La temporada arrancó con nubarrones, con dudas y con resultados que hacían temer lo peor. Todo parecía complicado, y la sensación general era que este año podía ser otro para olvidar. Pero apareció
Matarazzo, y con él llegó algo más que un cambio táctico. Llegó un soplo de confianza, de energía, de determinación que se contagia desde el banquillo hasta la última grada. La Real se ha transformado en un equipo duro de batir, resistente a los golpes, capaz de sobreponerse a errores y a circunstancias adversas. Ganarle ya no es fácil; hay que repetirlo, insistir, y tirarle muchas veces para vencerle. Este grupo transmite que nadie puede tumbarlo con un solo golpe y que, mientras mantenga la fe y la concentración, seguirá siendo un rival temible.
Seguir leyendo...