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Los Tábanos

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El público se renueva y, en el relax de las vacaciones, reaparecen los cuentos de Carlos Iñiguez y su querido club: Los Tábanos.

Cada verano, misteriosamente, reaparece Carlos Iñiguez. Empiezo a sospechar que los aparentes encuentros casuales son perfectamente planificados por el hombre de Los Tábanos quién, viejo zorro del oficio periodístico, sabe que en la época estival escasean los temas rugbísticos y se abre una ventana para colar las historias de su club. En un atardecer de Valeria del Mar, mientras caminaba relajado por la orilla luego de un día de calor bochornoso, escuché su inconfundible voz aguardentosa discutiendo con otros viejos carcamanes que compartían un partido de tejo. Era él, calzaba una bermuda Ocean Pacific y una camisa Teens a rayas de 1975 y mientras con la rodilla apoyada en la arena le peleaba el tanto  a sus rivales de ocasión, levantó la mirada y me embocó, ya no pude escapar. “Que haces Dionisi! pedazo de maricón, donde andabas?” me gritó, olvidando el partido que hasta un segundo antes disputaba como un test match. “Te olvidaste de mi, trolo“, la siguió, mientras me apretaba en un abrazo insoportablemente transpirado. “Qué pasa? no nos dan bola a nosotros porque no estamos en el top 12? con razón le dicen Periodismo Cuba a vos y a esos pendejos putitos que te acompañan, vení vamos a tomar un vermouth”. Sin esperar mi respuesta me arrastró hasta la carpa que alquila todos los veranos en el Balneario de Benito Durante y mientras sacaba a los empujones a la mujer, me acercó una silla de plástico, abrió la botella de Cinzano, prendió el grabador Ucoa que ya tenía cargado con un TDK de 90 minutos y arrancó, una vez mas, con las maravillosas, aunque algo pestilentes, historias de los Tábanos.

El peso del apellido

El espíritu del rugby se consolida con esa cadena genética que transmite los valores sagrados de nuestro deporte de generación en generación. De padres rugbiers nacen hijos rugbiers y toda mujer que se casa con un hombre ovalado sabe que su hijo varón tiene el destino marcado y que el primer regalo que recibirá será una camiseta ultra small del club del padre. Suele suceder que los papàs rugbiers pierden la cabeza cuando nace su primer hijo varón y adoptan conductas alocadas. Así, contradiciendo toda norma de higiene, en las clínicas de Buenos Aires, se ha visto a algún segunda línea de orejas nauseabundas apoyando la cara del recién nacido sobre la pelota embarrada de su último partido de intermedia para tomarle la primera foto, ignorando sin pudor a la madre. En una madrugada de 1981, en la Clínica del Sol, un pilar derecho de Old Philomatian se coló en la nursery para enseñarle a formar a su hijo recién nacido y, con mucho esfuerzo, el personal de seguridad lo apartó del bebé cuando a viva voz lo puteaba por no poner los abdominales tensos.

Generalmente el esfuerzo paterno es exitoso y los hijos se suman, con mayor o menor éxito, a la cofradía ovalada. La historia de nuestro seleccionado está plagada de pumas hijos de pumas. Carlos Contepomi, padre de Manuel y Felipe, Tito Fernández, padre de Santiago, José Luis Imhoff, padre de Juan, Pichino Cubelli, padre de Tomás, Tacho de Vedia, padre de Tomás, la lista es larga pero no incluye a ningún tábano, ni padre ni hijo, ni sobrino. Lo más cercano es Norberto “la lombriz” Rodríguez, inside de la cuarta que salió novena en el 83, que siempre se presentó como primo del Topo, aquel pilar de Los Pumas que se afincó en Australia. Sin embargo nunca llegó a comprobar el parentesco y la duda creció cuando en el 87 vino el Topo con los Wallabies y, ante el pedido de un pase para presenciar el entrenamiento de los australianos, la lombriz acusó una hepatitis y desapareció del club por 45 días.

También, hay que decirlo, muchas veces los hijos cargan con la mochila del prestigio del padre y son sospechados de cierto favoritismo a la hora de recibir la aprobación de sus entrenadores. Pasa en Los Pumas, pasa en los clubes y, por supuesto, ha pasado en nuestra gloriosa Institución. Muchas veces, jugadores medio pelo, encuentran su lugar en la primera solo por el peso del apellido. En Los Tábanos, Tomás “Tommy” Ulloa llegó a jugar en la primera sin siquiera conocer el reglamento, solo por ser sobrino nieto de nuestro benemérito líder Don Alcides “Alcancía” Ulloa. Fue en la época de vacas flacas, cuando el plantel superior contaba con solo 16 jugadores y presentábamos Primera, Intermedia, Pre A y Pre B. El mismísimo Alcancía lo sacó a empujones de la cancha cuando Tommy pidió ir al arco. Justamente en esa época dura, en aquellos años de escasez, se desarrolló un curioso y recordado episodio que involucró a una de las familias mas queridas del club: los Elizeche.

