México ante el nuevo tablero mundial
Lo que hoy se vive en México —y en buena parte del mundo— no es un episodio aislado ni el resultado de “excesos” de un estilo personal de gobernar.
Estamos frente a una fase de endurecimiento del poder imperial en su forma más descarnada: la expansión del capital estadounidense recurre, con Donald Trump, a la coerción económica, la amenaza militar y el desprecio abierto al derecho internacional.
En Europa y en América Latina crece la indignación ante las acciones de fuerza que pretenden normalizar el supuesto derecho de Estados Unidos a imponer su visión del mundo por encima de la soberanía de las naciones y de toda legislación internacional.
Se acabaron los pretextos. Ya no se trata de imponer la democracia tal como la entiende EU. Trump y los suyos no disfrazan sus intenciones: van por los recursos de otras naciones mediante el uso de la fuerza.
Lo ha dicho de manera inmejorable Joseph E. Stiglitz, Premio Nobel de Economía: “El imperialismo trumpista, ausente de cualquier ideología coherente y por completo carente de principios, es tan solo una expresión de codicia y voluntad de poder”.
Tampoco hay sorpresa alguna. Desde la campaña que lo llevó al poder por vez primera, Trump fue claro en su desprecio a las leyes. Cómo olvidar que llegó a decir que él podía matar a alguien en la Quinta Avenida y no perdería un solo voto.
El Foro de Davos, ese rito anual donde las corporaciones dan órdenes a los gobiernos, exhibió una fractura profunda: las élites occidentales ya no se presentan como un bloque, sino como un conjunto de intereses en disputa.
Es el desenlace esperado de un modelo que prometía bienestar vía la apertura y la desregulación y que solo trajo desigualdad extrema, inestabilidad global, crisis climática y tensiones geopolíticas.
En América Latina, la historia de las intervenciones de EU va del abierto apoyo a dictaduras y golpes de Estado a presiones y campañas de todo tipo. Hoy, el imperio reconoce que el objetivo no es “la democracia”, sino el control de los recursos estratégicos de la región y la imposición de gobiernos funcionales a los intereses corporativos.
Venezuela es el laboratorio más crudo de esta fase: se inventó un pretexto (el combate al “narcoterrorismo”) para apoderarse del petróleo.
Todos los países de la región enfrentan presiones para alinearse a las prioridades de Trump y sus socios en todo aquello que les deje ganancias.
Así, temas comunes como la seguridad regional, las migraciones e incluso el comercio deben ceñirse a las prioridades del poderoso.
Las izquierdas latinoamericanas han señalado, desde los ochenta, lo que hoy aparece claro para muchos: la hegemonía estadounidense se sostiene en el saqueo de los recursos ajenos y el dominio del sistema financiero. El combate al narcotráfico y al terrorismo son simplemente las coartadas del saqueo.
Entre los que han descubierto recientemente que el modelo que ellos mismos construyeron no funciona, está el gobierno de Canadá. El discurso de su primer ministro —un exbanquero— en Davos ha sido ampliamente celebrado, pese a que las mineras canadienses son campeonas del extractivismo, es decir, de la depredación y los daños ambientales fuera de sus fronteras.
Las escenas de la brutalidad del ICE exhiben mucho más que polarización política. Son prueba de una crisis estructural que muestra la extrema desigualdad de la sociedad estadounidense, la pérdida del liderazgo de EU en el concierto internacional y una ruda disputa entre facciones del capital.
La panacea del “libre mercado” como solución mágica, aquella que prometía que “algún día” el crecimiento del capital beneficiaría a todos, se derrumba, pero deja a su paso una concentración obscena de la riqueza, crisis ecológica y violencia geopolítica.
La hoy alarmada Europa, que acompañó por décadas—por acción u omisión—guerras, intervenciones y dobles estándares, padece directamente el peligro de una hegemonía que se asumía intocable.
En este contexto, México no está indefenso ni aislado.
Aquí se ha demostrado que es posible fortalecer el Estado social, sostener políticas de bienestar y derechos, mejorar los salarios y mantener la estabilidad sin sujetarse a los dogmas neoliberales.
Pese a la retórica trumpista, la posición de México en la región norteamericana no es prescindible, dada la interdependencia de nuestras economías.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha abordado la compleja y asimétrica relación con una postura de firmeza y serenidad que ha conseguido evidenciar que las presiones en tono de chantaje no son una condena.
