¿Por qué el cerramiento de terrazas está arruinando las ciudades españolas?
Un fenómeno urbano con impacto visual
En muchos centros urbanos de España —desde Madrid y Barcelona hasta Vigo o Jerez de la Frontera— las fachadas de los edificios muestran una mosaico de cerramientos de terrazas que alteran la apariencia original de las construcciones. Este fenómeno se ha vuelto tan frecuente que colectivos especializados en urbanismo lo han denominado “chabolismo vertical”, por la sensación de caos visual que generan estas intervenciones.
La transformación de balcones y terrazas en espacios cerrados con carpintería de aluminio, madera o vidrio puede parecer una mejora para los propietarios, pero su efecto acumulativo altera el ritmo y la coherencia de las fachadas urbanas.
¿Qué impulsa este crecimiento de cerramientos?
Las razones son múltiples. Por un lado, el parque de vivienda envejecido de España —con una edad media de más de cuatro décadas según datos recientes de asociaciones del sector inmobiliario— explica que muchas viviendas carezcan de un aislamiento térmico eficiente o espacios exteriores útiles, lo que incentiva a los propietarios a cerrarlos para ganar confort o metros útiles. Esto se agrava con el alto coste de la vivienda y la búsqueda de maximizar cada metro cuadrado.
Un vacío normativo que genera confusión
La regulación de estas obras no es uniforme. En muchos casos, los propietarios optan por cerrar su terraza sin consenso comunitario, generando disputas y, en ocasiones, litigios judiciales. La base legal en estos casos se encuentra en la Ley de Propiedad Horizontal (LPH), que establece que la modificación de elementos que alteren la fachada requiere el acuerdo de la comunidad.
La LPH señala expresamente que obras como el cerramiento de balcones o terrazas que afectan a elementos comunes deben contar con el consentimiento de la mayoría cualificada de propietarios (tres quintas partes), y además cumplir con las ordenanzas municipales que rigen el urbanismo en cada localidad.
Jurisprudencia contradictoria
La falta de claridad normativa se refleja en casos judiciales. En Andalucía, un propietario cerró su terraza con sistemas de cristal sin permiso comunitario, lo que inicialmente fue avalado por un juzgado de primera instancia al considerar que no afectaba a la imagen del inmueble. Sin embargo, la Audiencia Provincial revocó ese fallo y ordenó desmontar el cerramiento por alterar elementos comunes del edificio.
El impacto en el paisaje urbano
Más allá de los conflictos comunitarios, arquitectos y urbanistas advierten que los cerramientos arbitrarios rompen la armonía arquitectónica de las ciudades. La mezcla de materiales, colores y estilos que no respetan la coherencia original de las fachadas convierte barrios enteros en un collage desordenado, con consecuencias negativas en la percepción y valor urbano.
Desde el Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos de España (CSCAE), expertos como María José Peñalver señalan que esta situación no solo afecta a la estética sino también a la eficiencia y mantenimiento de los edificios. Un mal cerramiento puede generar problemas de humedad, aislamiento y, en última instancia, desgaste acelerado de las fachadas.
La necesidad de herramientas urbanísticas
Profesionales del sector abogan por el uso de planes directores y proyectos de intervención de fachadas como herramientas para establecer criterios comunes sobre materiales, colores, alturas y otros elementos que afectan la imagen urbana. Esta planificación ayudaría a evitar intervenciones aisladas que, sumadas, generan un efecto visual negativo.
Los planes directores permiten fijar reglas consensuadas tanto en comunidades de propietarios como en el ámbito municipal, evitando decisiones unilaterales que perjudiquen al conjunto del edificio o barrio.
Hacia una estética urbana coherente
El debate sobre los cerramientos es también una oportunidad para reflexionar sobre cómo se construye, renueva y habita la ciudad española. Si bien la adaptación de las viviendas a las necesidades actuales es legítima, expertos insisten en que estas adaptaciones deben realizarse con criterios técnicos y estéticos que respeten el patrimonio urbano.
Al final, lo que está en juego no es solo el confort dentro de cada vivienda, sino la imagen y el valor de las ciudades en su conjunto.
