El truco o trato de José Luis Ábalos
Nadie en el PSOE sabe bien si tras la renuncia de José Luis Ábalos, ayer, a su acta de diputado en el Congreso se esconde un pacto. Pero la verdad es que a pocos les parece una idea descabellada. El hombre que más daño puede hacer al todopoderoso presidente del Gobierno decidió, desde la celda de Soto del Real, apartarse de la Cámara y hacer la vida un poco más fácil al Gobierno en un Congreso que se ha vuelto zona hostil al Ejecutivo. ¿A cambio de algo? Solo él lo sabe. Los socialistas ganan una diputada, la alcaldesa valenciana de Llaurí, Ana María González, condenada por conducir ebria en 2021.
Parece que todo lo que toca Ábalos pringa al que viene detrás, que se lo digan a Santos Cerdán y a Óscar Puente. La política es un juego de correlación de fuerzas y el PSOE ganó ayer unos gramos de músculo para poder decirle a Junts que se relaje. El Gobierno ya no necesita el «sí» de Míriam Nogueras. A partir de ahora le basta con la abstención de Junts para impulsar cualquier ley con la mayoría de la investidura de 2023. No es que haya mucha diferencia, pero sí la suficiente como para cambiar el marco de negociación.
El histrionismo de Nogueras sacaba de quicio a quienes se sentaban o hablaban con ella, que eran casi todos los ministros importantes. También al propio presidente, cuyos gestos ante ella solían desvelar una sentida animadversión. Nada como entorpecer los planes de Sánchez para ganarse su cruz. Eso lo sabe bien Ábalos, esa suerte de Maquiavelo que aconsejó a Sánchez hasta después de muerto. Maquiavelo explicó el poder a los príncipes porque ya no podía ejercerlo él directamente. Ábalos, tras haber sido el hombre de máxima confianza de Pedro Sánchez, conoce como pocos sus debilidades, sus obsesiones y sus reflejos. Sabe cuándo cede, cuándo aprieta, cuándo se enroca.
Hace casi tres años, en cuanto Sánchez se sentó ante las cámaras en el cara a cara con Feijóo, pensó: «Este no está bien». Y todo ese conocimiento le convierte en algo potencialmente inquietante para el presidente. El consejero caído no compite por el trono; condiciona al que lo ocupa. Y vaya si lo hace. Pero hay una última clave profundamente maquiaveliana para entender a Ábalos: la utilidad. Maquiavelo intentó demostrar a los Médici que seguía siendo útil, pese a haber sido purgado. Ábalos, al abandonar el Congreso, recuerda al PSOE que todavía puede serlo: les facilita la aritmética parlamentaria y reduce el desgaste de sus compañeros. No es un gesto moral; es un intercambio de conveniencia.
Exactamente el tipo de lógica que recorre «El Príncipe» de principio a fin. Si en algo se parecen Maquiavelo y Ábalos es en que no tenían ambición de poder, sino comprensión del mismo. Como el florentino, el valenciano aprendió que quien conoce el funcionamiento real del Estado nunca está del todo fuera de juego. Puede perder el cargo, el prestigio o el aplauso, pero mientras conserve información, silencio y tiempo, sigue siendo un actor político. Y a veces, el más peligroso. No por casualidad, su influyente cuenta en X, con casi 130.000 seguidores, se transformó en «En el nombre de Ábalos». Solo alguien con poder sabe cómo usarlo en pleno siglo XXI en una red social. Sin Ábalos no se entiende la entronización de Sánchez. Precisamente, «El Príncipe» glorifica al gobernante que sabe leer el momento histórico y ajustar su conducta.
Y eso fue exactamente lo que hizo el valenciano con el líder socialista. Le enseñó que el camino del PSOE para sobrevivir al tsunami populista de Podemos era entender el signo del tiempo que se abrió con la irrupción del partido morado. Por eso, pese a que le destituyera, el presidente siguió recurriendo a él. A sus consejos, a su forma de entender la política. El propio Sánchez recuerda especialmente las palabras de Ábalos aquellos días de zozobra: «La credibilidad y la coherencia no se transmiten ni se heredan, Pedro. Eres tú el que lo tiene que hacer, si no esto no se gana».
Y justo en ese momento supo que «no tenía elección». Así fue. Ábalos dio a Sánchez el impulso necesario para volar. Y casi diez años después, ese hombre que abofeteó a Rajoy en el Congreso por la sentencia de Gürtel duerme en la cárcel por su propia trama. No me cabe duda de que Sánchez, tan aficionado a las series políticas, está escribiendo el guion de su propio «show».
