El Foro Económico Mundial reafirma su poder en el nuevo orden global
La semana pasada se llevó a cabo la Reunión Anual del Foro Económico Mundial o WEF por sus siglas en inglés, en Davos-Klosters, Suiza. La edición número 56 del evento se llevó a cabo bajo el lema “Un espíritu de diálogo”. Durante los últimos años había prevalecido la percepción de que la reunión había perdido relevancia: los medios internacionales dejaron de colocarla en los encabezados, un número significativo de jefes de Estado dejó de asistir y se decía que las conversaciones se habían vuelto performativas o desconectadas del mundo real. Sin embargo, 2026 demostró que el WEF no solo sigue siendo relevante, sino que mantiene un poder considerable.
Pocos eventos en el mundo logran reunir a los principales centros de poder global, integrando líderes del sector empresarial, gubernamental, de la sociedad civil y del ámbito académico; concentrarlos en un espacio tan reducido y alcanzar ese nivel de debate, conversación y capacidad de resolución. En un contexto de crecientes tensiones geopolíticas, la atención internacional volvió a centrarse en Davos, con la expectativa puesta en los mensajes que allí se emitirían.
Los reflectores fueron acaparados por los más de 60 jefes de Estado presentes. Donald Trump asistió por primera vez de manera presencial desde 2020, acompañado de la delegación más numerosa que ha llevado Estados Unidos, y su discurso fue escuchado en todo el mundo ante la expectativa de conocer sus planes respecto a Groenlandia. Mark Carney, Primer Ministro de Canadá, recibió una ovación de pie tras su reflexión sobre el fin del orden internacional basado en normas, mientras que Emmanuel Macron rompió internet al dar un discurso usando unos lentes de sol azules que, desde entonces, se encuentran completamente agotados.
El objetivo del WEF está más vigente que nunca: reunir a líderes globales para debatir los problemas más urgentes del planeta, fomentar la cooperación público-privada y delinear las agendas globales del próximo año. Esto explica también el incremento constante en la asistencia de CEOs. Estar en Davos importa, y no cualquiera puede hacerlo: el precio del boleto como delegado inicia en 25.000 dólares, además del costo de una membresía corporativa requerida para poder ser invitado. Políticos, representantes de prensa y jóvenes emprendedores asisten bajo esquemas distintos y mediante invitación. Es una inversión elevada, pero quienes han participado aseguran que el retorno supera ampliamente el costo.
Además del componente geopolítico, otro de los temas centrales fue el de la Inteligencia Artificial, presente en la agenda de prácticamente todas las empresas y todos los CEOs, aunque en muchos casos aún sin objetivos claros ni métricas definidas. En cambio, otros temas que en ediciones anteriores habían sido prioritarios para el foro, alineados con el objetivo final del foro de ‘mejorar el estado del mundo’ como el futuro del agua, la alimentación, la infraestructura o el acceso a la salud pública, quedaron relegados en la agenda. Asimismo, se planteó la posibilidad de que en futuras ediciones el foro cambie de sede; ciudades como Detroit, en Estados Unidos, y Dublín, en Irlanda, encabezaron la lista. Será interesante observar si la ciudad suiza que ha vivido del evento y ha construido su identidad alrededor de él durante más de 50 años está lista para un cambio de esta magnitud.
Davos dejó claro que, lejos de ser un foro en declive, sigue siendo un termómetro del poder global y de las prioridades que marcarán el rumbo económico y político del mundo. Entre discursos, acuerdos y símbolos, el WEF reafirma su papel como espacio donde se cruzan intereses, visiones y decisiones. La pregunta ya no es si Davos importa, sino cómo y desde dónde lo hará en los próximos años.