El Orangután Elizeche fue pilar de la primera durante 24 años. Un tipo aguerrido, estoico, muy respetado en el club, un gordo bueno afuera de la cancha que se convertía en un depredador despiadado cuando cruzaba la raya de cal. El Orangután es de la época en que los pilares eran sanguinarios en el fondo de cualquier montonera pero no tocaban la pelota. Él mismo, apenas tocó la pelota tres veces en sus 24 años de tábano, dos fueron knock ons. A principios de los setenta, cuando se retiró Elizeche, quedó un vacío enorme en la primera línea verdinegra. Durante años no surgió nadie que pudiera reemplazarlo y, en la época oscura, prácticamente desaparecieron los primeras líneas de Luis Guillón y sus alrededores. Hasta el fideo Amuchástegui, un alfeñique de 62 kilos, llegó a jugar de pilar ante la escasez. Eran los años del SIC de Ocampo/ Villegas y jugar sin un scrum competitivo era suicida. Cuando el club estaba al borde de la desintegración se prendió una luz porque a los 12 años Ricardito Elizeche, hijo del Orangután, despegó y empezó a mostrar un desarrollo físico interesante respaldado por la herencia genética de su padre. Crecía la desesperación por la falencia del equipo en el fijo pero el “orangutancito” (así lo empezaron a llamar) encendió la esperanza.

Sin embargo, como suele suceder, la impaciencia llevó al error. Luego de un debate de la comisión en la Asamblea de fin de año presidida por Alcides Ulloa y con la anuencia del Orangután, se decidió estimular el crecimiento de Ricardito con un tratamiento hormonal. En marzo del 77, cuando el club se reencontró después de las vacaciones, Elizeche hijo, que en enero había cumplido 13, apareció barbudo y con un tono de voz que recordaba a Oscar Casco, galán de radioteatro de los 50. Físicamente no había crecido mucho, pero el niño que se había despedido en diciembre comentando con sus amiguitos de la novena los capítulos de “Los autos locos”, ahora había ampliado su vocabulario y puteaba como un carrero mientras describía con lujo de detalles su debut sexual en una visita de verano a un piringundín de la Isla Maciel. Hasta “Arpillera”” Moreno, un estibador que jugaba de tercera línea en la intermedia, se escandalizó después de escuchar al pibe. Pronto se lo subió a la cuarta y, en las prácticas de scrum, el orangutancito fijaba sus ojos en la amansadora con la mirada asesina de Robert Paparemborde, el inolvidable carnicero francés, pero a la hora del empuje, el pack apenas movía unos centímetros la máquina de hierro y madera. La realidad es que, desde el inicio del tratamiento, Ricardito apenas había sumado un par de kilos a su prometedora carrocería marca Elizeche. Hubo confusión e incertidumbre hasta que la palabra del Dr Arquímedes Armúa, el ginecólogo de Monte Grande que supervisaba el tratamiento, acercó algo de tranquilidad: “son los efectos típicos de estos procesos, a veces algunos resultados aparecen antes que otros, pero subanló al plantel superior que, en dos semanas, este pibe es un búfalo”, afirmó con seguridad el galeno, sobrino de “la Arpía” Armúa, inside del equipo que salió decimosegundo en el recordado torneo de tercera de 1966.

 

El partido inaugural de la temporada fue un duro golpe para el corazón verdinegro. Por el resultado, 0 – 134, por el rival, Los Sauces, uno de nuestros clásicos y, sobre todo, por los nueve try scrums recibidos. En el tercer tiempo de esa jornada aciaga, mientras corrían las botellas de Doble V y Otard Dupuy, empezó a gestarse el debut oficial de Ricardo “Orangutancito” Elizeche en la primera de Los Tábanos. La segunda fecha implicaba un viaje riesgoso a Hurlingham, donde esperaba Curupaytí con su legendaria primera línea Wheeler – Calvetti – Nicola, la “magiclick”, y no se podían dar ventajas. “Si lo tenemos toda la semana comiendo pastas puede sumar algunos kilos” fue el argumento poco profesional (hoy lo sabemos) vertido por el Dr Armúa, luego de bajarse una botella de caña Legui.

Lo que siguió en Luis Guillón fue una semana rara. Los tábanos racionales, que nunca fueron mayoría, sabían que se estaba apurando peligrosamente el debut del pibe pero no se animaban a expresarlo por el entusiasmo que reinaba entre los demás. El mismísimo Orangután se mostraba eufórico ante el inminente debut de su primogénito y la certeza de la continuidad del apellido Elizeche en la primera división de nuestro club. Mientras tanto Ricardito, siguiendo la dieta programada por Armúa, disfrutaba de los tallarines con todo tipo de salsas y las espectaculares lasagnas que preparaba su mamá Nora. El viernes a la noche ya había sumado 16 kilos y según Armúa agregaría tres mas con el almuerzo del sábado para llegar a los 79 a la hora de salir a la cancha. Nada mal para un pibe de 13 años aunque algo escaso para formar frente a Gualberto Wheeler, un verdadero jabalí que ya jugaba en la primera de Curupa cuando el Orangutancito llegó a este mundo.

