Davos is the new ONU
En la “Montaña Mágica” le crecieron los enanos a Donald Trump y tuvo que recular parcialmente sobre Groenlandia. El discurso del canadiense Mark Carney —reflexivo y pragmático, sin renunciar a principios— dio la vuelta al mundo y cambió los términos del debate.
Se escucharon fuertes voces europeas, con planteamientos unitarios y más osados ante las amenazas a Dinamarca y países solidarios. Incluso el canciller alemán, Friedrich Merz, ponderó la próxima firma del Acuerdo Global Modernizado de la Unión Europea con México para “alejarse de las prácticas comerciales desleales…”.
La reunión anual del Foro Económico Mundial de Davos (FEM) suele ser el encuentro de las élites en el que se analizan las tendencias globales en materia de política, economía y tecnología.
Asistieron 74 líderes políticos, entre jefes de Estado o de Gobierno; 850 CEO de grandes empresas (Elon Musk, por primera vez); titulares de bancos centrales; inversionistas; 30 universidades (David Garza, del Tec de Monterrey, la única latinoamericana, considerando que Luis Videgaray fue por el MIT con su Proyecto de Política de Inteligencia Artificial para el Mundo). Alicia Bárcena y Altagracia Gómez representaron a México.
La cita tiene lugar en la villa alpina suiza que inspiró la novela de Thomas Mann. Más allá de las 273 conferencias programadas, lo importante ocurre en la multiplicidad de encuentros informales donde se comparten pulsos, se tejen negocios o se generan redes. En distintas ediciones podías encontrarte bailando a José Ángel Gurría con Ana Patricia Botín, o ver a Bono (U2), Peter Gabriel, Sharon Stone y a la reina Rania de Jordania escuchando a Barry Colson interpretar “Piano Man”, antes en el bar mítico del Hotel Europe, ahora en el Barry’s Piano Bar.
Pero lo que distingue a esta 56ª reunión de Davos —y lo que explica por qué empieza a parecer una ONU alternativa— no es la foto de los asistentes, sino el tipo de consecuencias que se cocinan ahí: definiciones políticas que buscan convertirse en hechos, acuerdos que pretenden operar como “marcos” internacionales y mensajes diseñados para disciplinar a aliados y adversarios.
Davos funciona como cámara de resonancia y negociación donde se cruzan seguridad, comercio, tecnología y guerra. Ahí se exponen los temas más graves, los discursos políticos más influyentes se confrontan, con consecuencias, y donde suceden acciones internacionales inevitables, mientras la ONU (cuyo secretario general, António Guterres, no acudió por un “fuerte resfriado”) se paraliza por vetos y bloqueos.
Ante todo y ante todos, lo más grave y peligroso fue el lanzamiento del Consejo de Paz para Gaza, instancia para tutelar un plan de alto el fuego en el territorio palestino impulsado por EU.
En el lanzamiento, Jared Kushner le dio a su presentación un toque de desarrollador inmobiliario, exponiendo las posibles formas de explotar la ribera gazatí, y Trump describió al consejo —en el que ostenta la presidencia honoraria vitalicia— como un instrumento capaz de actuar sin las restricciones de la ONU para “resolver” conflictos globales: “Una vez que esta junta esté completamente formada, podremos hacer prácticamente lo que queramos”.
El respaldo inicial incluyó a un bloque heterogéneo de países, sin que se sumaran los miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Los hombres de Trump en este organismo son Marco Rubio, su yerno Kushner y Tony Blair.
En contraste con este sórdido baile de poder, el propio FEM presentó el informe “Youth Pulse 2026: Perspectives of the Next Generation for a Changing World”, basado en las respuestas de casi 4 mil 600 jóvenes de entre 18 y 30 años en 144 países.
Muestra una radiografía de cómo la próxima generación percibe y padece las transformaciones que en Davos se discuten en abstracto. Entre las principales preocupaciones de las y los jóvenes destaca la desigualdad y el creciente costo de vida, la desconfianza hacia las instituciones y los liderazgos tradicionales y el cambio climático como la amenaza global más grave, por encima incluso de los conflictos armados.
La juventud es consciente de lo que nos acecha, quizás de manera más profunda que muchos líderes mundiales. No son simples espectadores; si nuestra generación no se lo impide, pueden ser verdaderos agentes de transformación.
Para ello, nuestras reformas políticas deben incluirlos, nuestras reformas fiscales no deben hipotecar sus futuros (el Big Beautiful Bill de Trump endeudará profundamente a futuras generaciones) y nuestras políticas de desarrollo deben ser compatibles con la supervivencia del planeta. Necesitamos un gran pacto intergeneracional para enfrentar los enormes retos del presente.
Si Davos ocupa el vacío de la ONU es por su convocatoria, capacidad de presión y reflectores, pero ¿quién lo legitima?, ¿qué costo democrático tiene?
Lectura sugerida: “Jóvenes comprometidos, jóvenes activistas” de VVAA (Catarata).
Gracias, LGCH y DDR.
