A nadie le amarga un dulce, por América: los 5 postres más queridos en todo Cuba
Si la repostería europea es puro arte, la americana no se queda atrás, y en concreto la cubana tiene todos estos platazos
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Pocas cosas despiertan tanta unanimidad como un buen postre. Y si hablamos de los más célebres del continente americano, Cuba juega en otra liga. Su historia culinaria, marcada por la herencia española, africana y caribeña, explica por qué los postres de Cuba están tan ligados al azúcar, a la fruta tropical y a la cocina de casa. Aquí el dulce no es sofisticación: es costumbre, paciencia y fuego lento.
En este recorrido por la repostería cubana asoman nombres que cualquier viajero ha escuchado —o probado—: el flan de coco, el boniatillo o la guayaba con queso, dulces que forman parte del día a día. Cuba puede dividirse por provincias o ritmos, pero hay algo que la mantiene unida: su manera directa y generosa de cerrar la comida con algo dulce.
1. Dulce de guayaba con queso
El postre más icónico del país. Guayaba cocida o en pasta acompañada de queso fresco. Sencillo, inmediato y omnipresente, resume a la perfección la repostería cubana.
2. Flan de coco
Versión caribeña del flan tradicional. El coco le aporta intensidad y una textura más rica. Es habitual en comidas familiares y celebraciones, siempre servido bien frío.
3. Boniatillo
Postre elaborado con boniato cocido, azúcar y especias como canela o vainilla. Tiene una textura espesa y un sabor suave, muy ligado a la cocina tradicional y al aprovechamiento.
4. Casquitos de guayaba
Guayabas cocidas lentamente en almíbar, servidas frías y a menudo acompañadas de queso. Son un clásico de sobremesa y uno de los dulces más preparados en casa.
5. Arroz con leche cubano
Cremoso, aromatizado con canela y piel de limón, es uno de los postres más comunes del país. Aparece tanto en celebraciones como en el día a día y nunca falta en el recetario doméstico.
Cuba demuestra que el postre no necesita artificios para quedarse en la memoria. Sus dulces hablan de paciencia, de hogar y de recetas que se repiten porque funcionan. A veces, entender un país empieza por algo tan simple como aceptar el último plato que te ofrecen.