En el baño del vestuario visitante de Curupaytí, mientras Ricardito Elizeche  vomitaba el flan con dulce de leche del almuerzo, su padre lo arengó con afecto: “hoy salís y dejás todo por la verdinegra, pendejo de mierda! Sos un Elizeche, carajo! No quiero putos! No hay putos en mi familia! Enfrente vas a tener al viejo choto de Wheeler que jugó contra mi en el 65 y te lo vas a coger bien cogido!” si bien el mensaje fue algo contradictorio, las palabras del Orangután llegaron al corazón de su hijo y, a las tres y media, el orangutancito salió a la cancha a defender con honor el peso de un apellido bien pesado en el club.

La expectativa por el debut hizo que se acercara mucha gente y, a partir del kick off, los 87 tábanos presentes en la cancha de curupa esperaban con ansiedad el primer knock on para mostrar al mundo el crack juvenil, tal vez futuro puma, que se había formado en el pasto de Luís Guillón. Finalmente, a los 3 minutos se le cayó la pelota a nuestro apertura, el “Ornitorrinco” García, y llegó el momento esperado. De un lado, con el oficio que los caracterizaba los primera líneas de Curupa, Wheeler, Calvetti y Nicola, que formaban la primera línea Magiclick, llamada así por la edad que sumaban entre los tres emulando al slogan de un electrodoméstico de esa marca que según la publicidad duraban 104 años. Del otro lado nuestros tres gladiadores, el “Oso hormiguero” Zabala, el “demonio de Tasmania” Aguilar y la esperanza blanca de Luis Guillón, el “Orangutancito” Elizeche. La buena noticia, el scrum era en mitad de cancha y no podía terminar en try. La mala, los ojos de Ricardito ya no transmitían la furia de los entrenamientos, lejos de eso, detrás de la barba profusa se podía adivinar un parpadeo aniñado y temeroso que, mientras el referee ordenaba la formación, trataba de evitar la mirada de Gualberto Wheeler que, como dos espadas filosas, buscaba alimentar la pavura que invadía a nuestro novel pilar. Me invade la tristeza cuando recuerdo lo que siguió.

El cuento es que, ante la desesperación, se apuró el debut del orangutancito en primera. Con solo 14 años lo pusieron en un partido muy chivo contra Curupaytí. Le tocó formar con Gualberto Wheeler, un pilar que era un verdadero jabalí.
Fue debut y despedida. En el primer scrum Gualberto lo acarreó 45 metros al pobre pibe y, ante la humillación, Flavio se puso a llorar como un nene dentro del ingoal de Los Tábanos. El orangután padre, que miraba absorto el espectáculo, entró corriendo, con una leve renguera que le había quedado de su paso por las canchas, y lo acomodó al hijo con un tremendo cross a la mandíbula que lo dejó dormido por 4 horas. ”Los tábanos no lloran, pendejo del orto!”, gritó. Recuerdo que Wheeler, un caballero de las canchas, pudo contener a Eliceche padre cuando se disponía a rematar al hijo con una patada en el paladar.
Fue el final de la carrera de Ricardo “Orangutancito” Eliceche.
Como verán, en este caso, ser “ el hijo de” le jugó en contra.

 

El problema fue La Momia.

Pobre, al Tano Stompinato nadie le creía nada. Primero no le creyeron que se había levantado a una galesa rubia y de ojos celestes. Recién cuando presentó a la mina en un tercer tiempo de Los Sauces y todos comprobaron que era un tanque de cientoveinte kilos, pudieron aceptarlo. Tampoco le creyeron cuando dijo que su mujer hacía los postres mas ricos del cono sur. Tuvo que venir la gorda y preparar veinticinco tortas galesas en la fiesta de fin de año del 73 para que la palabra del Tano fuera respetada. Pero lo peor fue cuando contó que Vanora (así se llamaba la galesa) era prima de John Peter Rhys Williams, el fullback de la época dorada de los dragones rojos.

-Vanora Williams, prima de Yipier Williams, el fullback. Dijo Stompinato.

– Dejá de joder Tano. En Gales, Williams es como acá Rodríguez. Debe haber setecientos mil JPR Williams. Lo chuceó el “Bobo” Alvarez

– Vany me mostró una foto de ella con el primo en Cardiff. Es él!

– Tiene las patillas?

– No, la foto es de hace unos años. Todavía no le crecían.

– Ah bueh!      

Años contando la historia del primo de la mujer. A veces Vanora apoyaba la veracidad del cuento, pero como hablaba en un inglés medio raro nadie le entendía una palabra. Gastarlo al Tano con la cuestión ya era un clásico del club y así fue hasta que un martes entró a la sede de Agronomía inflando el pecho y contó que Williams estaba en Argentina y que había comido un asado con él en un campo de Chascomús. Cuando sonaron las primeras risotadas burlonas sacó una foto que guardaba en el bolsillo del gamulán y le tapó la boca a todos. En la foto, tomada con una Kodak Fiesta, de esas en las que abajo a la derecha se leía chiquito el mes y el año, se lo veía al Tano, la gorda, dos tipos con pinta de peones de campo y en el medio del grupo, con jeans, un sweater violeta, un saco tweed y forzando una sonrisa de ocasión, el mismísimo JPR Williams. La mayoría jamás le había visto la cara, pero la Cotorra Molina, nuestro hombre en la UAR, confirmó que se trataba del famoso fullback porque lo veía seguido en la revista “Wales Rugby News” que pispeaba cuando iba a la casona de Pacheco de Melo. En medio del murmullo de aprobación, Stompinato tiró la bomba: “Y a que no saben que! Yipier (ya lo nombraba con confianza familiar) se comprometió a venir al tercer tiempo el sábado que viene!”.

