"Doce", el Pura Raza Española ciego que busca casa
En una finca en Noreña (Asturias) vive un caballo que ha tenido que reinventar su manera de estar en el mundo. Se trata de "Doceavo", aunque todos lo conocen como "Doce". Tiene 26 años, es un Pura Raza Española y está ciego. Su historia, lejos de ser un relato de derrota, se ha convertido en un ejemplo sereno de adaptación, memoria y confianza.
"Doce" no nació sin visión. La perdió con el tiempo, a causa de una patología ocular cuya causa exacta no ha podido determinarse, aunque podría estar relacionada con enfermedades frecuentes en el caballo como la uveítis, el glaucoma o las cataratas. Una revisión veterinaria confirmó la ceguera total, pero también algo esencial: su estado de salud es bueno. Su cuerpo envejece con dignidad y su carácter permanece intacto.
El pasado verano llegó a la Asociación Ecuestre Caballoastur, con sede en Noreña. Su anterior propietario, un hombre mayor, ya no podía hacerse cargo de él por problemas de salud. Antes de su acogida definitiva, "Doce" pasó un mes en una finca de El Berrón. Fue durante ese periodo cuando comenzó a evidenciarse una capacidad de orientación que sigue sorprendiendo a quienes lo cuidan.
Todos coinciden en la descripción: "Doce" es noble, paciente, cariñoso y dulce. Se deja tocar por adultos y niños, convive sin conflicto con otros animales y transmite una calma poco común. No hay en él rastro de miedo permanente ni de tensión. Se mueve despacio, atento a lo que ocurre a su alrededor, confiado en las rutinas y en las personas que lo acompañan.
Esa confianza quedó patente durante su traslado desde El Berrón hasta Noreña. Caminó varios kilómetros por carretera guiado a mano, orientándose por las voces, el sonido de los pasos y los olores del entorno. Durante buena parte del trayecto, quienes lo llevaban no percibieron que no veía. "Doce" había aprendido a moverse utilizando otros sentidos.
Para comprender la dimensión de esta adaptación conviene recordar cómo es la visión equina. El caballo posee los ojos más grandes de todos los mamíferos terrestres y un campo visual casi circular, de entre 340 y 350 grados, gracias a la posición lateral de los globos oculares. Esta característica le permite detectar movimientos a su alrededor y responde a su naturaleza de animal de presa.
Sus ojos cuentan además con sofisticados sistemas de protección. Las corpora nigra, unas pequeñas protuberancias situadas en el borde del iris, actúan como una visera interna frente al exceso de luz. Las pestañas densas filtran polvo y luminosidad, y un tercer párpado, la membrana nictitante, protege la córnea y ayuda a mantenerla limpia y húmeda. Su visión combina un estrecho campo binocular frontal, imprescindible para calcular distancias, con una amplísima visión monocular lateral especializada en detectar movimiento.
Los caballos no perciben el color como los humanos. Son dicromáticos y distinguen sobre todo tonos azules y amarillos, mientras que los rojos y verdes se transforman en gamas apagadas. Su agudeza visual es menor que la nuestra y su fortaleza no reside en el detalle, sino en la detección de cambios repentinos. Para un animal así, perder la vista supone una transformación profunda de su relación con el entorno.
En "Doce", esa pérdida ha sido compensada con un notable desarrollo del oído y el olfato. Reconoce a las personas por la cadencia de sus pasos o por la voz, memoriza la ubicación del agua y crea un mapa mental preciso de su espacio una vez ha tenido tiempo de explorarlo con seguridad. Su memoria espacial es extraordinaria y se apoya en una confianza absoluta tanto en quien lo guía como en sus propias referencias.
Hay, además, un elemento clave para su bienestar: la compañía. "Doce" necesita un compañero estable, que puede ser otro caballo o incluso un burro, una cabra o una oveja. No se trata sólo de una cuestión afectiva. Ese otro animal actúa como referencia constante, permitiéndole anticipar movimientos y desplazarse con mayor seguridad. Es un mecanismo profundamente arraigado en la conducta social del caballo.
Por su edad y condición, "Doce" no es apto para ser montado. La asociación busca para él un hogar definitivo en Asturias, donde pueda vivir como animal de compañía, pasear a mano y recibir cuidados y afecto. Necesita un prado seguro, sin obstáculos ni desniveles peligrosos, un espacio cerrado y no demasiado grande, y tiempo para adaptarse. Una vez lo hace, su desenvoltura sorprende.
Caballoastur ha tramitado para él la cartilla roja que impide su destino a la carne y filtra cuidadosamente a los posibles adoptantes mediante entrevista y comprobación del terreno.
