Gianni Infantino, presidente de la
FIFA, se inventó un premio de la paz para dárselo a
Donald Trump, pero en la final de la
Copa África entre
Marruecos y
Senegal quedó retratado. Momificado por el problema, no supo poner paz. Sentado en el palco, no sabía cómo manejar la situación creada por el abandono del terreno de juego de
Senegal cuando, en tiempo añadido, el árbitro le anuló un gol y el VAR le silbó un penalti en contra, tras la presión asfixiante de
Brahim al colegiado.
Sadio Mané, el crack senegalés, puso la cordura que no tenía ni su entrenador, ni nadie de su país, que no se daban cuenta de lo que podía llegar a suponer irse del campo. La sanción de la FIFA les podía llegar a dejar sin jugar el
Mundial del próximo verano.
Senegal, que ha quedado encuadrado en el apasionante grupo de
Francia y
Noruega, vio las orejas al lobo, volvió y, tras el ridículo penalti marrado por
Brahim, ganó la final.
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