IMSS: 83 años sosteniendo la vida (y el futuro) de México
La frase, tomada del himno del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), condensa una de las decisiones más trascendentes que tomó México en el siglo XX: dejar de tratar la salud, la vejez o los accidentes laborales como asuntos del azar o del bolsillo, y convertirlos en derechos garantizados a través de un sistema público de seguridad social.
El 19 de enero de 1943 se promulgó la Ley del Seguro Social, y es que en un contexto en donde nuestro país se industrializaba a gran velocidad, México optó por no dejar ese proceso al vaivén del mercado; creamos una institución que equilibrara la balanza: con reglas claras, financiamiento estable y corresponsabilidad entre Estado, trabajadores y empresas.
Ese origen es clave, pues el IMSS no es de un gobierno ni de un grupo económico: es una institución que nace del pacto social, cuyo Consejo Técnico, donde confluyen los tres sectores, nos lo recuerda todos los días.
Este pacto pronto adquirió rostro humano. El 1 de enero de 1944, el IMSS registró a su primer derechohabiente: Abel Morales, un trabajador con nombre y apellido. La seguridad social dejó de ser entonces una promesa abstracta y se concretizó en la vida cotidiana de millones.
Su identidad visual también lo dice todo: una madre con su hijo en su regazo, cobijados por las alas de un águila, diseñado por Salvador Zapata. La protección como misión institucional.
Con el tiempo, el IMSS creció hasta convertirse en una de las instituciones más grandes de América Latina. Hoy atiende a 78 millones de personas y va mucho más allá de hospitales y clínicas: protege ingresos ante la incapacidad, acompaña maternidades, sostiene pensiones, ofrece guarderías y prestaciones sociales, tejiendo una red que atraviesa la vida laboral y familiar de millones de hogares.
Y el IMSS no es solo atención médica. Es también un espacio de conocimiento: con centros de investigación científica, culturales y deportivos y comunitarios, sosteniendo una visión amplia de la salud como bienestar integral.
Por supuesto que una institución de esta magnitud ha atravesado tensiones profundas: crecimiento demográfico, transición epidemiológica, burocracia y crisis como la pandemia. Nada de eso puede ni debe negarse. Pero tampoco puede ocultarse que durante al menos tres décadas de políticas neoliberales, el Estado renunció deliberadamente a fortalecer la salud pública y promovió la expansión del sector privado, tratando al IMSS como un gasto a contener y no como un pilar del desarrollo.
Ese abandono dejó huellas profundas. Justo por eso cobra relevancia lo ocurrido desde 2018, cuando ese rumbo comenzó a revertirse y la institución apostó por recuperar capacidades en lugar de aceptar el deterioro como un destino inevitable.
Y en años recientes, algo ha cambiado: desde 2019, con Zoé Robledo al frente, el IMSS ha recuperado capacidades operativas, ampliado turnos y mejorado cobertura. Se han dado pasos decisivos hacia la federalización de los servicios de salud, en continuidad con lo anunciado por la presidenta Claudia Sheinbaum, así como el despliegue del modelo IMSS-Bienestar.
Y acá van unos datos irrefutables: En 2025, el IMSS brindó 14 millones de atenciones médicas más que en 2024. Se realizaron casi 1.8 millones de cirugías —casi 30% más que el año anterior— y 60% más que en 2018, es decir, unos 670 mil procedimientos adicionales. Se ofrecieron 104 millones de consultas de medicina familiar y aumentaron las consultas de especialidad en un 22%.
Y la salud no está desligada del trabajo formal. Al 31 de octubre de 2025, el IMSS registró 22 millones 789 mil 173 puestos de trabajo, la cifra más alta en la historia, de los cuales el 86.8% son permanentes. Eso se traduce en hogares con acceso a servicios, medicamentos, licencias y seguridad frente a los riesgos de la vida.
¿Por qué vale la pena contar esta historia?
Porque el debate público oscila entre extremos que impiden pensar el futuro: tratar al IMSS como una institución intocable o reducirlo a la caricatura de filas y fallas continuas. Ninguna de las dos.
El IMSS es perfectible, sí, pero también es una prueba de que lo público funciona, crece, se adapta y salva vidas.
Celebrar los 83 años del IMSS no es solo recordar su historia, sino reconocer su vigencia y comprometernos con su futuro: uno donde el Instituto sea cada vez más accesible, resolutivo y equitativo.
Y como mencionamos al comienzo, haciendo justicia de lo que muy bien dice su himno: viendo siempre al porvenir, nunca al ocaso.
