OTAN en la cuerda floja: amenazas de Trump contra Groenlandia sacuden el orden mundial de posguerra
Este 2026 comenzó con un verdadero terremoto en el tablero geopolítico internacional. La captura de Nicolás Maduro y su posterior traslado a Nueva York no solo remeció a América Latina, sino que terminó de confirmar algo que Donald Trump y su círculo más cercano venían anunciando desde su regreso a la Casa Blanca: el mundo está cambiando y Estados Unidos ya no está dispuesto a sostener el orden internacional que él mismo construyó tras la Segunda Guerra Mundial, mientras ese orden no sirve directamente a su “interés nacional”.
La operación en Venezuela fue presentada como un éxito rotundo por la administración Trump. Pero lo verdaderamente relevante fue el mensaje que se envió al resto del mundo. El jefe de la Casa Blanca dejó claro que será él quien dicte el futuro del territorio venezolano, descartando sin miramientos a aliados circunstanciales y dejando en su lugar a figuras que considera más funcionales a su estrategia.
La lógica es simple y brutal, cooperación bajo intimidación o castigo ejemplar. Y esa lógica no se detuvo ahí.
En menos de 48 horas, el radar de amenazas se amplió. Cuba, Nicaragua, México, Colombia, Irán, Canadá y, de forma cada vez más inquietante, Groenlandia, entraron en la órbita discursiva de la Casa Blanca. Todos por razones distintas, pero siempre bajo una misma justificación final, resguardar el “interés y la seguridad nacional” de Estados Unidos. Una expresión que, cada vez más, recuerda al “Lebensraum o espacio vital”.
Presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Foto: Casa Blanca.
El caso de Groenlandia es, quizás, el más revelador y el más peligroso. La isla más grande del mundo, territorio autónomo bajo soberanía danesa y parte del entramado institucional europeo, pasó a ocupar un lugar central en la estrategia de Trump. Para su administración, Groenlandia no es Europa, es parte del “hemisferio natural” de influencia estadounidense. Una reinterpretación moderna de la Doctrina Monroe, ahora Doctrina Donroe.
Desde su retorno al poder, Trump dejó de hablar de una posible “compra” de la isla y comenzó a referirse abiertamente a Groenlandia como una “necesidad absoluta” para la supervivencia estratégica de norteamérica. Acusó a Dinamarca de no ser capaz de defenderla, cuestionó su soberanía e instaló la idea de que la isla está rodeada por amenazas rusas y chinas. El mensaje es claro: si Dinamarca no puede garantizar la seguridad del territorio, Estados Unidos lo hará, con o sin consentimiento.
Al principio, en Europa nadie tomó demasiado en serio estas declaraciones. Dinamarca y la Unión Europea apostaron por la calma, recordando que Groenlandia ya está bajo el paraguas de la OTAN y que existe desde 1951 un tratado de defensa que permite la presencia militar estadounidense sin poner en duda la soberanía danesa. Pensaron que ignorar la retórica era la mejor forma de desactivarla. Se equivocaron.
La escalada fue rápida. Imágenes simbólicas, nombramientos políticos y declaraciones cada vez más explícitas dejaron claro que no se trataba de una provocación pasajera. Y el punto de quiebre llegó cuando Stephen Miller, asesor de seguridad nacional y uno de los ideólogos más duros del trumpismo, afirmó que no habrá una guerra por Groenlandia. No porque Estados Unidos no esté dispuesto a usar la fuerza, sino porque nadie se atreverá a enfrentarlo. Una frase que, en la práctica, dinamita los cimientos de la alianza atlántica.
Stephen Miller, asesor del Consejo de Seguridad de la Casa Blanca, y subjefe de gabinete. Foto: Gage Skidmore.
Porque aquí está el verdadero núcleo del problema: Groenlandia no es solo una disputa territorial, es una crisis existencial para la OTAN. La alianza se sostiene sobre un principio básico, la confianza mutua entre sus miembros y el compromiso del Artículo 5, según el cual un ataque contra uno es un ataque contra todos. Pero, ¿qué ocurre cuando el principal garante de esa alianza amenaza directa o indirectamente a otro de sus miembros?
Si Estados Unidos decide imponer su control sobre la isla danesa, estaría agrediendo territorio de un país fundador de la OTAN. El sistema no está diseñado para gestionar una agresión interna. De hecho, llevaría a una paradoja jurídica absurda, Dinamarca podría invocar el Artículo 5 contra Estados Unidos, pero Estados Unidos tendría poder de veto dentro de la propia alianza. En ese instante, la OTAN dejaría de tener sentido operativo y político. Se convertiría en una estructura vacía.
Europa lo ha entendido así, por eso el nerviosismo ha ido en aumento. Francia, Alemania y otros países han expresado su respaldo a Dinamarca y al principio de integridad territorial. Incluso se ha llegado a discutir, por primera vez, la posibilidad de desplegar fuerzas europeas para disuadir no a un enemigo externo, sino a su principal aliado histórico. Una medida impensado hasta hace solo unos meses.
El llamado “efecto Venezuela” ha sido clave en este cambio de percepción. La rapidez y unilateralidad de la intervención estadounidense convenció a muchos líderes europeos de que la administración Trump ya no se siente atada ni al derecho internacional ni a los compromisos multilaterales. La fuerza vuelve a ser una herramienta legítima de política exterior, incluso entre aliados.
Imagen difundida por el departamento de estado de Estados Unidos, con el lema Este es nuestro hemisferio y con Donald Trump de fondo. Vía X@StateDept.
En este escenario, quienes más pierden son los europeos. Durante décadas delegaron su seguridad en Estados Unidos, redujeron su capacidad militar y confiaron en que el vínculo transatlántico era inquebrantable. Hoy descubren que ese paraguas puede cerrarse, o peor aún, volverse contra ellos. Su peso político global se diluye y su margen de maniobra se reduce drásticamente.
En contraste, quien observa con atención y satisfacción esta fractura es la Rusia de Vladimir Putin. Un conflicto interno en la OTAN debilita el frente ucraniano y pone en duda la efectividad real del Artículo 5. Sin el respaldo pleno de Estados Unidos, Europa carece de la capacidad militar, tecnológica y económica para sostener por sí sola un enfrentamiento prolongado.
También salen fortalecidos los gobiernos liberales dentro del propio continente europeo, como el de Viktor Orbán en Hungría, que ven en esta crisis la confirmación de sus críticas al proyecto europeo y al liderazgo occidental tradicional.
En definitiva, lo que estamos presenciando puede ser el principio del fin de la OTAN tal como la conocemos. Estados Unidos ha dejado claro que en su “hemisferio” no acepta resistencias, ni siquiera de sus aliados. Hoy, para Trump, lo prioritario es asegurar el control de su patio trasero, de sus recursos estratégicos y ahora también de su jardín helado en Groenlandia, clave para las nuevas rutas comerciales del Ártico. Un giro histórico que no solo redefine el poder global, sino que amenaza con cerrar definitivamente el ciclo del orden internacional surgido en 1949.
