El don de la palabra: La importancia del diálogo en el contexto actual
No hay duda que la mayoría de las conversaciones, opiniones y reflexiones a inicios del 2026 se han visto acaparadas por la intervención de los EE.UU. en Venezuela. Así, el ámbito de las relaciones internacionales se ha reconfigurado. Y más allá de que podamos o no estar de acuerdo con dicha intervención, lo cierto es que todos estamos reflexionando la manera de (re)pensar tales relaciones internacionales en el ámbito global. El derecho internacional público está en crisis ─dicen unos─ o, bien, habrá que reconfigurar sus postulados más elementales ─dicen otros─.
Las circunstancias actuales me hacen recordar a Alvin Toffler, escritor estadounidense quien, en su libro El shock del futuro, afirmaba en 1972 que los analfabetos del siglo XXI no serían aquellos que no supieran leer o escribir, sino aquellos que no supieran aprender, desaprender y reaprender.1 Deseo hacer énfasis en este último verbo: «reaprender». Parafraseando al DRALE, dicho verbo implicaría volver a adquirir el conocimiento de algo por medio del estudio o de la experiencia. En este sentido, si bien las circunstancias actuales nos pueden llevar al desaliento, a la desesperanza, no debemos perder de vista que lo que ocurre en el ámbito global no es más que un síntoma ─a mayor escala─ de lo que quizá acontece en el ámbito más próximo y cercano para las personas.
Y es que las relaciones internacionales se concretan debido a la natural sociabilidad a la que estamos compelidos los integrantes de la especie humana. Reaprendamos pues la célebre frase de Aristóteles, quien ―en el libro primero de La Política― afirmaba que el ser humano es «zoon politikón» manifestando lo siguiente:
“…la mejor manera de ver las cosas, en esta materia al igual que en otras, es verlas en su desarrollo natural y desde su principio (…) el hombre es por naturaleza un animal político (…) el por qué sea el hombre un animal político, más aún que las abejas y todo otro animal gregario, es evidente. La naturaleza −según hemos dicho− no hace nada en vano; ahora bien, el hombre es entre los animales el único que tiene palabra (…) la palabra está para hacer patente lo provechoso y lo nocivo, lo mismo que lo justo y lo injusto; y lo propio del hombre con respecto de los demás animales es que él solo tiene la percepción de lo bueno y de lo malo, de lo justo y de lo injusto…”2
Así, es claro que la palabra es un don3 que debemos procurar y cuidar. La sociabilidad que Aristóteles califica de natural en el ser humano, lo cual resulta fácilmente asequible por el sentido común, nos ha llevado a afirmar durante siglos que la persona humana tiende a reunirse en sociedad con el fin de potencializar sus aptitudes, corregir sus defectos, cubrir sus necesidades, así como servir de medio para que los demás concreten cosas similares. No por nada el Estagirita diría también que:
“…es pues manifiesto que (…) si el individuo no puede de por sí bastarse a sí mismo, deberá estar con el todo político, en la misma relación que las otras partes lo están con su respectivo todo. El que sea incapaz de entrar en esta participación común ―prescribe Aristóteles― es una bestia o un dios. [Por ello] en todos los hombres hay pues por naturaleza una tendencia a formar asociaciones de esta especie [que son] causa de los mayores bienes…”4
En simples palabras, la sociedad natural se configura en el momento en que la persona humana percibe que sus semejantes poseen idénticas o similares necesidades, razón suficiente para llevar esa unión a la mayor escala posible: el ámbito de las relaciones internacionales. No por nada Jean Dabin sostiene que:
“…el individuo humano se ve compelido a buscar la sociedad de los demás individuos humanos. Entre esas sociedades necesarias figuran, además de la familia, las diferentes formas de agrupación política: las aldeas y ciudades, primero; después, en la misma prolongación, pero sobre un plano más amplio, el Estado…”5
Mencioné que habríamos de reaprender. Esto implica volver a aprender que la importancia del diálogo en el contexto filosófico-antropológico de la persona humana es el fundamento de cualquier sociedad, independientemente de su tamaño. En contraste, cuando se cancela el diálogo sólo queda camino para la imposición. He ahí el peligro ─afirma Ratzinger─ de una concepción individualista, pragmática o utilitaria. Por ello es necesario el “…topos argumentativo, con el cual se apela a una razón común en el diálogo con la sociedad […] así como en la búsqueda de fundamentos para un entendimiento sobre los principios éticos del Derecho en una sociedad pluralista”.6
No por nada el concepto de «diálogo» se comprende de dos elementos etimológicos, a saber: a) el prefijo «diá» que proviene del griego «διά», que significa “a través de” o “de un lado a otro”, y b) el sustantivo «logos» que proviene del griego «λόγος» que significa “razón o principio racional del universo”, es decir, conocimiento. Por tanto, el diálogo es un acercamiento a lo razonable, al principio del conocimiento a través de escuchar al ‘otro’ y que dicha aproximación se fortalece en la medida de que haya intercambio de un lado al otro.
En conclusión, no debemos perder de vista que ─quizá─ lo que está pasando en el ámbito global de las relaciones internacionales no es otra cosa sino un síntoma de lo que pasa en nuestras relaciones más cercanas. Viene a mi memoria la enseñanza neotestamentaria: el que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho.7 Seguramente tú y yo no podremos resolver las problemáticas globales, pero sí podemos reaprender que la palabra es un don que nos debe llevar a recuperar la importancia del diálogo en el ámbito de nuestras relaciones más cercanas.
1 Toffler, Alvin, El shock del futuro, México, FCE, 1972.
2 Aristóteles, La Política, 17ª ed., trad. de Antonio Gómez Robledo, México, Porrúa, 1998, colección “Sepan cuantos…”, p. 158.
3 Del lat. donum. m. Dádiva, presente o regalo; m. Gracia especial o habilidad para hacer algo.
4 Aristóteles, La Política, 17ª ed., trad. de Antonio Gómez Robledo, México, Porrúa, 1998, colección “Sepan cuantos…”, p. 159.
5 Dabin, Jean, Doctrina General del Estado. Elementos de filosofía política, trad. de Héctor González Uribe y Jesús Toral Moreno, México, UNAM-IIJ, 2003, Serie Dictrina Jurídica, núm. 123, pp. 89-90.
6 Ratzinger, Joseph y Habermas, Jürgen, Dialéctica de la secularización. Sobre la razón y la religión, Sobre la razón y la religión, Encuentro, 2006.