Un silencio sepulcral siguió a las palabras del Tano. Los seis o siete tábanos que participaban de la charla se quedaron quietos, cruzaron miradas tensas, no podían emitir un sonido. John Peter Rhys Williams, la estrella que había ganado cuatro veces el Cinco Naciones, en Luis Guillón! Era un acontecimiento para festejar, pero los muchachos se pusieron nerviosos, como esos parientes pobres que se enteran que el tío millonario los va a visitar y saben que no lo pueden recibir con un mantel de plástico y el pingüino cargado de tinto Termidor. El anexo vecino a la Firestone jamás había recibido a un visitante de esos quilates. Jorge Dartiguelongue, el puma de San Martín, era el único jugador internacional que conocía el predio desde una vez que, ejerciendo su profesión de arquitecto había venido a presupuestar la construcción del quincho. Nunca volvió. Lo hicimos con un maestro mayor de obras de la zona.

La noticia corrió como reguero de pólvora y motivó una reunión extraordinaria de la comisión directiva presidida por el venerable Alcides Ulloa, que a su vez, creó la pomposamente denominada Subcomisión de Organización del Evento de Recepción del Honorable Integrante del Seleccionado Galés de Rugby Mr John Peter Rhys Williams, designando como presidente de la misma a Agustín “La Momia” Correa, un pilar de la reserva que había salido octava en el 64. La Momia era un tipo respetado en el club, aunque a veces se excedía con el trago. Justamente, como primera medida y teniendo en cuenta la famosa adhesión de los británicos a las bebidas espirituosas, la subcomisión decidió hacer una vaca entre sus miembros para regar bien el tercer tiempo. Con lo recaudado se compraron catorce botellas de Doble V y una de Johnny Walker etiqueta azul, juramentándose entre ellos que ningún tábano iba siquiera a oler la aristocrática bebida escocesa, que sería destinada de manera exclusiva al visitante. El trabajo de la subcomisión fue intenso durante los cuatro días previos al último partido del 75, el sábado soñado, el día que el club entraría en la historia.

Y el día llegó. El partido fue un trámite, un 0 – 35 contra DAOM que nadie recuerda. El plato fuerte era el tercer tiempo. Y, tal como estaba planeado, cinco minutos después del final del partido, apareció el 404 del Tano Stompinato con la leyenda galesa sentada en el asiento del acompañante y la gorda Vanora atrás. Alcides Ulloa, vistiendo la clásica campera de gamuza que le daba ese aire de patrón de estancia aunque siempre trabajó de gestor en los tribunales de Lomas de Zamora, se acercó a recibirlo y a entregarle la plaqueta que el Club había encargado con motivo de su visita. El galés le dio la mano floja, según contó luego el venerable, recibió la plaqueta y con cierto desdén, la tiró en el asiento de atrás del auto del Tano. Luego inició la caminata hacia la cancha acompañado por don Alcides, la Momia Correa y la prima Vanora, que no se despegaba de él ya que era la traductora oficial. El plan era llevarlo a la cancha 1, donde estaba previsto un pequeño acto y luego compartir el tercer tiempo en el quincho. De movida noté un gesto de desagrado y casi de desilusión en la Momia ante la frialdad de los primeros gestos de JPR. Por mi parte lo atribuí a la tradicional flema británica. Imaginé a un tipo humilde, sencillo, acostumbrado a los agasajos.

En la cancha estaba todo el club esperándolo. Los pibes de las juveniles, los viejos, toda la comisión y algunas mujeres. También acompañaba la gente de DAOM, sorprendida, porque el ilustre había pedido que no se difunda su visita. Bajo los palos, los pibes de la novena le hicieron una calle. En un gesto simpático, los chicos se pintaron con corcho quemado las patillas del galés, como si fuera el acto del día de la bandera. Es que para nosotros Williams era un prócer! Era Belgrano!. Sin embargo, en otro acto descortés, el fullback esquivo la calle y le hizo un gesto a Vanora para que callaran a los dos gaiteros que la subcomisión había contratado en la Sociedad Gallega de Luis Guillón. Al lado mío, la Momia Correa murmuró “pero que le pasa a este pelotudo?”. La cercanía olfativa me permitió advertir que el presidente de la subcomisión del evento ya le había entrado al Doble V.

A pesar de la frialdad inicial de JPR y de que se negó a un par de fotos con los chicos de la séptima, la emoción predominaba entre todos los tábanos, conscientes de la alcurnia rugbística de nuestro visitante. En el quincho reinaba el bullicio y la alegría. Igual me preocupé cuando vi a La Momia tomando Doble V del pico de la botella sin sacarle la mirada al galés, quien, en otro gesto inamistoso se sentó en un rincón, lejos de la mesa que se le había preparado para él, Alcides Ulloa y la comisión. Es decir, todos los popes del club.

