Gobernar desde el desprecio
Desprecio por la verdad.- Rodrigo Paz hizo promesas como candidato que como Presidente traiciono. Ofreció quitar la subvención a la gasolina de forma gradual y con especial cuidado de no afectar a los desprotegidos y lo que hizo fue avasallarlos y ningunearlos con un menesteroso incremento a sus bonos. Dijo que el sacrificio sería para todos, pero quitó impuestos a los bolivianos más ricos. Ofreció no imponer medidas de shock, lo que lo diferenció de Tuto y le granjeó votos, y las impuso sin importarle las consecuencias. Ofreció gobernar con transparencia y honradez y metió furtivamente, detrás de un decreto, la venta rápida y sin trámites de los recursos naturales, con especial énfasis en el litio, que es el mineral más codiciado y que de su manejo depende el futuro del país.
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Desprecio por el consenso.- Los que votamos por él le creímos cuando nos ofreció gobernar democráticamente, tomando en cuenta las diferentes voces y lo segundo que hizo fue anular a la Asamblea y gobernar mediante decretos, como autoritariamente hacen Javier Milei en Argentina, Daniel Noboa en Ecuador y Nayib Bukele en El Salvador, entre otros, detrás de Donald Trump, en Estados Unidos. Para estos tiranuelos el pueblo no existe, mucho menos sus representantes en el legislativo. Creen que sus modos son únicos e irrebatibles; que sólo ellos saben cómo y al pueblo sólo le queda obedecer y callar. ¿Con quién habla Rodrigo Paz para tomar sus medidas de gobierno? ¿Con quién acuerda; a quién le pide su opinión si el pueblo no existe?
Desprecio por el diálogo.- ¿Qué habría pasado si el Presidente Paz hubiese ido a la reunión con la COB y los dirigentes campesinos a El Alto a ofrecer disculpas y retroceder en su error 5503? Nos hubiera metido en su bolsillo a todos; habría recuperado nuestra confianza; sellado una alianza que relanzaría su gobierno. Total, la batalla estaba perdida y él lo sabía. Pero hizo todo lo contrario: envió a sus emisarios y se refugió en la soledad de su despacho desde donde llamó corruptos a los inconformes. En vez de reflexionar en el error, montó el cólera y fraguó su venganza: una ley para eliminar las cuotas sindicales; otra para castigar con cárcel a mineros que usen dinamita en sus manifestaciones, y otra más para erradicar los bloqueos carreteros. Criminalizar la protesta para provocar miedo; un sentimiento que hace mucho tiempo dejó de sentir el boliviano, sobre todo, el del campo y las minas. Otro equívoco del Presidente que terminará convirtiendo a sus adversarios en enemigos. Lo malo es que cuando dos enemigos se enfrentan, uno de ellos, irremediablemente, cae.
Hasta hace 15 días, no había claridad respecto del proyecto de nación que Rodrigo Paz tenía para nuestro país, pero de a poco, las cosas se fueron aclarando: pretende gobernar como sus pares de Argentina, Ecuador, Perú, El Salvador, Paraguay y otros que siguen rastreramente la agenda política que Donald Trump trazó para América Latina. Como ellos, Rodrigo Paz decretó estados de emergencia para imponer medidas económicas y sociales “urgentes y necesarias”, que no son otra cosa que abrir de par en par las puertas al mercado, donde se ofertarán no sólo empresas públicas, sino hasta líneas aéreas, con teleféricos incluidos. Mano dura, y si es necesario manu militari, en contra de los que se opongan, y aquiescencia irrestricta a los deseos del nuevo rey del hemisferio occidental. ¿Quiere el triángulo del litio? Ya lo tiene ganado electoralmente con Milei en Argentina, Kast en Chile y Paz en Bolivia; sólo es cuestión de trámite. En sólo 60 días, el presidente boliviano se ha convertido en el nuevo corifeo del rey Trump. Ya le aplaudió en dos de sus arrebatos intervencionistas: cuando invadió Venezuela para secuestrar a su presidente y cuando hizo ganar a la mala a Nasry Asfura, presidente electo de Honduras. ¿Pensará el Presidente Paz que inclinándose ante el rey obtendrá favores? ¿Ya olvidaría lo que le pasó a los otrora aliados de Estados Unidos como Saddam Hussein, Osama Bin Laden y recientemente al ucranio Volodymyr Zelenskyy? El propio Henry Kissinger lo dijo antes de morir: “ser enemigo de Estados Unidos es peligroso, pero ser amigo es fatal”.
Sólo hay dos formas de gobernar un país: con el pueblo o sin él; con amor o con desprecio y, al parecer, Rodrigo Paz eligió la segunda.
(*) Javier Bustillos Zamorano es periodista
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