Una esfinge romana resurge de la tierra de Caraca
Apareció en el sureste del cerro de la Virgen de la Muela, cerca del río Tajo, junto a la vía Complutum-Cartago Nova, envuelta en arena y en un nivel formado por materiales de derrumbe y relleno, lindando ya con los vestigios de una necrópolis visigoda de los siglos VI y VII. Este cementerio se ubica, de una manera nada casual ni inocente, en una de las áreas más sagradas de la ciudad de Caraca, una de las urbes romanas más importantes del interior de la meseta.
Al principio, al asomar ese bulto inesperado de roca, dudaron. No tenían demasiado claro qué era y creyeron que podía tratarse solo de una piedra de tamaño considerable. Pero muy pronto se dieron cuenta de que su primera intuición era errónea y, al levantarla, advirtieron que se encontraban ante una escultura. Y no una cualquiera, sino una de excepcional belleza y extrema relevancia, porque el hallazgo de este tipo de figuras en la península no es nada frecuente, y mucho menos en el contexto en el que había aparecido. De hecho, su tipología, con esta funcionalidad, es más bien escasa.
No se demoraron y de inmediato prestaron atención a lo que había a su alrededor. Enseguida repararon en que, aquí y allá, dispersos por el terreno, había más fragmentos de la pieza. «Estaba caída, boca abajo, junto a una estructura de sillares rectangulares, en un barrio extramuros», comenta el arqueólogo Emilio Gamo, responsable de excavar y estudiar el yacimiento. Lo que habían hallado no era algo común ni menor, sino lo que aún quedaba de una esfinge representada sobre sus cuartos traseros y erguida sobre sus patas delanteras, un descubrimiento que será presentado el jueves 5 de febrero en una conferencia en el Museo de Guadalajara.
En busca de la cabeza
Los fragmentos repartidos por la zona correspondían al ala izquierda, a una parte del cuerpo, a las patas traseras y al arranque de las delanteras. Lo que no apareció –y no ha aparecido todavía– es la cabeza. «Junto a la figura reconocimos una estructura. Esto nos ha llevado a concluir que estos restos podían estar relacionados con la estatua y que, juntos, formaban parte de algún tipo de monumento funerario». Por el momento, la escultura ha sido restaurada y consolidada con esmero en un taller de restauración de la Universidad Complutense, como paso previo a su envío al Museo de Guadalajara, donde se depositará y, llegado el momento, se exhibirá al público.
«Hemos podido reconstruir el aspecto que tendría», reconoce Emilio Gamo a este diario. Él mismo señala que «el escultor debía de tener una enorme calidad técnica, como puede deducirse de las costillas marcadas y de una parte del pelo que cae entre el ala izquierda y el cuello». Según han podido deducir los arqueólogos, la disposición del ala conservada sugiere que estaba extendida. Sin embargo, hay un dato especialmente interesante sobre esta parte de la estatua: se ha identificado una capa de estuco, lo que indica que la escultura pudo haber estado policromada.
No obstante, este aspecto del estudio aún no se ha abordado y queda pendiente de análisis más profundos antes de poder confirmarlo y reconstruir su aspecto original. «La esfinge tenía más de un metro de altura, y que aparezca vinculada al ámbito funerario no es algo habitual en nuestro país. Esto confirma la extraordinaria importancia que llegó a alcanzar Caraca en época altoimperial romana. En la península ibérica existen esfinges en teatros, como en Mérida, pero ese contexto es muy diferente al que hemos encontrado aquí. Las otras presentan unas características formales y simbólicas totalmente distintas. Es cierto que este animal no suele verse en cementerios romanos, donde, en cambio, sí se emplea con relativa frecuencia otro elemento: los leones».
Emilio Gamo adelanta que el análisis de la piedra, realizado por el Instituto Geológico y Minero de España, ha concluido que se trata de una roca de la zona. Esto indica que, probablemente, nos encontramos ante una obra realizada por un taller escultórico ubicado en la propia Caraca, o bien por un escultor o grupo de escultores itinerantes que la tallaron allí. «Esto habla de una ciudad próspera, con un destacado desarrollo artístico y con élites locales con un nivel de riqueza suficiente para promover monumentos de esta envergadura».
Durante los siglos I y II d. C., este enclave romano se monumentaliza. Se construyen el foro, las termas públicas y un acueducto de tres kilómetros y medio de longitud. «Esto indica que se vivió un periodo de esplendor. La esfinge se ha hallado en la puerta sur, pero en la norte existe otro elemento funerario de gran importancia, de unos 80 metros cuadrados, edificado a mediados del siglo I d.C., dedicado exclusivamente a las cremaciones, ya que en el mundo romano se practicaba la incineración. Esto nos ha llevado a deducir la existencia de rituales religiosos y que algunos de estos elementos debieron pertenecer a una élite social», apunta.
Enclave estratégico
Una de las razones de este apogeo económico radica en su situación estratégica, como explica Emilio Gamo: «Está situada en las vías comerciales del Imperio romano. Era una ciudad de provincias, pero monumentalizada». Tras estas centurias, entra en decadencia, es abandonada y la población que permanece en ella lo hace de manera precaria. En las termas se conservan evidencias de un incendio. Este proceso se inscribe en una dinámica común a varias ciudades del interior peninsular durante este periodo. Por un lado, estaría la expansión de la peste antonina; por otro, el hecho de que, tras Trajano y Adriano, Hispania volviera a ocupar una posición más periférica. A ello se suma un último factor: la decadencia de la vecina ciudad de Segóbriga, que explotaba el lapis specularis, el yeso utilizado para fabricar ventanas en la Antigüedad, y en cuya distribución Caraca pudo haber tenido un papel relevante. Son varias las circunstancias que contribuyen a la caída de la ciudad.
Las élites locales implicadas en estas iniciativas debieron de pertenecer al senado local y a la gestión administrativa del municipio, así como dedicarse a las actividades comerciales y a la explotación de las propiedades agrícolas del entorno, donde existían villas pertenecientes a potentados que tendrían residencias rurales y organizarían las explotaciones agropecuarias.
Parte de la relevancia de este descubrimiento reside en la comprensión de la iconografía y el significado de la esfinge, una figura bien conocida del mundo clásico. En este contexto, posee un claro carácter apotropaico (protector), «cuyo significado fue reelaborado por los griegos, especialmente en relación con el mito de Edipo y la esfinge», como detalla Emilio Gamo. «La esfinge hallada cumple esta función protectora, pero también desempeña otra, crucial y no menor: la de transportar las almas al más allá». Estos elementos han convencido a los arqueólogos de que los restos formaban parte, en origen, de un monumento de carácter funerario, similar a los existentes en Baetulo (Badalona), Augusta Emerita (Mérida) y Segóbriga (Saelices, Cuenca).
Este hallazgo refuerza el interés por Caraca, un yacimiento arqueológico que lanzó hace un par de semanas una campaña de micromecenazgo para adquirir los terrenos y continuar con las excavaciones y el estudio de este legado romano. Por el momento, la iniciativa ha sido un éxito: la Diputación Provincial de Guadalajara ha destinado 35.000 euros a la adquisición de las parcelas, lo que supone el 50 % del coste total. Además, se ha superado el objetivo inicial de la campaña –que permanecerá abierta hasta el 28 de febrero–, fijado en 55.000 euros, de modo que la cantidad recaudada a partir de los 30.000 euros y hasta alcanzar esa cifra se destinará a financiar los gastos de las próximas intervenciones arqueológicas en la ciudad romana de Caraca.
