La semana pasada, en el Open de Australia,
Aryna Sabalenka recibió una sanción después de un grito de esfuerzo. La norma no penalizaba el gemido en sí, sino una expresión vocal -por llamarlo de alguna manera- demasiado prolongada según el reglamento, y que puede interferir en la concentración de la adversaria. La frontera entre una reacción corporal legítima y una conducta sancionable es muy subjetiva. Históricamente, en el tenis, los gemidos femeninos se han problematizado mucho más que los masculinos. Casos como los de
Seles,
Sharapova,
Azarenka o
Williams han sido señalados como excesivos y sancionados. Los de los hombres (incluso los más expresivos) se han normalizado más, como un reflejo de su intensidad competitiva y se han penalizado con menos frecuencia. La norma existe para todos., pero cambia la lectura cultural del grito. Cuando ellos gritan, se atribuye a su energía. Cuando ellas gritan, llama más la atención. No es solo una cuestión de reglamento: revela también una diferencia en el umbral de tolerancia a la hora de ocupar el espacio. Como recuerda la historiadora y teórica
Mary Beard, la voz de las mujeres ha sido históricamente percibida más como una interferencia que como una autoridad. En la pista de tenis, esta situación sigue operando.
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