El precio del descrédito
El grave accidente ferroviario de Adamuz ha cortado la respiración a toda la sociedad española. La envergadura de la catástrofe, el número de fallecidos y heridos ha generado conmoción y la solidaridad de un país que se siente cada día más vulnerable.
Ya se sabe que tardará tiempo en saberse la causa que lo provocó y, en casos como este, sobran las especulaciones y las informaciones con intención, tanto las que apuntan al estado de la vía como las que dirigen el dedo sobre los vagones.
Cuando se ha truncado la vida de tantos seres humanos, no hay relato que ganar ni versión que colocar, tan solo cabe el rigor de una investigación seria.
Sin embargo, en la opinión pública se ha generado desconfianza y la imagen de las infraestructuras ferroviarias se ha resentido teniendo como consecuencia una pérdida de credibilidad del sistema.
Es cierto que las consecuencias de que el fallo provenga del estado de las vías o resida en las ruedas del vagón 6, son bien distintas, porque en el primer caso se exigirían responsabilidades políticas, además de las civiles y penales que cupiesen en una causa judicial.
El Gobierno está bajo sospecha de intentar dirigir las conclusiones hacia aguas menos turbulentas y eso es resultado, no tanto de opiniones vertidas públicamente como de la falta de crédito que se ha ganado a pulso el Ejecutivo.
Una idea instalada desde hace mucho tiempo es que el Gobierno miente o cambia la versión cuando le interesa. Los cambios de posición con los asuntos más controvertidos de la legislatura sostienen esta idea, solo hace falta recordar la Ley de Amnistía, los indultos, la financiación privilegiada de Cataluña, el apagón eléctrico, la exigencia de Presupuestos Generales, la posición sobre el Sáhara o el incremento de gasto en defensa.
Son solo algunos ejemplos que ponen de manifiesto que la erosión gubernamental viene, no solo del fondo y contenido de las decisiones, sino también de la inseguridad que genera una administración tan cambiante y tergiversadora.
Ese es el auténtico problema con el que se enfrenta Pedro Sánchez. La gravedad de lo ocurrido requiere prudencia, transparencia y confianza en la investigación, difícil de obtener por alguien que es conocido por todo lo contrario.
El accidente de Rodalies, que se ha cobrado otro fallecido, y la orden y contraorden, por sorpresa, de disminuir la velocidad en un número importante de kilómetros en la alta velocidad entre Madrid y Barcelona después de que hace meses se anunciase todo lo contrario, redundan en la misma idea.
Puede que la causa no esté en la infraestructura ferroviaria y no haya responsabilidad ministerial, pero, como en el cuento del lobo, a Pedro ya no le cree casi nadie.
