Geopolítica primero, democracia algún día
La intervención militar en Venezuela del sábado 3 de enero marca un hito al ser el primer ataque directo de Estados Unidos en Sudamérica, confirmando el definitivo abandono del multilateralismo y la debilidad del derecho internacional. Aunque hubo otras acciones armadas unilaterales de Estados Unidos en el mundo, el discurso de la democracia y los derechos humanos ha sido desplazado por una lógica cruda de poder, recursos y esferas de influencia que deja a los Estados más pequeños como Chile ante el desafío urgente de repensar su autonomía en un mundo regido por la ley del más fuerte.
Según diversos especialistas, Estados Unidos ha tenido distintas estrategias de intervención en América Latina. El uso unilateral de la fuerza, a través de su historia, no es excepcional. Sin embargo, las intervenciones militares directas —invasiones y ataques armados—, se habían concentrado tradicionalmente en Centroamérica, México y el Caribe, nunca en Sudamérica. En esta región, el intervencionismo adoptó otras formas: operaciones encubiertas, como las practicadas por la CIA en Chile; la diplomacia del dólar o presión económica; y el adoctrinamiento a través de la Escuela de las Américas (SOA).
Con el ataque a Venezuela el pasado 3 de enero y la detención de Nicolás Maduro, se advierte una decisión de resucitar la doctrina Monroe —una declaración de política exterior proclamada en 1823 por el presidente James Monroe que se oponía al colonialismo europeo en el continente—, que fue desechada por primera vez en 1933 por el presidente Franklin D. Roosevelt —sustituyéndola por la “buena vecindad—; y más actualmente en 2013 por el secretario de Estado John Kerry de la administración Obama. En cambio, el presidente Trump la renueva. Ya sea bajo el epíteto de “doctrina Donroe”, corolario Rubio o corolario Trump, se describe a toda la región como “nuestro hemisferio occidental”, lo que comienza a dibujar la distopía de esferas de influencia.
Lo anterior implica que desaparezca de la matriz discursiva de Estados Unidos, la raíz de su excepcionalismo: exportar la democracia y exigir el respeto a los derechos humanos. Algunos dirán que ese discurso siempre fue ambiguo, una mera fachada; otros sostendrán que existieron intenciones reales de promover cambios hacia una mayor participación social de los procesos políticos en distintas partes del mundo. Pero más allá de esa discusión, lo relevante es que ese excepcionalismo hoy se ha desdibujado al punto de difuminarse.
Al inicio de la operación en Venezuela, Trump utilizó como justificación la guerra contra el narcotráfico, un argumento funcional a la opinión pública interna: “estamos haciendo algo para frenar el ingreso de droga”. Sin embargo, las cifras exponen que la mayor parte de la droga que llega a Estados Unidos no lo hace por territorio o puertos venezolanos, el que apenas corresponde a un 5 o 10%, a diferencia de la ruta del Pacífico. Dicha estrategia apuntó, más bien, a una señal política doméstica para aportar la sensación de que a diferencia de otras administraciones ahora sí se hacía algo. Sin embargo, una vez removido Maduro tras la operación militar, despuntan con meridiana claridad otros móviles geopolíticos: el control de recursos críticos y la negación de accesos sobre los mismos por parte de potencias extrarregionales. En síntesis, el petróleo. Así lo dijo claramente el propio Trump en la conferencia de prensa del 3 de enero pasado, a lo que pueden añadirse otros intereses, como las tierras raras. Es decir, intereses económicos, de seguridad y prevención de narcotráfico.
Sin embargo, no es solo Estados Unidos el que opera en la lógica de esferas de influencia —esto es importante subrayarlo, para no caer en lo que algunos especialistas europeos nominan como “la obsesión antiestadounidense”—; Rusia también actúa de ese modo en su entorno que denomina su “extranjero cercano”. La diferencia con Trump es que a quienes habitamos en esta parte del mundo nos toca estar dentro de la esfera de influencia de Washington.
Otro problema es que con esta acción se ha horadado el multilateralismo, que ya estaba en crisis, pero que ahora parece ser absolutamente ignorado. Antes, presidentes como George W. Bush o Bill Clinton hacían el ejercicio de consultar al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas —más allá de que dicho organismo también demostrara impotencia—, buscando tratar los asuntos mundiales en un foro internacional para lograr al menos una victoria simbólica tras un proceso de deliberación donde otros poderes podían ejercer el veto. Trump ni siquiera se ha tomado la molestia. “No me importa lo que diga la ONU”, ha reiterado el secretario de Estado de Estados Unidos Marco Rubio. En ese sentido, las decisiones se toman con mayor rapidez.
