La historia tras «El Turco». La leyenda de los temibles jenízaros
El implacable duque de Alba se lamentaba de no haber podido combatir contra ellos, pues batallar contra franceses, alemanes y rebeldes holandeses le parecía poca cosa si se la comparaba con la gloria de batirse con la infantería más fiera del Orbe, los jenízaros. Don Álvaro de Bazán, por su parte, siempre tuvo como su mayor hazaña tomar al abordaje una galera repleta de jenízaros escogidos. Acción cantada por los poetas de aquel tiempo de fulgores de cañones, mosquetes y aceros que fue nuestro siglo XVI, y que tuvo lugar durante los combates de la jornada de Navarino. Allí, al mando de su galera, la célebre «Loba», don Álvaro se cubrió de gloria abordando la negra nave del nieto de Barbarroja, cuya cubierta aparecía abarrotada con cientos de jenízaros.
A su vez, el capitán de Bazán en aquella campaña y en la precedente de Lepanto, don Juan de Austria, consideraba que, después de los veteranos de los tercios españoles, no había mejores soldados en el mundo que los jenízaros. Otro tanto opinaba Alejandro Farnesio, sobrino de don Juan de Austria y, junto con Bazán, el tercer as en la olvidada pero trascendental jornada de Navarino de 1572, durante la cual las mejores tropas españolas volvieron a medirse contra los jenízaros en los asedios y de-sembarcos de Corón, Modón y Navarino. Allí, Farnesio, al frente de tres mil hombres de los tercios y cinco mil italianos y alemanes, tuvo que lidiar con la élite del ejército turco en una serie de encarnizados combates librados bajo la lluvia y entre el barro.
Y es que los jenízaros solo tenían un verdadero rival: los tercios, y estos, a su vez, solo por ellos, por los jenízaros, sentían verdadero respeto. Dos tropas de élite, dos clases de soldados de leyenda. Dos ejemplos de valor sin igual, arrojo suicida, destreza imparable, espíritu de cuerpo, disciplina legendaria y honor sin medida.
Pero si los lectores españoles conocen bien a nuestros tercios, saben poco de sus supremos rivales. Pues, al contrario que el duque de Alba, don Álvaro de Bazán, don Juan de Austria o Alejandro Farnesio, nuestros historiadores y novelistas se han visto más atraídos por los adversarios ingleses, franceses u holandeses de los ejércitos de los Austrias hispanos que por los soldados otomanos. No es mi caso. Mi fascinación por ellos ha cristalizado en dos novelas, «Hasta que pueda matarte» y «Tu sangre en mis manos», coprotagonizadas por el feroz e implacable jenízaro Mehmet al-Rumi, némesis de su contraparte, José de Monteagudo, alférez de los tercios, que se persiguen y se acuchillan sin piedad de las Alpujarras a Lepanto, de Morón a Navarino.
Los jenízaros eran denominados Hunkar Kulu, servidores del sultán, y oficialmente eran esclavos de este último. Mas, en la práctica, y desde fines del siglo XIV, los jenízaros eran la tropa decisiva en las batallas libradas por los otomanos en todos y cada uno de los tres continentes, Europa, Asia y África, en donde desplegaron sus ambiciones imperiales para chocar con las de la España de [[LINK:TAG|||tag|||6336163c87d98e3342b26daf|||Carlos V]] y Felipe II.
Reclutados mediante el llamado sistema del «devshirme», esto es, mediante el obligado reclutamiento de niños cristianos en lo que hoy son los Balcanes y las regiones danubianas –Grecia, Albania, Bulgaria, Serbia, Bosnia, Rumanía o Hungría–, esos chiquillos, arrancados de sus familias con ocho o nueve años, eran llevados a Constantinopla para ser transformados en jenízaros.
Su educación era tan implacable como cuidada y el resultado, tras siete o más años de adiestramiento, formación y adoctrinamiento, era el de transformarse en soldados casi invencibles. Hombres diestros en el uso del mosquete, el sable turco y el arco compuesto. Hombres hechos a pelear tanto en tierra, ora librando batallas campales, ora asediando ciudades y fortalezas, como sobre la cubierta de las galeras otomanas que, antes de Lepanto, parecían a todos invencibles porque en ellas peleaban los esclavos guerreros del Sultán.
Y era cierto: de Mozambique a Persia, del océano Atlántico a Sumatra, de Marruecos a Rusia y de Viena a Malta, los jenízaros eran la máxima expresión de la guerra en el siglo XVI y nada parecía poder detenerlos. Pero los tercios lo hicieron. En Lepanto (1571) y en la jornada de Navarino (1572) los hombres del rey de España y los del sultán de Constantinopla se midieron con dispar fortuna, pero con una clara conclusión: los jenízaros ya no eran invencibles. Sin embargo, durante otro siglo más su disciplina, valor y capacidad de combate siguieron aterrorizando a sus enemigos hasta que en 1683, en Viena, su leyenda se quebró definitivamente y se precipitaron a un rápido ocaso, y al olvido.
[[LINK:EXTERNO|||https://www.despertaferro-ediciones.com/revistas/numero/novela-historica-tu-sangre-en-mis-manos-jose-soto-chica-hasta-que-pueda-matarte/|||«Tu sangre en mis manos»]]
José Soto Chica
DESPERTA FERRO Ediciones
504 páginas, 24,95 euros
