Ocho cosas que nuestros padres hicieron hace décadas y que los psicólogos de ahora consideran que se adelantaron a su tiempo
Durante años, la crianza pareció avanzar hacia un modelo cada vez más técnico: agendas infantiles repletas, negociación constante, estimulación temprana y padres convertidos en gestores permanentes del bienestar emocional de sus hijos. Sin embargo, algo está cambiando. Lejos de renegar del progreso, cada vez más expertos miran hacia atrás con curiosidad y, en algunos casos, con admiración. Descubren que muchas decisiones que tomaron nuestros padres, por necesidad, costumbre o simple intuición; encajan sorprendentemente bien con lo que hoy recomienda la ciencia.
No se trata de idealizar el pasado ni de negar los avances sociales y educativos logrados, sino de reconocer que algunas “viejas formas” escondían una sabiduría práctica que ahora vuelve a ponerse en valor.
1. Dejar que los niños jugaran solos al aire libre
Durante décadas, era habitual que los niños pasaran horas fuera de casa sin supervisión constante. Hoy, los psicólogos hablan de “juego arriesgado”: actividades en las que el menor explora, se equivoca y gestiona pequeños riesgos. Estudios recientes asocian este tipo de juego con una mayor autonomía, resiliencia emocional y capacidad para resolver problemas. Aquella libertad, lejos de ser descuido, fomentaba la confianza en uno mismo.
2. Hacerles participar en tareas domésticas reales
En muchos hogares, los niños ayudaban porque hacía falta, no como una actividad simbólica. Poner la mesa, doblar ropa o colaborar en la cocina formaba parte de la rutina. Investigaciones actuales indican que asumir responsabilidades desde pequeños refuerza la autoestima, el sentido de pertenencia y la ética del esfuerzo, además de mejorar las habilidades sociales a largo plazo.
3. Comer en familia sin pantallas ni interrupciones
Hubo un tiempo en el que compartir mesa era casi sagrado. Sin móviles, sin televisión, sin distracciones. Hoy se sabe que las comidas familiares regulares están relacionadas con mejores resultados académicos, menor riesgo de ansiedad y depresión en la adolescencia y una comunicación más fluida entre padres e hijos. Aquella conversación cotidiana era, sin saberlo, un potente factor protector.
4. Limitar las opciones disponibles
“El menú es este”. Una frase que hoy podría parecer rígida, pero que responde a una realidad psicológica bien estudiada: el exceso de opciones genera estrés y parálisis, especialmente en niños. Limitar alternativas ayuda a desarrollar tolerancia a la frustración, capacidad de decisión y satisfacción con lo que se tiene, en lugar de una búsqueda constante de alternativas mejores.
5. No convertir el aburrimiento en una emergencia
Antes, decir “me aburro” no activaba un plan de actividades inmediato. La respuesta solía ser simple: “búscate algo que hacer”. La psicología contemporánea ha rehabilitado el aburrimiento como motor de la creatividad. Cuando los niños no reciben estímulos constantes, aprenden a imaginar, inventar y autorregularse.
6. Jugar con pocos recursos materiales
Cajas convertidas en castillos, cojines en fuertes, utensilios de cocina en juguetes improvisados. La escasez de opciones no limitó la imaginación; al contrario, la potenció. Los investigadores vinculan este tipo de juego abierto con una mayor creatividad, ingenio y menor dependencia del consumo material para obtener satisfacción.
7. Permitir que las acciones tuvieran consecuencias
Olvidar algo importante o no cumplir una obligación solía implicar afrontar el resultado sin rescate inmediato. Hoy, muchos expertos defienden las “consecuencias naturales” como una de las herramientas educativas más eficaces. Este enfoque ayuda a desarrollar responsabilidad, pensamiento crítico y aprendizaje a largo plazo, frente a la sobreprotección constante.
8. Menos actividades estructuradas y más tiempo libre
Las agendas infantiles actuales están llenas de compromisos. Antes, el tiempo libre era abundante. La neurociencia confirma ahora que el juego no estructurado es clave para el desarrollo de la función ejecutiva, la regulación emocional y la creatividad. El cerebro infantil necesita espacios de calma y exploración sin objetivos definidos.
Mirar atrás sin retroceder
Nada de esto implica que todo se hiciera mejor antes. Hoy somos más conscientes de la seguridad, la salud emocional y los derechos de la infancia. Pero reconocer que algunas prácticas surgidas de la vida cotidiana fueron acertadas permite equilibrar el presente. Quizá nuestros padres no siguieron manuales de crianza, pero supieron, muchas veces sin saberlo, aplicar principios que la ciencia ahora confirma. Y en una era saturada de información, recuperar parte de esa sencillez puede ser más revolucionario de lo que parece.
