Después de 2025, México tiene la oportunidad de exportar mejor
El 2025 fue un año intenso para el comercio internacional de México. Entre presiones arancelarias y tensiones comerciales con Estados Unidos, ajustes en la demanda global y una economía internacional desacelerándose, nuestras exportaciones tuvieron que aprender a operar en un entorno mucho más complejo. Sin embargo, más allá de la incertidumbre y del ruido geopolítico, México logró sostener su dinamismo exportador.
Esa experiencia deja una lección clara de cara a 2026: la resiliencia ya está probada; ahora toca convertirla en ventaja competitiva.
Durante 2025, la relación comercial con Estados Unidos mostró con mayor claridad sus fortalezas, pero también sus límites. La integración productiva sigue siendo profunda, pero la dependencia excesiva de un solo mercado, de ciertos corredores logísticos y de algunos sectores industriales expone vulnerabilidades que nuestro comercio internacional no debe ignorar.
Algunos aprendizajes de 2025
Me parece que uno de los aprendizajes más claros es la necesidad de construir una relación comercial más estratégica con Estados Unidos, con mayor valor agregado y una estructura productiva más balanceada. No es menor que más del 80% de nuestras exportaciones sigan teniendo como destino ese mercado, ni que las manufacturas concentren cerca del 90% del valor exportado.
Otro aprendizaje relevante es que exportar ya no depende únicamente de la capacidad manufacturera. Los cuellos de botella logísticos, la saturación de cruces fronterizos, los procesos aduanales, la infraestructura interior y, cada vez más, los flujos financieros, se han vuelto tan determinantes como la demanda externa. En 2025, producir más no siempre se tradujo en exportar mejor, y ahí se concentra una de las grandes tareas para 2026.
Creo que un tercer aprendizaje fueron los contrastes entre sectores productivos. Mientras algunas industrias lograron adaptarse con mayor rapidez, diversificando rutas, mercados y proveedores, otras enfrentaron desaceleraciones que no respondieron solo a la demanda, sino a fricciones acumuladas en sus cadenas de suministro. Esto refuerza la idea de que la competitividad exportadora de México ya no se juega únicamente en la planta, sino en todo lo que conecta a esa planta con el mundo.
Retos estructurales para 2026
México parte de condiciones estructurales favorables: capacidad instalada, mano de obra calificada, cercanía con el mayor mercado del mundo y una red de tratados comerciales que pocos países tienen. El reto está en convertir esas ventajas en una estrategia operativa que fortalezca las cadenas de valor, eleve el contenido nacional y reduzca la fragilidad ante choques externos.
Esto implica avanzar en varios frentes al mismo tiempo: modernizar aduanas y cruces fronterizos para que acompañen el volumen real del comercio, invertir en infraestructura multimodal que conecte parques industriales con puertos y fronteras, así como fortalecer la logística interior para que el crecimiento exportador no se concentre solo en algunas regiones.
También es innegable que 2026 implica poner atención a un elemento que muchas veces se subestima: el financiamiento.
En 2025, los plazos de pago más largos y la cautela financiera global presionaron a muchas cadenas productivas locales. Para este año, asegurar liquidez oportuna para proveedores, especialmente Pymes, será clave para que puedan crecer junto con las grandes exportadoras, integrarse de manera más sólida a las cadenas de valor y elevar el impacto económico de cada dólar exportado dentro del país.
Oportunidad de México en este año
Una de las oportunidades que tiene México en este año no es “exportar más”, sino exportar mejor: con mayor valor agregado, con cadenas de suministro más robustas, con logística fluida y con una base productiva menos vulnerable. Si logramos convertir la resiliencia demostrada en una estrategia de largo plazo, podemos pasar de resistir la volatilidad global a competir con mayor fortaleza en ella.
Además, en tiempos donde la inestabilidad geopolítica se ha intensificado, con episodios en Latinoamérica que están generando incertidumbre política, financiera y comercial, México se perfila como una de las pocas economías con capacidad productiva, integración internacional y previsibilidad institucional para absorber inversión, comercio y relocalización de cadenas.
Esa estabilidad relativa es una ventaja que podemos aprovechar.
El 2025 nos enseñó cómo será el entorno. El 2026 debe ser el año en que usemos ese aprendizaje para redefinir nuestro papel en el comercio internacional, no como una economía que reacciona, sino como una que planea, se anticipa y construye ventajas sostenibles.
