Epiménides, el filósofo con la piel tatuada
Epiménides de Creta, cuya vida se sitúa en el siglo VI a.C., es un buen ejemplo para explorar los límites entre la historia de la filosofía, la religión, el folclor y la antropología. Y es que hay una serie de personajes del pensamiento griego antiguo que parecen vivir entre mito e historia de las ideas, como una suerte de hombres sobrenaturales o providenciales. Estas figuras aparecen en los albores de la Grecia arcaica y parecen preludiar el surgimiento de la historia del pensamiento propiamente dicho. Se sitúan en una esfera colindante con el terreno de las religiones y a veces se les llama “theioi andres” u “hombres divinos”: se caracterizan por poseer varias habilidades o técnicas portentosas del saber, es decir, diversas “technai” que les convierten en una especie de “medicine-men” o de “chamanes”, por tomar prestados dos términos del campo de la antropología y de la historia religiosa que no todos los estudiosos están de acuerdo en utilizar. A veces parecen adivinos, profetas ambulantes, taumaturgos o médicos que curan por la palabra, por el ensalmo, la música o la imposición de manos, o con el uso de encantamientos (“epodai”). Algunos fueron estudiados en su día por el libro "La curación por la palabra en la Antigüedad Clásica", de Pedro Laín Entralgo, o en “Therapeia. La medicina popular en el Mundo Clásico”, del añorado profesor Luis Gil, donde se ve la profunda conexión arcaica entre la medicina, la magia y la adivinación. La esfera de acción de estos personajes también entra en el campo de la política y la legislación: oráculo y ley, comunicación con lo divino y gobierno, son campos en contacto desde Hammurabi y Moisés a Minos y Numa.
En ese sentido, uno de los personajes más importantes e interesantes es Epiménides de Creta, al que se atribuyen algunas importantes actuaciones en el campo de la sapiencia primordial. En Epiménides, cuya figura se comenta en “La sabiduría griega” de Giorgio Colli, se ve la más destacadas intersección entre religión y filosofía: es un personaje de primer orden cuya piel se dice que estaba tatuada con misteriosos símbolos que nadie acertaba descifrar. Se cuenta también que acudió a Atenas en la época arcaica para solucionar una peste que asolaba a la ciudad, quizá como producto de una antigua maldición divina. Según Plutarco, Epiménides no aceptó ningún pago por su labor, salvo una rama del olivo consagrado a Atenea, diosa querida por todos los que buscan la sabiduría.
Entre sus hazañas en Atenas, se dice que profetizó las guerras médicas y que tuvo amistad con el legislador Solón (había en la antigüedad un epistolario apócrifo entre ambos). También se ha narrado que asistió a Solón a la hora de confeccionar sus leyes, que tendrían también una base no estrictamente racional. Hay que recordar que Solón era concebido no solo como el primer gran legislador racionalista griego, sino que también fue poeta y una especie de anciano maestro de sabiduría que pasó a engrosar la lista de los siete sabios de Grecia. Epiménides luego pasaría como profeta a la ciudad rival de Atenas, Esparta. Entre las maravillas que de él se cuentan aparece como una especie de sabio chamánico que durmió durante casi cien años en una gruta y allí estuvo en una especie de hibernación, en un remedo de un motivo antiguo y bien conocido en el cuento maravilloso. De ello hay paralelos antiguos y modernos, entre otros, en la historia de los Siete durmientes (cristianos e islámicos), en el cuento chino de Ranka, el japonés de Urashima Taro, los cuentos de hadas irlandeses, el de San Virila de Leyre o el famoso Rip Van Winkle de Irving.
El léxico bizantino Suda resume su perfil muy bien: “sobre él hay la leyenda de que su alma podía abandonar su cuerpo en cualquier ocasión y de nuevo entrar en él; y mucho después de su muerte se encontró que su piel estaba tatuada con letras. Vivió en la Olimpiada nº 30, lo que le hace más bien precursor que contemporáneo a los llamados Siete Sabios. Purificó Atenas de la maldición de Cilón en la Olimpiada 44, cuando era un anciano. Escribió muchos versos épicos y, en prosa, algunos escritos mistéricos, purificaciones y otras obras enigmáticas. Solón el legislador le atacó por escrito reprochándole la purificación de su ciudad. Vivió 150 años, pero durmió 90 de ellos. Y hay un proverbio, la piel de Epiménides, sobre las cosas misteriosas.”
Se cuenta incluso que los espartanos, quienes parece que lo asesinaron, preservaron su cuerpo siguiendo un oráculo: fascinados con la piel del filósofo tatuado –tan llena de enigmas que simbolizaba en la sabiduría popular todo lo oculto y misteriosos– mandaron desollar su cuerpo y conservar la piel ante el templo de Atenea, diosa de la sabiduría,, como un tremendo talismán. De Epiménides hemos conservado fragmentos en poesía épica, entre ellos el que da origen a la famosa "paradoja de Epiménides": “Los cretenses son siempre mentirosos”. Siendo él cretense, y si afirma que todos los cretenses son unos mentirosos, ¿decía la verdad? Esta paradoja la recuperó en lo moderno Bertrand Russell y la sintetizó Foucault como “Miento. Hablo”. Larga es la sombra del ¿mentiroso? filósofo tatuado.