Ahí llegó mi momento. Tal como me lo había encomendado la subcomisión, fui hasta la vitrina de los trofeos, tomé el etiqueta azul que estaba guardado discretamente detrás de la Copa “Amistad” ganada al Roma Rugby Club en 1954, y me acerqué a la mesita del rincón donde se había afincado Williams, sin advertir que detrás mío, casi como un segunda línea pegado al primera en un scrum, venía la Momia Correa. Excitado y emocionado por mi primer contacto directo con la leyenda, le acerqué un vaso, le mostré la botella y a viva voz, para superar el bullicio del salón, disparé las palabras que venía ensayando desde días antes en mi rudimentario inglés.

– Do you want to drink a good whiskey? (quieres tomar un buen whisky?)

-No, the whiskey looks like shit to me. Give me a Coke. (No, el whisky me parece una mierda. Dame una Coca).

Confieso que me descolocó la respuesta maleducada pero me llené de reflexión para soportarla.

El problema fue la Momia.

Aunque no entendía una palabra del idioma de Shakespeare, Agustín Correa, sin esperar la traducción de Vanora Williams y a pesar de su estado etílico, se dio cuenta de la nueva descortesía de la estrella galesa. En este caso la mas grave, por despreciar el blue label que tanto le había costado al club. Entonces todo se desmadró. Con los ojos inyectados en sangre, la vena del cuello a punto de estallar y al grito de Inglés hijo de mil putas, no te aguanto mas!, la Momia Correa me apartó de un empujón, se abalanzó sobre el sorprendido Yipier Williams, lo tomó de la solapa del saco tweed y le descerrajó con asombrosa velocidad cuatro piñas seguidas que estallaron en el mentón del rugbier galés, al tiempo que acompañaba la andanada con rodillazos poderosos a la altura de sus riñones. El primero que reaccionó fue el Tano Stompinato, quien, lejos de avergonzarse por la actitud de Correa, le asestó unos cortitos en la costilla al galés, mientras actuaba una falsa intención de separar. Otro par de miembros de la comisión, hartos del desprecio británico, golpearon feo al fullback, hasta que la oportuna aparición de Don Alcides Ulloa puso fin al incidente, cuando hasta los jugadores de la primera hacían fila para sumar su aporte a la indignación general.

John Peter Rhys Williams fue atendido en la salita de la avenida Buenos Aires de Luis Guillón y al día siguiente retornó al viejo continente en un vuelo sanitario gestionado por la embajada británica.     

Unos meses después la Cotorra Molina volvió a la UAR y se encontró con el número de enero del “Wales Rugby News”. “JPR, lesionado, no estará presente en el 5 Naciones de 1976” era el título de tapa. Molina con su pobre inglés, buscó detalles en el artículo. No entendió demasiado, pero asegura que la palabra “momia” no figuraba.

 

Super rugby

Después de algunos partidos de Jaguares el frío es mas frío en Villa Luro. Otoño casi invierno, poca gente, ruido electrónico, porristas con piernas blancas y piel de gallina, silbadores de patadas rivales y ahora, de jugadores propios. Frío, mucho frío. Igual, cuando terminó el partido, decidí aceptar la invitación de un compañero de laburo y me quedé al beer garden, o algo así, de una cerveza. No se que hacía ahí. Medio grado de térmica y yo con un vaso de plástico lleno de cerveza helada en la mano. Uno de esos eventos con chicas que ofrecen birra y fondo de música ordinaria generando un clima de euforia ficticia. Mientras el diyei nos aturdía con berretadas punchipunchi pensé en la dura derrota de hace un rato y en los Jaguares duchándose con agua muy caliente a cincuenta metros de donde estaba yo calculando el momento de rajar.

No me crucé a ningún tábano. Mucho CASI, mucho Newman, mucho Biei, un par de ex pumas devenidos a hombre-cartel y, sobre todo, mucho empleado de empresa sponsor que apenas sabe que se juega con pelota ovalada. Al único conocido que me encontré fue al “Pollo” Lusardi, un octavo de YPF que jugó contra mi en una inter del 84. Gran tipo el Pollo, ahora es gerente de marketing de una compañía de seguros que pone guita en el rugby.

Me fui a buscar el auto sin saber que ese crepúsculo desapacible me tenía guardada una sorpresa.

Lo vi en Juan B Justo, en la parada del 34. Yo pasaba casi corriendo y frené en seco. La Pantera Montejo! Un crack, ala de la intermedia que salió octava en el 81, uno de mis referentes del club. Le decían “pantera” no por alguna virtud demostrada en el verde césped sino porque en el carnaval del 75 en Luis Guillón se apareció disfrazado de Pantera Rosa y durante dos horas nadie se dio cuenta que era él. Y si no fuera porque uno disfrazado de Capitán Piluso se empezó a apretar a la novia, que tampoco se había percatado de su presencia, hubiese pasado toda la noche sin que ningún tábano lo identificara. Fue muy gracioso ver a la Pantera Rosa y el Capitán Piluso cagándose a trompadas.

