El chavismo fue peor que una guerra
Hay países que son arrasados por las bombas. Y hay países que son arrasados por sus propios gobernantes. Venezuela pertenece a la segunda categoría. Y, si hablamos de destrucción económica, el chavismo ha sido peor que una guerra.
Cuando un país entra en guerra, su capacidad de producir se resiente con fuerza. En promedio, las economías que atraviesan conflictos bélicos pierden alrededor de un 13% de su PIB. Es una caída severa: menos inversión, menos comercio, menos empleo. Y aun así, eso es la media. Pensemos en un caso extremo: Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. Un país derrotado, ocupado, con ciudades arrasadas. Su producción se desplomó hasta quedar en torno a un tercio de la de 1944. Devastación en estado puro.
Pues bien: Venezuela consiguió algo todavía más siniestro. Sin invasión. Sin bombardeos. En paz. Entre 2013 (máximo) y 2020 (mínimo), el PIB venezolano se contrajo un 75%. Dicho de otro modo: en 2020 el país sólo producía una cuarta parte de lo que producía en 2013. No fue un desplome puntual por la pandemia. Fue un deterioro continuado, año tras año, como una hemorragia económica que nadie quiso -o supo- frenar. Y el PIB no es una abstracción de tecnócratas: es comida, medicinas, agua, vivienda. Por eso, cuando el PIB y el PIB per cápita se hunden, la pobreza explota y el país se vacía.
Algunos han intentado justificar esta calamidad apelando a las sanciones de Estados Unidos. Pero la cronología no encaja como coartada. La caída arranca en 2013. Las primeras sanciones de 2015 fueron esencialmente políticas y personales. Las restricciones financieras más amplias llegan en 2017, cuando la economía ya estaba en caída libre. Y las sanciones que de verdad complican el petróleo se intensifican en 2019… cuando el PIB ya se había desplomado aproximadamente a la mitad. Podrán haber agravado el golpe final, pero no explican el derrumbe inicial ni, desde luego, el tamaño de la ruina.
La factura, como siempre, la paga el pueblo
La causa principal no vino de fuera: la provocó el propio chavismo. Fue el chavismo quien convirtió a PDVSA en una caja política para comprar lealtades, quien se gastó la renta petrolera como si fuera un maná infinito y quien, al mismo tiempo, dejó que la gallina de los huevos de oro se muriera por falta de inversión y mantenimiento. Cuando bajaron los precios del crudo y, además, se desplomó la producción por esa descapitalización deliberada, el chavismo no ajustó el gasto ni desmontó su red clientelar: optó por tapar el agujero con la imprenta. Llegó la hiperinflación. Y, para rematar, impuso controles masivos de precios en plena hiperinflación: la orden de producir a pérdidas. El resultado fue el que siempre produce esa combinación de irresponsabilidad fiscal, emisión monetaria y dirigismo: que producir deje de tener sentido y que la economía se apague.
El balance es brutal: empobrecimiento masivo y éxodo. Una guerra sin misiles: la guerra del poder contra la sociedad. Y la factura, como siempre, la paga el pueblo.
