Sartre en El Helicoide
Corría noviembre de 1823 cuando los últimos realistas, que habían resistido a la derrota de Carabobo y las terribles ejecuciones de Bolívar, se embarcaron en La Guaira y Puerto Cabello rumbo a Cuba. Terminaba el dominio español en Sudamérica y los derrotados, escarmentados por el trauma, se encargaron de mantener a raya la tentación independentista en su nuevo hogar. Por eso Cuba, entre otras cosas, aguantó española hasta 1898. Tuvo que inventarse Estados Unidos un atentado para dar la puntilla al imperio español.
El caso es que, más de 200 años después de que perdiéramos de vista el Orinoco, el criollo sigue teniendo una relación conflictiva con aquella libertad y el gringo continúa buscando las esquinas a su inmenso pero menguante poder. Hispanoamérica permanece atrapada en su melancólico laberinto. Ya no hay españoles abandonando tierras venezolanas rumbo a Cuba, pero Washington ha golpeado La Guaira para que un hijo de cubanos, qué ironía, ejerza de virrey en Venezuela. Lo que no cambia, dos siglos después, es que España ni está ni se le espera.
Este histórico cruce de caminos nos ha pillado con Pedro Sánchez varado en Moncloa y un puñado de agentes ibéricos, de acreditada experiencia entre las bambalinas chavistas, poniendo cara de susto. Un susto terrible al comprobar que el estatus de Maduro quedaba reducido al de muela picada: el sátrapa había sido «extraído». En esa pelea de gallos clandestina que son las redes sociales, en ese patio de artillería que alberga las declaraciones públicas, los españoles nos hemos lanzado al análisis cipotudo.
Luego, el paso de las horas no ahorma un poco, pero así de inicio nuestra naturaleza nos puede: prohibido dudar, prohibido mostrarse escéptico, prohibido no elegir una versión inmaculadamente blanca o rotundamente negra. Ante esa falta de grises, el festival de contradicciones ha sido esperpéntico. La derecha, casi ocho años afeando a Sánchez su querencia maquiavélica, se lanzó a la idea de que el fin de echar a un dictador justificaba plenamente, sin ambages, la intervención militar en un país soberano.
En realidad, sólo a los venezolanos que han sufrido la violencia y miseria en sus carnes les correspondía legítimamente entregarse a ese desahogo, sin que nadie osara darles ninguna lección sobre lo que han padecido o lo que debe ser su país. ¿El resto? Bueno, poco a poco, algunos fueron comprendiendo que tirar ese tabique en Caracas deja diáfano el chalé ucraniano de Putin y el ático de Xi Jinping en Taiwán. Eso por no hablar de la amenaza de canibalismo otanista en Groenlandia.
Ahora bien, si la precipitación conservadora adoleció de miopía en su visión periférica, las contradicciones de una parte sustancial de la izquierda tocan de lleno el plano moral. Las Belarra que exigieron a Ucrania que dejara de resistirse, ahora veían insoportable la agresión militar de un país sobre otro. ¡El derecho internacional ha sido violado!, gritaban con gran desparpajo.
Lo terrible es que, en realidad, el orden westfaliano les importa una higa. Nuestra izquierda más cafetera ni se ha molestado en disimular que los asesinatos arbitrarios, las torturas en El Helicoide y la fabricación industrial de miseria no sólo no le incomodan, sino que lo pasa todo por alto siempre y cuando el sátrapa lleve la camiseta de su equipo ideológico. Algunos por puro egoísmo; por el miedo a que se cortara el grifo de la financiación de causas zurdas. Otros, ni siquiera eso.
Los hay que simplemente son hijos de Sartre: a más evidencias del dislate que suponía la dictadura soviética, más se enrocaba el francés. Un hispanoamericano que transitó del marxismo al liberalismo, como fue Vargas Llosa, lamentó que el embrujo de Sartre opacara durante años la lucidez de Albert Camus y Raymond Aron. Desgraciadamente, la actitud cipotuda de una mente brillante siempre tuvo ese punto sexy que le falta a la honestidad intelectual.
Lo cierto es que, en esa ensalada de opiniones, Moncloa ha bailado la yenka de los chisgarabís. En las primeras horas, Sánchez se apresuró a recordar que nunca había acabado de reconocer la victoria de Maduro en las últimas elecciones. Le faltó decir que, en lo personal, apenas conocía al chavismo. Finalmente, alguien debió explicarle que la amiga Delcy había llegado a un arreglo con Trump y eso le ha dado margen para relajarse un poco; para fantasear con recuperar la baza internacional como herramienta de distracción doméstica. Como palanca para defender «nuestros valores».
¿Pero qué valores? Europeísmo por las mañanas, Grupo de Puebla por las tardes. Sánchez tratará de surfear la ola y habrá días que muestre su compromiso con los groenlandeses, mientras los inuit cruzarán los dedos para que ese compromiso sea el que profesa a Bildu y no el que tuvo con los saharauis.
Y entre tanto, se seguirá echando en falta una mirada española sobre Hispanoamérica genuinamente original. Que se incomode al ver al gringo enseñorearse en los cielos de Caracas. Que entienda que hay males necesarios, pero sin regodearse en un cinismo innecesario. Que no transija con los crímenes insoportables del socialismo trasnochado. Una mirada española e hispana que sea útil para el mundo que nos ha tocado vivir.
