E
nzo Maresca, como entrenador del
Chelsea, llegó, puso orden a un equipo de grandes jugadores acostumbrados a no ganar nada y levantaron el primer Mundial de Clubs de la historia. Casi nada. En la final, se zamparon al intratable
PSG de
Luis Enrique. En la actual Champions, se cargaron al Barça con un 3-0 que fue punto de inflexión para los dos equipos. Los de
Flick han ganado, desde entonces, los nueve encuentros disputados. El
Chelsea, instalado en la nube de la autocomplacencia, prácticamente no ha ganado nada, ha perdido el tren de la Premier y, hoy por hoy, su objetivo es clasificarse para la próxima edición de la Champions. Pero la concatenación de malos resultados solo ha sido una parte de la decisión de la propiedad -el multimillonario norteamericano
Todd Boehly- para echar a
Maresca de Stamford Bridge a la hora del concierto de año nuevo. Sin entrenador, lograron empatar (1-1) en campo del City. Y, este martes, nombraron a
Liam Rosenior como nuevo entrenador del
Chelsea. Si sorprende que pongan al frente del equipo alguien con tan poco experiencia -el Hull en la Premier y el Racing de Estrasburgo en Francia-, uno alucina todavía más al ver que le firman un contrato hasta 2032. Es loable querer hacer un proyecto a largo plazo, pero el fútbol de élite ya no tiene tiempo, ni paciencia. Desde 2015, cuando cesaron a
José Mourinho justo antes de Navidad, han pasado 10 entrenadores por su banquillo. Ojo a la alineación de superlujo:
Hiddink, Conte, Sarri, Lampard, Tuchel, Potter, Saltor, Lampard, Pochettino y Maresca. A uno por año, de promedio. ¿Alguien cree que
Rosenior aguantará, de pronto, seis temporadas y media? En las casas de apuestas de Londres lo tienen ya muy claro.
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