De movida me gustó verlo porque lo encontré entero. Prolijo, peinado como recién salido de la ducha, con una campera azul de esas infladitas onda muñeco de Michelin, una mochila canchera y zapatillas de marca. El Pantera debe andar por los 57 pero ahora parecía un pendejo. Me gustó verlo próspero. La última vez no había sido asi. Fue hace unos años. Inolvidable. Parado en la luz roja de un semáforo de Cabildo y Juramento escuché un grito “Iñiguez! Iñiguez!”. Yo miraba para todos lados y no me daba cuenta de donde venía. Hasta que de adentro de la empanada gigante que bailaba frente a mi, escupiendo un pedazo de gomaespuma, sacó la cabeza y se presentó. “Soy yo Iñiguez, La pantera!”.

Se alegró cuando me vio. Lo saludé. Me llamó la atención un pedazo de paño lensi amarillo que salía de la mochila mal cerrada. Me contó que estaba de novio, que alquilaba un departamento en Paternal, que tenía unos mangos metidos en Lebacs. Se esforzaba por demostrar que ya no estaba en la mala, que ya no era una empanada humana. Yo lo escuchaba y me gustaba saber que había progresado, pero no podía sacar la vista de la tela amarilla. Me di cuenta que eso lo incomodaba. Que lo perturbaba. Entonces no quise estirar el momento embarazoso. Lo miré fijo y disparé.

Sos vos?”

Con los ojos vidriosos por el frío, sosteniéndome la mirada con un gesto entre pícaro y melancólico me respondió. “Si Carlitos, soy yo. Pero mejor no lo cuentes en el club”.

Si querés no lo cuento, pero si lo cuento, a los muchachos les va a encantar”.

No se, me da un poco de pudor, pero la verdad que estoy muy copado. Imaginate que en lo mío, a nivel nacional, es lo máximo. Vos me viste de empanada, Carlitos. Ahora la pegué, papá!” se entusiasmó.

“Y te la bancas a nivel físico? Porque hay que moverse”.

“Si Carloncho, estoy impecable. Y a la gente le gusta, hasta pegué un par de minitas.” , canchereó.

Estarás haciendo unos buenos mangos. Los avances con Coccia y Altberg también los hiciste vos?”.

No, ahí me dejaron afuera. Viste como son los de ESPN. Cuidan el mango y a Tommy de Vedia lo tienen ahí todo el día. Encima le daba la altura.”

Que bueno Pantera. Realmente me alegro”. No alcancé a terminar la frase cuando me dio un beso de apuro y se despidió porque venía el bondi. Colgado del estribo me insistió “No le cuentes a los muchachos!”

Mientras las luces del 34 se alejaban me quedé quieto, sorprendido, confundido, pero feliz. Casi orgulloso. De golpe se terminó el frío y hasta empecé a disfrutar del punchicpunchi que todavía sonaba a lo lejos. Por supuesto, saqué el celular y tiré la bomba en el grupo de whatsapp de la camada 61.

Muchachos, Jaguardo es nuestro! Tenemos un tábano en el Super Rugby!

 

Genes

El rugby es un deporte muy apegado a la tradición, con familias de apellidos ilustres que viajan en el tiempo como guardianes del acervo cultural rugbístico. Un particular miembro de esa raigambre es un conocido ex jugador de Los Tábanos.

Ruben “El Ruso” Beccar Varela es un personaje muy particular. Conversador, simpático y entrador. Un outsider con apellido de gran tradición rugbística. Primo de los Beccar Varela de San Isidro, siempre se destacó por sus vivencias extradeportivas. Un tipo con mundo. Un tipo que la vivió. Y ante todo, para nosotros los tábanos, un tipo muy querido en el club.

Para empezar a Beccar Varela, lejano a la tradición conservadora y amateurista de sus parientes, le gusta definirse como hippie, bisexual y comunista. Y su vida se ajusta a esa definición. Es la única persona que conozco que vio a The Mamas and  the Papas en vivo. Durante una corta estadía en San Francisco allá por el 67,  el Ruso  concurrió a un show de la banda. No digo que sea muy importante haber visto en vivo a ese grupo intrascendente de jipones  de la Costa Oeste, pero yo solo puedo jactarme de un recital de Billy Bond y la pesada de esos que se hacían los domingos a la mañana a 15 cuadras de mi casa. Digamos que lo de Beccar tiene mas vuelo.

Siempre tuvo posturas políticas radicalizadas que se acentuaron cuando participó del mayo francés y conoció a Cohn Bendit.  Al regresar generó una movida que aún se recuerda en el club. Al grito de “a desalambrar!!” entró al anexo de Luis Guillón seguido de 48 menesterosos que se instalaron por un mes en La Catedral,  la gloriosa cancha 1 de Los Tábanos. Con el torneo empezado y jugando de prestado en  Los Sauces, la situación se  volvió desesperante. Hasta que apareció el patriarca Alcides Ulloa pegó cuatro gritos y  pudo resolver la cuestión no sin antes entregarle a esa gente 76 casacas verdinegras. Ese fue el año que recibimos la ayuda  del vestuario de Comunicaciones, vecino a la sede de Agronomía y por eso hoy nuestra camiseta suplente es amarilla.

A algunos le llama la atención el origen judío de Beccar Varela. Hijo de Benedicto Beccar Varela (Macoco) y Sara Berstein, “El Ruso” (ahora entenderán de donde viene su apodo) fue un destacado remero del Náutico Hacoaj antes de llegar a Los Tábanos para jugar al rugby.

