. Esa educación requiere tiempo y constancia. No se trata de una educación técnica en el uso de la tecnología, sino en el manejo de las emociones y las decisiones. Al fin y al cabo es educar la responsabilidad y estar dispuestos a escuchar e indagar, con interés y atención, en el papel que juegan las redes en la realidad de nuestros hijos e hijas. Hay algunos titulares que pueden ayudarnos: valorar la presencialidad sobre lo virtual, la experiencia real sobre el evento, promover la amabilidad y el bienestar digital, aprender a desconectar, humanizar las redes con contenido que ayude a la reflexión, apreciar el silencio y un cierto aburrimiento.
A pesar del tono crítico, ¿ve señales de resistencia o uso consciente de las redes por parte de algunos adolescentes?
Como en otras situaciones, los valores familiares se traducen en una mejora sensible de la responsabilidad y la razonabilidad. Una familia que dialoga, donde hay interés por entender el mundo adolescente, donde se comparten las situaciones de riesgo que se observan en las redes, es una familia que fortalece la resistencia de su hijo, su autoestima e identidad. En ocasiones hay que ir, con valentía, a contracorriente. Las redes nos venden, en ocasiones, una mentira de miles de seguidores frente a una verdad que incomoda, la fama como baremo del éxito frente al crecimiento de nuestro interior, la banalidad frente a la complejidad. Todo ello nos desarma para entender el mundo.
¿Qué discurso o ideas funcionan mejor para que los adolescentes tomen conciencia de los riesgos?
Lo que parece claro es que un discurso no funciona. Nuestra atención ha caído en picado en los últimos decenios. La ha secuestrado el algoritmo, de modo que solo contamos con 47 segundos de atención plena, según los estudios de la psicóloga Gloria Mark, de la Universidad de Columbia. Por ello, los adultos no debemos dar discursos, sino ejemplo, en el uso de redes y abrir un canal de diálogo con los adolescentes. Hay que presentarles la complejidad del mundo, sus luces y sombras. Ello implica hablar de los riesgos y de los límites, intentando ser sus referentes, intentando la siempre difícil coherencia entre lo que se hace, se piensa y se dice.
Si dentro de 20 años miramos atrás, ¿cree que hablaremos del «like» como una anécdota o como un punto de inflexión en la forma de relacionarnos?
Creo que el «like» se ha convertido en un instrumento de juicio global, sin filtros, adictivo, impulsivo. No es un vínculo entre seres humanos, sino una transacción de datos que, si no nos favorece, nos deja más solos que antes. Quiero pensar que el ser humano será capaz de cumplir la promesa de mayor humanidad y comunicación con la que se presentaron las redes sociales, pero para ello, como explico en el libro, debemos sustituir al seguidor por un amigo verdadero y la reacción por una conversación crítica que sustituya el recuento de impacto por el debate de ideas. No podemos dejar a un adolescente en la intemperie frente a una tempestad de juicios. La filosofía, como cultivo de las preguntas y aprecio del error en el aprendizaje, puede ayudarnos a ello. Nuestra salud mental e incluso la democracia, como vemos reflejado en la polarización y en los discursos de odio, frecuentes en redes, están en peligro y debemos reaccionar ya.
