Entre apuntes y responsabilidades aquí estamos
Desde mi lugar, no como un observador distante sino como quien lleva con orgullo y peso la responsabilidad de ser líder estudiantil, me atrevo a compartir una reflexión que nace en las madrugadas de estudio y en el ajetreo de los pasillos de la Mambisa Universidad de Oriente. Ser líder en estos tiempos es aceptar un doble compromiso: el de estudiante, con sus deberes académicos ineludibles, y la de servidor, con una entrega que trasciende lo personal para fundirse en lo colectivo.
Esta condición exige, en primer lugar, un sacrificio constante y callado. Son horas robadas al descanso, planes personales pospuestos, ese instante de desconexión que se intercambia por la planificación de una actividad o la solución de un problema ajeno. Lo asumimos no como una carga, sino como una inversión en el bien común, conscientes de que no es un camino que muchos elijan recorrer. Sin embargo, quien lo hace, descubre que la verdadera esencia del liderazgo no reside en el cargo, sino en el temple de carácter y la sensibilidad que se forjan en el proceso.
La brújula que guía cada acción diaria debe estar imantada por una empatía genuina. Ponerse en la piel del otro no es un eslogan, es la clave fundamental para entender las inquietudes, los frenos y los sueños de quienes representamos. Esta comprensión, sin embargo, no puede confundirse con la permisividad. La verdadera solidaridad a veces se viste de firmeza: es necesario exigir, con respeto y claridad, combatir lo mal hecho y defender con argumentos la calidad y la disciplina. Un grupo merece excelencia, y el líder debe ser el primero en impulsarla, sabiendo que la crítica constructiva es también una forma de cuidado.
Pero este liderazgo sería incompleto, y hasta injusto, si no tuviera un corazón que celebra. Reconocer y elogiar el esfuerzo ajeno es oxígeno para todos. Una felicitación oportuna, un reconocimiento público, no cuestan nada. Son el combustible que anima a seguir. Y he aquí quizás la tarea más noble: tender la mano a quien se queda atrás, no para arrastrarlo, sino para impulsarlo, para mostrarle confianza, para decirle con hechos: “Tu lugar está aquí, con nosotros, avanzando”. Convertir la retaguardia en vanguardia es el triunfo más profundo que podemos lograr.
En esencia, ser líder estudiantil hoy es ser un arquitecto de posibilidades. Es demostrar, con el ejemplo diario, que se puede sobresalir en los estudios y, al mismo tiempo, dedicar alma y tiempo a los demás, al diálogo, a la gestión. Es ser puente y no muro; ser espejo donde otros puedan ver reflejado lo mejor de sí mismos. Es aprender que la autoridad moral no se decreta, se gana con coherencia, entrega y un desprendimiento que no busca recompensa, sino la satisfacción íntima de ver crecer a los demás y, con ellos, a nuestra obra común.
Al final del día, cuando se cierran las aulas de las facultades, el líder estudiantil lleva más que cansancio: lleva la certeza de haber sembrado algo. Y en esa siembra, hecha entre apuntes y responsabilidades, se forja no solo un mejor centro de estudio, sino un ciudadano más completo, un profesional más sensible y un ser humano comprometido con el mañana. Esa es nuestra doble jornada, nuestro desafío y, sobre todo, nuestro más grande honor.