Como rugbier fue un wing rápido y tackleador que no tuvo mucho recorrido en el plantel superior.  Apenas un par de partidos en la inter y una carrera prometedora que se frustró a partir de lo que se conoce en el club como la “noche verde”. Un jueves, el Ruso se quedó solo en la cancha después del entrenamiento. “Estoy haciendo yoga y quiero practicar algunos ejercicios para relajar el cuerpo después de tanto esfuerzo”. Entre la noche cerrada y el humo de la Firestone, de lejos, apenas se alcanzaba a percibir su figura sentada en el ingoal del fondo. Al día siguiente a  Rolo Larrea, el encargado del anexo, le pareció ver algo raro en el sector que daba a la fábrica de neumáticos, pero no le prestó demasiada atención. Encima era un día lluvioso así que Rolo ni siquiera se acercó a comprobar de qué se trataba. El despelote estalló el día del partido, cuando los jugadores de Old Philomatian fueron a calentar a ese ingoal  y  se sorprendieron al ver que el rectángulo estaba poblado por unas plantas de hojas alargadas que a ellos les parecieron muy extrañas. El único que se percató enseguida  fue  el Pájaro Watson, un segunda línea que recién llegaba de un viaje a Londres. “Que bueno! Esto es cannabis!” gritó. El partido se suspendió y el anexo se cerró hasta nuevo aviso.

“Pensé que podía resultar interesante como forma de relajación después de los entrenamientos”, argumentó Beccar Varela en la reunión extraordinaria de comisión que se hizo para pedirle explicaciones. Sus razones no convencieron y una suspensión de cinco años puso fin a su carrera rugbística.

Igualmente El Ruso continuó participando de la vida del club y se dedicó a entrenar a los juveniles. Ya  lleva varias décadas como destacado entrenador de nuestras divisiones y son muchos los tábanos que forjaron su rugby  a partir de sus enseñanzas. Cientos de jugadores se nutrieron de su sabiduría de la vida y el rugby pero entre todos el Ruso  tenía un preferido, un entenado, un verdadero hijo dilecto.  Martín “Motoneta” Salaberry, hasta hace poco, wing de la primera de los Tábanos, siempre fue  el jugador favorito de Rubén Beccar Varela. Y digo “hasta hace poco” porque Salaberry ya no volverá a vestirse con la gloriosa verdinegra.

Las primeras dos temporadas de Motoneta  en la división superior  fueron desastrosas. Un try en dos años es muy poco para un wing. Para sorpresa de muchos la promesa que había arrasado en las juveniles se había convertido en un jugador mediocre al que se le caía la pelota cada vez que tenía que encarar hacia el ingoal rival. Muchos hablaban de “miedo escénico” y lo cierto es que  Salaberry seguía en primera gracias al Ruso Beccar, que  influía en los entrenadores para que lo pusieran. Era común ver al Ruso con su jardinero rosa (seguía usando ropa provocadora a pesar de que ya cargaba 67 años y una  panza prominente) alentando a Motoneta al costado de la cancha. Beccar Varela se reflejaba y veía en Salaberry al jugador que él mismo no había podido ser. Por eso lo apoyaba tanto.

En la tercera temporada la historia cambió gracias al amor. Salaberry, se puso de novio con Rita, una bellísima rubia hija de un frutero del Mercado Central, que tenía un local en Luis Guillón ahí nomás de nuestro anexo. A partir de esa relación amorosa comenzó a perforar las defensas rivales .El amor cambió el ánimo de Motoneta y  de su mano Los Tábanos comenzó  a escalar en las posiciones y a soñar con el ascenso a segunda. La rubia Rita se relacionó con novias y esposas de los jugadores. También Beccar tenía buena relación con ella y le había pedido que le presente alguna amiga o amigo.

A la gente del club le resultó  muy simpática la costumbre que tenía Rita de regalarle fruta a Motoneta cada vez que marcaba tries. La rubia se instalaba a un costado de la cancha con un cajón lleno de  peras, duraznos o manzanas, según la época del año, y cuando terminaba el partido agasajaba a su amado de acuerdo a la cantidad de tries que había marcado. Una docena de frutas por try. En los terceros tiempos era común ver a la parejita mirándose lascivamente mientras mordisqueaban un damasco.

Los Tábanos era una fiesta. La palabra “Campeón” sonaba fuerte tanto en  Luis Guillón como  en nuestra sede de Agronomía y el Ruso Beccar Varela era muy felicitado por haber bancado a Motoneta cuando nadie creía en él. Su prestigio había crecido mucho en el club. Aunque también tenía contra. A algunos no les gustaba que se declarara cultor del amor libre o que les hiciera leer Bukowski a los chicos de la octava. Era un tipo respetado pero a la vez envidiado en silencio. Combatido en forma velada por los  que no toleraban su mente abierta.

