Riz Ahmed llega tarde; no mucho, pero lo suficiente como para disculparse. El actor entra a toda prisa en Ombra, un restaurante italiano en Bethnal Green, en Londres, después de haber ido primero al otro local cercano del que hablamos. Aun así, su porte sugiere a alguien para quien el reloj suele ser un enemigo. “Debo ser sincero: habría llegado tarde de todas formas”.El tiempo puede jugar en tu contra incluso cuando parece estar de tu lado. Ahmed tiene 43 años, pero aún se ve lo suficientemente joven como para aparecer en las conjeturas sobre el próximoJames Bond.Hoy lleva gorra de béisbol y chamarra de cuero color chocolate: una estrella británica fuera de servicio. Es todo sonrisas, en contraste con los personajes atormentados de su trabajo más conocido: la serie The Night Of, por la que ganó unEmmy; Rogue One, la precuela de Star Wars; y Sound of Metal, que le valió una nominación al Oscar en 2021. Al año siguiente, ganó el premio al Mejor Cortometraje por The Long Goodbye, que escribió y protagonizó.Ahora presenta una adaptación cinematográfica de Hamlet, un proyecto largamente acariciado. Es tanto protagonista como productor. Y no es lo único que lo mantiene ocupado.Aunque el Financial Times eligió el restaurante, Ahmed eligió la zona por su cercanía a un estudio de grabación, donde trabaja en la banda sonora de su próxima serie, Bait. Una vez más, es estrella y motor creativo.El rap es una carrera paralela. También carga con otros roles recurrentes: el del actor musulmán más visible del Reino Unido. Y, además, “tengo un hijo pequeño. Así que aprovecho el tiempo cuando puedo”.Prefiere la ambigüedad sobre dónde vive en Londres. “Digamos que en el noroeste”. Eso lo sitúa cerca de Wembley, donde creció como hijo de padres pakistaníes. Dado lo mucho que trabaja en Estados Unidos (EU), ¿realmente reside en Londres?“Me resulta útil dejarlo opaco. Si te invitan a un evento de la industria al que no quieres ir, puede ser un misterio si siquiera vives en Inglaterra”. ¿Finge vivir en otro continente para evitar fiestas? Sonríe. “No miento. Simplemente no corrijo la idea errónea”. Desde que se casó con la novelista estadunidense Fatima Farheen Mirza, el subterfugio es más fácil.Es media tarde y Ombra está casi vacío. Compartimos dos primi y un carpaccio de ternera, plato que Ahmed reconoce con entusiasmo. “¿Son buenas opciones?”, pregunta al mesero.Su Hamlet es profundamente londinense: una capital contemporánea y un príncipe heredero de una familia india adinerada. El resultado es notable: un texto canónico en manos nuevas y audaces. También es una obra que tardó en llegar.En el Wembley de los noventa, los Ahmed estaban lejos de ser ricos, aunque él obtuvo una beca para Merchant Taylors’ School. Nunca terminó de encajar. “Siempre me sentía un extraño. Sin conocer a Shakespeare, parecía el núcleo de una identidad británica de la que también me sentía fuera”.La revelación llegó gracias a un profesor, Chris Roseblade, que conectó Hamlet con el hip-hop, la política y la poesía beat. Desde entonces, filmar su propio Hamlet fue una aspiración constante.La película es profundamente suya. El texto se simplifica hasta rozar la primera persona. Hamlet —y Ahmed— están en cada escena. El rodaje fue a finales de 2023, poco después de que Mirza diera a luz. Filmando esta historia sobre padres y duelo, Ahmed apenas dormía.