El martes,
Josep Pedrerol daba la bienvenida a
Álvaro Arbeloa como nuevo entrenador del Real Madrid. Lo hacía con un informativo cargadito de entusiasmo, especialmente en el uso del lenguaje. Una selección de vocabulario, adjetivos y expresiones dignos de una propaganda muy poco sutil. Un planteamiento discursivo que podía parecer descriptivo, pero que en realidad forzaba la percepción del espectador. Por un lado, había una hiperbolización de las enunciaciones: “Imagen muy llamativa”, decía Pedrerol para indicar una escena del entrenamiento. “Brillante presentación”, valoraba el presentador de la rueda de prensa. “Frase brutal”, apostillaba para destacar la referencia a
Mourinho del nuevo técnico. “Ojo a lo que dice”, advertía para crear expectativa ante unas declaraciones. Se hinchaba lo neutral con una adjetivación enfática para predisponer al espectador a ese estado de ánimo. Pedrerol fomentaba la anticipación interpretativa. El presentador ofrecía a la audiencia el marco mental perfectamente fabricado para que no tuviera que pensar por si misma. Nada más abrir el programa, destacaba: “¡Personalidad! ¡Madridismo!”. Después, con música épica de fondo sobre las imágenes de Arbeloa en rueda de prensa, apuntaba: “Intensidad. Carácter. Inteligencia”. La locución de uno de los vídeos donde se mostraban unas escenas cotidianas del entrenamiento aseguraba que los jugadores habían recibido al nuevo técnico “como un soplo de aire fresco”. La valoración pretendía condicionar lo que estábamos viendo, aunque era imposible interpretarlo de la imagen porque no tenía nada de especial. Lo que hizo ‘Jugones’ fue legitimar emocionalmente al nuevo técnico, decirles a los espectadores lo que tenían que sentir, la manera en la que debían interpretar el contexto. Se usaba la música para crear expectativa, el lenguaje lo confirmaba y, por lo tanto, el contenido visual real quedaba en un segundo plano, como algo accesorio. Lo que se ve no es tan importante. La clave es las conclusiones que saque el espectador al relato que se le ha vendido. Es cierto que el deporte televisado siempre ha tenido un componente propagandístico, con una sobrecarga emocional que a menudo no se corresponde con la realidad. Pero en este caso la maniobra es descarada: construir un marco mental muy concreto para provocar una adhesión emocional que suplante cualquier análisis crítico.
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