Un martes, cuando faltaban tres o cuatro fechas para el final de ese torneo que pintaba para fiesta, en una reunión de comisión, Rubén  Beccar Varela pidió la palabra.  El Ruso, que por esa época usaba el pelo cano largo y atado con una colita, lo que lo hacía muy parecido a Willy Quiroga el cantante de Vox Dei, se paró y, contra lo que era su costumbre, encaró el discurso con tono grave. Los presentes intuyeron otra broma del Ruso o un panegírico de Motoneta Salaberry, su hijo rugbístico, la figura del club. Pero no fue así.

Discurso pronunciado por el Sr Rubén Norberto Beccar Varela en la Reunión de Comisión Directiva del Club Los Tábanos, según consta en el acta del 22 de septiembre de 2015.

“Hace casi dos siglos en una ciudad de nombre amable de un país lejano hubo un prócer pundonoroso  llamado William Web Ellis que tomó con sus manos una pelota de fútbol y corrió hasta traspasar la línea final del campo rival. Desde ese día somos muchos los que corrimos con él! Somos muchos los que abrazamos este deporte sublime formador de hombres y forjador de espíritus! Somos muchos los que crecimos bajo la inspiración de los principios que tienen su origen en la mítica ciudad inglesa!. Los que jugamos rugby despreciamos nuestro físico y lo sometemos a los golpes de nuestros dignos rivales pero también damos la vida por nuestros  compañeros de equipo que son amigos y hermanos. Como también lo son nuestros rivales. Nosotros no jugamos contra nuestros adversarios ocasionales sino que  jugamos con ellos. Nos gusta decir que el nuestro es un deporte de bestias practicado por caballeros. Y es así, amigos! Son muchos los principios y las reglas que nos rigen y nos hacen verdaderos caballeros. Y hay una regla fundamental que resume todo el espíritu del juego. Es la regla que nos enseña que al rugby se viene a dar, no a sacar. Que al rugby se juega por amor al deporte y solo al deporte! Es la regla que todos conocemos, queridos amigos. Y hoy debo decir con infinito dolor que es la regla que se ha violado flagrantemente en nuestro club. En mi querido tábanos! En mi segunda casa!.

En este momento de su alocución Beccar Varela hizo una larga pausa mientras recorría con su mirada severa los rostros anonadados de sus compañeros de directiva. El silencio en la sala de reuniones de la Sede Agronomía era atronador.

Señores hemos sido brutalmente traicionados y la gloriosa camiseta verdinegra ha sido manchada por obra de un traidor que, desde hace un tiempo y en lo que en derecho se conoce como una acción de tracto sucesivo,  viene violando sistemáticamente las mas sagradas normas del amateurismo en el rugby. Veo con dolor que uds prefieren omitir la cuestión pero yo no puedo mirar para otro lado cuando  se trata de asesinar los principios que me han enseñado colosos de la ética como nuestro patriarca aquí presente Don Alcides Ulloa. Y verán que la traición es doble para mi porque el ímprobo es alguien a quien he entregado largas horas de mi vida ocupándome en su formación. Alguien que ha crecido absorbiendo mi sabiduría sobre el deporte ovalado. Si Sres! Hablo del jugador de nuestro plantel superior llamado Martín Salaberry. Debo decirlo con el corazón quebrado, pero debo decirlo. El ímpío Salaberry viene recibiendo desde hace tiempo un emolumento como contraprestación por su participación en nuestro equipo. Por cada acción terminada en try el traidor de Salaberry está recibiendo mercancías o sustancias alimenticias o como mierda quieran llamarle! ( Se alteró Beccar) como forma de pago por sus servicios en una flagrante violación a las reglas del amateurismo. Esto no se puede llamar con otra palabra que esa que tanto me cuesta pronunciar … La palabra que nos enseñan a despreciar desde que nacemos al rugby! la palabra es Profesionalismo Sres! Profesionalismo en nuestro querido club!

Beccar Varela hizo otra pausa y el silencio abrumador  solo fue  quebrado por algún ruido que venía del buffet donde varios tábanos apuraban un pollo al horno con papas, el plato del día.

Por todo lo expuesto y para salvaguardar el espíritu del rugby en el club como forma de vida e inculcarles a nuestros queridos tabanitos los mas sublimes principios del amateurismo, solicito para el profano y traidor de Martín Salaberry la pena máxima. Suspensión de 99 años para él!.

Muchas gracias.

Transpirado y con las mechas canosas desordenadas tras el enérgico speech, Rubén Norberto Beccar Varela se desplomó en su silla. Los segundos que siguieron a sus palabras parecieron eternos. Todas las miradas confluyeron sobre el venerable Alcides Ulloa esperando su reacción y el gesto del patriarca no se hizo esperar. Bajando el pulgar de su mano derecha puso fin a la carrera de Martin “Motoneta” Salaberry.

Cuando salíamos de la sala de reuniones la Babosa Etchegoyen, un tipo de mi camada que siempre se caracterizó por  su poder de síntesis, se me acercó y me susurró al oído “Y bueno, contra la genética no se puede”.

El ascenso a segunda quedó en sueño y el Ruso sigue animando los terceros tiempos con ricas anécdotas de su época de surfer en Tailandia. Algunos que antes lo combatían ahora lo miran con simpatía, otros mas, los que antes lo llamaban “el Beccar Varela bueno”, hoy le esquivan la mirada.

Carlos Iñiguez (D D)






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