“Parecía una maldición, pero fue un don. El peligro con Shakespeare es usarlo para demostrar dominio del lenguaje. Tiene que haber crudeza”.La paternidad profundizó su conexión con la obra, en un momento en que —como en la familia de Hamlet— la autoridad parece desbordada. “Es una obra sobre el duelo por la ilusión de que el mundo alguna vez fue justo”.Aun así, sacar adelante la película fue difícil. En 2017 se anunció a Netflix como patrocinador; nueve años después, el proyecto se financió con apoyos más pequeños. Ahmed, diplomático, dice que la plataforma “cambió su mandato”. Paradójicamente, fue una bendición. Todo encajó cuando Aneil Karia, director de The Long Goodbye, se sumó al proyecto.En persona, Ahmed es caleidoscópico: encantador, intenso, directo. Llega el carpaccio: un gran plato de carne cruda, rosa. Está excelente.El peso de HamletAntes de reunirnos, vuelvo a ver los discursos de aceptación del Oscar de Riz Ahmed y Aneil Karia. El director está nervioso; Ahmed, sereno y concentrado. The Long Goodbye nació de su álbum conceptual de 2020: una historia de “ruptura” con Gran Bretaña.La separación no era su elección. Ahmed es británico, pero sentía que el país le decía lo contrario en medio de una xenofobia creciente. En la película, una familia británico-asiática es aterrorizada en su casa por una milicia de extrema derecha.Ahmed dice que quería que Hamlet continuara donde The Long Goodbye se quedó: otra historia sobre una familia británica del sur de Asia, pero situada más adelante en la línea del tiempo político. Asiente. “La gente me dice que pensó en The Long Goodbye al ver la violencia antimusulmana en India o los tiroteos delICE en Minnesota. Es extraño que gane relevancia. Ojalá no fuera así”.El contexto británico sigue siendo ineludible. La experiencia de Ahmed con el racismo incluye su etapa en Merchant Taylors’ School, donde se encontró con prefectos neonazis. Le pregunto si sintió un déjà vu con las recientes acusaciones contra Nigel Farage, acusado de maltrato racial cuando era alumno en otro colegio privado londinense. (Farage lo niega).Ahmed se aparta de la mesa. “Vamos, Danny. Esta no es una historia sobre Nigel Farage”. Niega con la cabeza. “Es decepcionante que una conversación conmigo se reduzca a identidad”.Estoy desconcertado. Si hablamos de su Hamlet urgente y contemporáneo, también hablamos —por su propia lógica— del estado del Reino Unido. Sigue tenso. Dice que ha pasado años dando acceso a los periodistas a su proceso creativo, y que al final solo escriben sobre “Riz Ahmed, musulmán”.¿Le harían esa pregunta a otro actor? Le digo que sí, y que Adrien Brody se enfureció conmigo cuando mencioné aDonald Trump. Se ríe. El momento sigue siendo incómodo, acentuado por el silencio compartido ante el plato de carne.Finalmente se encoge de hombros. “No me sorprende que la gente diga que eso pasó. Me entristece que no parezca importar. No ha afectado su popularidad, ¿verdad?”.Ahmed ha pasado gran parte de su carrera respondiendo preguntas sobre identidad y política. De joven, sus papeles estaban ligados a su origen y religión, como en Four Lions, la sátira sobre yihadistas ineptos.En la prensa habló sin rodeos sobre ser musulmán en elReino Unido tras el 11-S. En 2017, intervino ante la Cámara de los Comunes sobre la falta de representación musulmana en el cine británico. “Nunca quise ser portavoz”, dice. Pero cada entrevista volvía al mismo punto.Que no quede duda: Ahmed es un actor excepcional. En Sound of Metal, como un baterista que pierde el oído, su actuación es devastadora.También ofrece un gran Hamlet: su eléctrico “Ser o no ser” ocurre dentro de un coche a toda velocidad. “Normalmente es una pausa meditativa”, dice. “Nosotros hacemos algo más radical”.Ahí está la paradoja. En Reino Unido, algunos lo ven como un tesoro nacional; al mismo tiempo, siente que su activismo lo encasilla. Idris Elba le aconsejó buscar trabajo en EU, donde sus orígenes pesarían menos.Le pregunto si se arrepiente de haber hablado tanto. “El año pasado pensé: ‘¿Me engañé a mí mismo?’