En el Atlético vienen curvas
Pensar que el ciclo del Cholo Simeone ha llegado a su fin en el Atlético de Madrid no debería ser delito condenado con la pena capital. Ser de la opinión de que, a pesar de ser el mejor entrenador de la historia del club, después de 14 años es hora de dar paso a una nueva etapa no debería convertirte en menos colchonero. Saber agradecer y valorar al Cholo lo que ha sido, lo que es y lo que siempre será sin creer que tenga que ocupar el banquillo rojiblanco a perpetuidad, no debería convertirte en anticholista o antiatlético.
Desgraciadamente, lo que dictan la lógica y el sentido común están muy reñidos con el mundo absolutamente polarizado en el que vivimos. Los encargados de repartir carnets de toda la vida señalan con el dedo sin cortarse, con rencor, insultos, a veces odio y siempre muchas mentiras, a los que no piensan como ellos.
En el Atlético de unos caben todos y en el de los llamados «cholistas» sólo caben ellos. Hay un clima guerracivilista en torno al Cholo. La realidad es que, independientemente de querer echar la culpa al empedrado, la evolución futbolística del Atlético es escasa, por no decir nula desde hace ya unas cuantas temporadas y el propio entrenador lo sabe.
Los futbolistas, salvo alguna honrosa excepción, no mejoran su rendimiento en el equipo. El mensaje ya no cala como lo hacía antes e incluso el propio Simeone no es el mismo que llegó a un club que intentaba salir de años muy oscuros y al que él trajo la luz y la gloria.
Todo eso que rodeaba el aura de Diego se ha ido desgastando con el paso del tiempo y tarde o temprano alguien tendrá que tomar la dolorosa decisión que tanto vértigo da a algunos. Sea cuando sea, se percibe un drama que va a llevar a una guerra interna en la que se repartan culpas y se guarden rencores. El ambiente en el club está más que contaminado, se respira confrontación en el Metropolitano y alguien debería intentar que, para lo que venga después, el legado de Simeone haya servido para unir además de para competir.
