El fin de Maduro envía un aviso a Irán y su "eje de la resistencia"
Si, al margen de las -aludidas por el presidente estadounidense Donald Trump y su secretario de Estado Marco Rubio- Cuba, Colombia y Nicaragua hay una capital donde resuena con especial intensidad el mensaje de la captura y traslado a Nueva York del expresidente venezolano Nicolás Maduro esa es Teherán. Casualmente -o no tanto- el descabezamiento de la dictadura bolivariana ha coincidido en el tiempo con el mayor pulso que los iraníes hayan echado en los últimos años a la cada vez más debilitada y aislada República Islámica.
Exhausta ante el deterioro imparable de las condiciones económicas, una sección de la sociedad iraní -pequeños comerciantes, sindicatos, estudiantes- viene reclamando cambios profundos a las autoridades del régimen nacido en 1979 desde hace diez días en las calles de localidades de todo el país. Con el régimen, que ha activado ya el modo supervivencia, a punto de decretar el apagón informativo, la respuesta violenta de las fuerzas de seguridad -el poder judicial pedía al ejecutivo este lunes que no tenga contemplaciones- contra los manifestantes había dejado este martes casi tres decenas de víctimas mortales. Entretanto, en los últimos días tanto Trump como el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu han vuelto a amenazar a Irán con una escalada violenta; el mandatario estadounidense dice estar dispuesto a usar la fuerza si el régimen continúa matando manifestantes.
No es la primera vez en este siglo que la República Islámica ha tenido que lidiar con el descontento de una parte de su población en la calle - también sucedió en 2019, 2022, 2023-, pero el escenario que se abre en este arranque de 2026 es sustancialmente distinto al de otros momentos recientes por varias razones. En primer lugar, la Administración Trump y el gobierno de Netanyahu han dejado claro en los dos últimos años que ya no tienen miedo a las consecuencias de golpear con dureza en suelo iraní, pues lo han hecho con solvencia en varias ocasiones.
Problemas para el régimen
A finales de julio de 2024, la Inteligencia israelí acabó con la vida del líder político de Hamás, Ismail Haniyeh, en el mismo corazón de Teherán. El sistema defensivo israelí fue capaz de neutralizar con facilidad las dos ráfagas de misiles y drones lanzadas desde Irán en abril y en octubre de aquel año. Y en apenas doce días de junio pasado, la alianza Tel Aviv-Washington -aunque Estados Unidos se limitó a rematar la campaña en el último día de ofensiva- asestó un severo golpe a la élite científica y militar de la República Islámica y procuró serios daños a las infraestructuras nucleares del régimen, a pesar de los intentos de Teherán por minimizar la importancia de lo ocurrido.
En segundo lugar, el régimen se enfrenta al hastío de una población cada vez más alejada de los rigores ideológicos de la República Islámica y, sobre todo, a la desesperación por el deterioro de sus condiciones de vida. En los últimos meses se ha venido forjando la tormenta perfecta: inflación imparable, depreciación del rial, problemas de suministro eléctrico y de agua. El estallido se antojaba inevitable.
En tercer lugar, la crisis en la calle persa se produce después de que tanto la élite militar -los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria- y científica del régimen como el creciente regional chií hayan sufrido los peores golpes de su historia a manos del tándem Trump-Netanyahu en los dos últimos años. Aunque aun lejos de la disolución definitiva, Hamás y Hizbulá -otrora fuerza proxy estrella de Teherán- están a día de hoy b, como disminuido está el poderío de los rebeldes hutíes de Yemen. El régimen de los Asad, patrio trasero de Irán durante décadas, pasó inesperada y definitivamente a la historia hace 13 meses. Y, cómo no, la caída de Maduro deja en el aire la fructífera cooperación entre la República Islámica y la República Bolivariana, dos de cuyos beneficiarios directos fueron la Guardia Revolucionaria y Hizbulá.
Simultáneamente, al llegado desde el Caribe, Irán recibe de la fría Moscú otro mensaje no menos crudo y realista. Como ocurriera hace 13 meses en Siria -cuando Rusia se abstuvo de intervenir para poner freno al avance rebelde-, con la exitosa operación para llevarse a Maduro a Estados Unidos Putin ha dejado de manifiesto que no está en condiciones de defender a sus socios por mor del desgaste causado por los casi cuatro años de guerra en Ucrania.
Por todo ello, nunca en las últimas décadas ha quedado tan patente que el futuro de la República Islámica depende ya casi por entero de los designios del presidente de Estados Unidos y del primer ministro del Estado de Israel. Con el incierto panorama posbélico en Gaza, la gran pregunta es en estos momentos si un Trump, al que de verdad preocupa la región de Asia-Pacífico y su hemisferio occidental, está dispuesto a embarcarse en una operación de cambio de régimen en Teherán con todo lo que ello supondría.
Las víctimas
Lo limitado de la operación estadounidense en Venezuela -Washington seguirá trabajando con el régimen bolivariano- invita a pensar que el tándem Trump-Netanyahu podría optar por una campaña militar quirúrgica contra infraestructuras clave del régimen iraní y descartar por ahora el descabezamiento del régimen. Con todo, este lunes el primer ministro israelí aseguraba que no permitirá la reconstrucción del programa nuclear y advertía de "muy severas consecuencias" si Teherán se atreve a atacar Israel.
Entretanto, como suele ser habitual, la víctima del juego de cálculos de intereses de las grandes potencias y de la agónica lucha de la teocracia islámica por su supervivencia no es otra que la población iraní, que a los padecimientos motivados por las sanciones internacionales y la mala gestión del gobierno ha de sumar desde hace más de una semana los procurados por la brutal reacción de un régimen herido.