Además, se refuerza lo que el historiador Arthur Schelesinger denominó “La presidencia imperial”: un gobierno por decreto u órdenes ejecutivas, que en materias exteriores apunta a acciones militares en el exterior prescindiendo del Congreso. Esto contrasta con otras intervenciones armadas, como la invasión de Irak durante el gobierno de George W. Bush o la intervención en Kosovo bajo la administración de Clinton. Estados Unidos actuó entonces de manera unilateral, pero al menos entablaba una discusión en Naciones Unidas y solicitaba autorización al Congreso. Desde luego hay otras potencias que también operan bajo esta misma lógica, lo que puede provocar que se sientan hoy aún más autorizadas a actuar libremente en sus territorios de influencia, ya sean “patios traseros” o “extranjeros próximos”
Si esta lógica se sigue imponiendo, el derecho internacional quedará postrado, algo que ya venía ocurriendo con acciones como la invasión rusa a Ucrania o la guerra en Gaza y en Cisjordania. Porque cuando es el propio Estado que impulsó el sistema multilateral el que lo desdeña, cuando una de las principales potencias ignora el derecho internacional, entramos en una suerte de ley de la selva, la ley del más fuerte.
No hay duda de que Venezuela era una dictadura que violaba sistemáticamente los derechos humanos. Pero responder al fuego con fuego tiene múltiples y graves implicancias. Maduro incumplió todo el sistema de derechos humanos que los Estados deberían respetar, pero si la solución es un bombardeo a un país para extraer a un dictador se vulneran los principios de no intervención, igualdad soberana de los Estados y prohibición del uso unilateral de la fuerza. Este solo está previsto como defensa legítima ante una agresión, bajo autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas —que no existió— o en el marco de la responsabilidad de proteger. Nada de eso ocurrió.
El sistema internacional, será, en última instancia, lo que los Estados quieran que sea: primero los más fuertes y luego los demás. Las grandes potencias ya no operan bajo una lógica de cooperación global, sino de competencias cerradas y equilibrios precarios. Aún no sabemos si serán tres o cuatro grandes potencias, si emergerá una bipolarización global armada, pero sí es evidente la escasa disposición a cooperar para resolver problemas comunes. En ese escenario, los más perjudicados son los Estados pequeños y débiles, como Chile. Por eso se requiere pensar otras fórmulas que resguarden ciertos márgenes de autonomía y de explorar mecanismos minilaterales.
Ello no implica abandonar el multilateralismo ni dejar de apostar por Naciones Unidas, pero sí complementar esa apuesta con acuerdos de cooperación minilateral en temas específicos. Ojalá —algo que aún cuesta entender en Chile y en la región— estos mecanismos trasciendan las afinidades políticas coyunturales. América Latina suele organizarse en torno a afinidades ideológicas, pero se requiere una mirada de más largo plazo, que supere esas fronteras.
El presidente Trump ha dicho estar decepcionado de la oposición venezolana de 2019, y en las entrevistas que ha concedido recientemente —especialmente el lunes y el sábado— ha dejado claro que, por ahora, no habrá democracia. Se habla que Venezuela no estará preparada para una transición antes de 18 meses. Se ha señalado que no es el momento de María Corina Machado ni de Edmundo González Urrutia, sosteniendo que, si las últimas elecciones presidenciales fueron ilegítimas, todo lo derivado de estas también lo son. En cualquier caso, ahora los liderazgos opositores deberán esperar. Esta ausencia del tema democrático es coherente con la primacía otorgada a los factores geopolíticos, particularmente al control de los recursos críticos definidos en la estrategia de seguridad nacional de 2025.
Aunque claro, pareciera que Estados Unidos aprendió algo de las experiencias de Irak en 2003, cuando no solo derrocó a Saddam Hussein, sino que descabezó a la cúpula militar y política, fragmentando aún más al país y convirtiéndolo en una trampa mortal para el ejército ocupante. Esta vez se sacó a Maduro de la ecuación, pero el régimen continúa: un régimen no democrático, como antes, pero tutelado por Estados Unidos. Lo que no sabemos es si en el mediano plazo —dos o tres años— esto podría derivar en un régimen democrático. Existen antecedentes, como Balaguer en República Dominicana que transitó hacia un sistema poliárquico en la República Dominicana, pero hoy la democracia no figura entre los intereses prioritarios del nuevo sistema de convivencia entre Estados Unidos y el remanente chavista formalmente a cargo. Nadie habla de derechos humanos ni de la liberación de presos políticos.
La notificación para América Latina es clara: se exige alineamiento. Otros preferirán la confrontación, más popular, aunque con altos riesgos. En cambio, una adaptación que mantenga el diálogo y abra espacios multilaterales en ciertos ámbitos resulta clave para preservar márgenes de autonomía. El multialineamiento implica especial atención en el comercio, considerando además que Chile depende fuertemente en lo comercial de Asia.
El del sábado 3 de octubre fue en definitiva no solo el primer ataque militar directo de Estados Unidos sobre Venezuela, sino que es la primera vez que ocurre en Sudamérica. Había ocurrido antes en otras regiones, pero no aquí. Cae un tabú, lo que representa un enorme desafío para la diplomacia. Si la política internacional se encamina hacia una lógica de esferas de influencia, el reto para América Latina no será elegir entre sumisión o ruptura, sino aprender a moverse con prudencia en un escenario donde el derecho internacional se debilita y la fuerza vuelve a ocupar un lugar central. En ese contexto, la diplomacia deja de ser un ejercicio retórico y se convierte, nuevamente, en un instrumento de supervivencia que debe considerar líneas rojas sin renunciar al desarrollo nacional.