. Luego concluí que la gente, al final, suele desear haber dicho más, no menos. Pero sí: me he hecho esa pregunta”.EnLondres, cuenta, conserva amistades de la infancia y ama la mezcla social de la ciudad. Esta etapa de su vida también encaja aquí. “Soy de la generación sándwich: un hijo pequeño, padres mayores”.Sus padres aún viven en la casa donde él creció, adonde llegaron en los años setenta. “Su mentalidad era: no te metas en problemas; podrían echarnos en cualquier momento”. En Pakistán, durante su adolescencia, tampoco se sentía del todo en casa.Su padre habría preferido una carrera estable: banquero, quizá. Ahmed siguió el camino tradicional hasta estudiar Filosofía, Política y Economía enOxford, pero allí también se sintió fuera de lugar. Tras graduarse, eligió la actuación. Investiga sus papeles con obsesión.Protege su vida privada, aunque cada vez más trabaja con material autobiográfico. Bait, por ejemplo, es una comedia sobre un actor. “Incluso interpretando a Hamlet, comparto cosas muy personales”.La película, dice, es dos cosas a la vez. “Para un actor, es el mejor papel posible. Eso debería trascender la identidad: eres solo alguien tratando de cargar un peso que muchos antes cargaron”.Hace una pausa. “Pero no es solo eso. Un Hamlet moreno lo politiza inevitablemente. Dice algo sobre a quién pertenece la cultura británica”.Le digo que muchos jóvenes —no solo del sur de Asia— lo ven como una referencia. Sonríe. “¿Así que yo recibo el golpe y la siguiente generación se beneficia? Tal vez”. Toma otro bocado de pasta. “Que esa siguiente generación me dé algunos trabajos”.Ahmed contra el tiempoProfesionalmente, Riz Ahmed divide su carrera en un antes y un después de EU. “Creo que el mantra oculto de la vida británica sigue siendo ‘conoce tu lugar’. Allí, en cambio, es ‘el cielo es el límite’”.Me sorprende oírlo elogiar a EU justo ahora. Aun así, sigue ofreciéndole grandes proyectos. A finales de este año coprotagonizará Digger, la esperada película de Tom Cruise dirigida por Alejandro González Iñárritu.Ahmed puede sonar, por momentos, un poco como Cruise cuando habla de su fe en el poder del cine. Mientras terminamos de comer, le pregunto qué tanto de la actuación consiste simplemente en buscar el amor de desconocidos.Se ríe, desconcertado. “Claro que hay ego. Está lo material, que puede tener cierta nobleza cuando tienes una familia que mantener. Está lo sociopolítico, que amplía quién es considerado plenamente humano”.Pero hay algo más profundo, dice: un componente casi espiritual, la creación de una experiencia colectiva. Menciona las palabras en urdu y árabe para el arte —funuun, fann— y la idea sufí de la disolución del yo (fanaa). Se pregunta si habrá espacio para eso en el artículo.Con los platos ya retirados, Ahmed mira la hora y frunce el ceño. Tiene que irse, pero quiere asegurarse de que tengo todo lo que necesito. Después de todo, llegó tarde.Vuelvo a EU. En Reino Unido, le digo, hay inquietud por verse demasiado ligado a intereses estadunidenses, incluso en el cine.“Puedes adentrarte en algo y aun así cuestionarlo”, responde. “Gran parte de mi vida ha sido eso: la escuela a la que fui, Oxford, esta industria”.Hollywood tampoco es inmune a la presión política. ¿Siempre habrá un lugar para él? “Hoy tenemos una economía narrativa globalizada. Historias hechas en todas partes se ven en todas partes. Eso te da libertad”.A nivel personal, añade, siempre ha sido emprendedor. “Al principio fue necesidad. Ahora también es emoción. Quiero contar mis propias historias, no solo pedir estar en las de otros”.Me mira fijo. “Lo hago así porque es liberador. No es a regañadientes. Asegúrate de que quede claro”.Su siguiente compromiso es recoger a su hijo de la guardería. Fui, sin querer, cómplice de otro retraso. Se marcha como llegó: sonriendo, descaradamente, a contrarreloj.JLR